En la puerta del cielo, primero yo que mi madre”, dice el refrán popular. Es una expresión antigua que no necesita mayores explicaciones, pero sobre la cual conviene un comentario debido a las características del individuo al cual se quiere referir ahora: el capitán Diosdado Cabello.

En situaciones de gran aprieto o ante metas supremas, los seres humanos quieren ocupar la primera fila para evitarlo o para salir con el premio mayor, y se la juegan para impedir que otros le quiten la precedencia, aun los seres humanos más queridos. Esa es la esencia del proverbio, pero puede tener problemas de aplicación cuando se refiere a un sujeto que no se ha caracterizado por contemporizar con el prójimo y quien se ha ufanado de posiciones recalcitrantes en la vida. ¿Va a cambiar en la puerta de su cielo, va a dejar en el camino a los compañeros de viaje que ha representado y de los cuales ha sido vocero principal, para estar en la cabeza de una fila ante los portones dorados?

De acuerdo con informaciones transmitidas por agencias internacionales, hace ya un mes el capitán Cabello mantuvo una conversación privada con un agente del gobierno de Estados Unidos para tratar asuntos de su incumbencia. Tal como se está batiendo el cobre en estos días, los analistas suponen que la reunión no se llevó a cabo para intercambiar cortesías, sino para ver cómo se libra el sorprendente contertulio de las penas con las cuales lo amenaza la Casa Blanca, cómo se libra de un aprieto serio dejando de lado a muchos compañeros de camino para estar de primero en la caravana de los favorecidos por la vista gorda que se le ofrece desde un tempestuoso firmamento.

La información no ha sido desvirtuada por el interesado, lo cual le concede verosimilitud. Un vocero tan asiduo y tan frenético de la dictadura se hubiera apresurado a asegurar que jamás ha estado en su agenda una reunión con agentes del imperialismo. Un hombre de evidente agilidad para atacar a Trump en su programa de televisión y para disponer medidas durísimas contra los opositores desde su sillón de mandamás en la llamada constituyente y en el PSUV, no se muestra ante los ojos de los demás como reumático frente a una novedad que lo convierte en tertuliano de los yanquis y en sujeto capaz de calcular su futuro sin meter en las cuentas a sus amigotes de los últimos veinte años. En consecuencia, mientras el capitán Cabello no haga un desmentido categórico usando las cámaras y los micrófonos a los que es tan asiduo, tenemos la posibilidad de afirmar que la cita ocurrió y que su propósito no fue hablar de deportes, ni de los problemas del cambio climático.

De momento, mientras esperamos la aclaratoria del capitán, mientras aguardamos a que asegure otra vez que somos unos embusteros, podemos pensar en la tontería que significa negar la eficacia de las sanciones impuestas por el gobierno de Estados Unidos contra funcionarios importantes de la dictadura. ¿No pueden conducir a maromas que hace poco parecían imposibles?