Al señor Nicolás Maduro –y le digo señor por un principio elemental de educación– le quedan tan solo dos caminos.

El primero de ellos es el reconocimiento; sí, reconocer que va a perder las elecciones del 28 de julio, resignarse y entregarle el poder a Edmundo González Urrutia, el candidato de María Corina Machado y de la unidad opositora.

Ese camino lo llevará a entablar una vía cívica, democrática y de tranquilidad, a través de la cual todo el país ganaría gracias a una transición ordenada y justa.

Esa ruta le permitirá abrirse una válvula que le facilite establecer un diálogo político con el nuevo gobierno, en el cual –cumpliéndose las leyes y dando justicia– se enrumbe a la nación a un proceso de armonía política.

Sería la mejor decisión en el ocaso político de Maduro, y además, dejaría con cierta capacidad de acción al PSUV que va a dejar detrás suya, el cual no tendría jamás ninguna oportunidad de recuperar el poder, pero si el chance de transformase en lo que fue la vieja izquierda venezolana de los años setenta, ochenta y noventa del siglo pasado.

Esa es la salida juiciosa y más beneficiosa para cada uno de los venezolanos. Una salida que evitaría más dolor a un pueblo ya suficientemente herido y rasgado por 25 años de socialismo.

Ahora, la segunda opción, es el camino del megafraude.

Sí, así como lo escribo, el megafraude que harían si desconocen el seguro triunfo de Edmundo González y proclamen una imposible “victoria” de Maduro el 28 de Julio.

Esto sería el peor error político e histórico que pudiera cometer Maduro, pues esta terrible decisión traería consigo aún más descomposición política a un país ya cansado de la diatriba, enfrentamientos y conflictos.

Tal acción terminaría de colocar a Nicolás Maduro a la par de su amigote Daniel Ortega, de su jefe cubano, Díaz Canel o de sus ejemplos políticos: Vladimir Putin y Xi Jinping  –de Rusia y China respectivamente–.

La opción del arrebato de esquina, del robo electoral es la apuesta más peligrosa para Maduro y su gente, además de ser la alternativa para los que no tienen otra cosa que hacer, pues estarían tan sumergidos en un pantano que su única opción es zambullirse aún más en las aguas putrefactas de su propia inmundicia.

Sin embargo, ojalá prive la sensatez en Miraflores y terminen aceptando la situación y le den paso a un proceso de cambio de gobierno, de sistema y mentalidad con la menos cantidad de traumas posibles.

Sin más que agregar, nos leemos la próxima semana.


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