En la sociedad nos vamos adaptando a patrones que se forman debido a contratos sociales. El rosado es para las niñas y el azul para los niños; las niñas juegan con muñecas y los niños con carritos. Esto ha generado mucha controversia entre grupos feministas porque ni los juguetes ni los colores deben tener género. Nos preguntamos por qué en la caja de la cocinita de juguete hay una niña jugando y nos hierve la sangre porque no tienen respuestas lógicas y nos dicen cosas como “para que se acostumbren desde chiquitas”, “es un juguete para niñas” o “los niños juegan con carritos, no con cocina”, ¡puro patriarcado!

Sin embargo, quizás muchas de estas convenciones pueden resultar de factores biológicos, genéticos y evolutivos, aunque ni la misma sociedad se lo crea. Aunque los colores tengan significados culturales y convencionales, y anteriormente era el rosado el “más adecuado para los niños”; hay estudios que sugieren que las mujeres prefieren los tonos rojos y rosas porque estas eran las encargadas de recolectar frutas. Igualmente, gracias a varios estudios, se comprobó que la selección de juguetes no siempre estaba relacionada al estereotipo cultural. Se realizó un experimento con monitos; se les entregaron muñecas y juguetes con ruedas. Mientras las primates hembras jugaron con todos los juguetes, los machos lanzaron las muñecas y solo jugaron con los carritos.

En un sentido muy general, las mujeres y los hombres no somos iguales y no solo por el aparato reproductor. Hay que tener en cuenta algo: tenemos muchas diferencias neurobiológicas, diferencias que se evidencian hasta en el uso del lenguaje. Las mujeres tenemos mejor fluidez verbal, por ende, mejor labia. Si una mujer está contando lo ocurrido con alguien que le gusta, su discurso sonará más o menos así: “El tipo/la tipa me besó, me agarró la cara, me tocó el cuello, me habló al oído, me agarró de la cintura…”; un hombre no dirá más que “Pues, sí, nos dimos los besos”.

Ciertos estudios han comprobado que mientras una mujer promedio utiliza hasta 20.000 unidades de comunicación, incluyendo palabras, gestos y sonidos; los hombres no llegan a 7.000. En cuanto a las emociones, la corteza cerebral de las mujeres se activa al recibir estímulos verbales, por eso nos gusta hablar, escuchar y caer en una buena labia. A los hombres esta corteza se les activa cuando se ejecuta una acción, son más visuales; por eso caen en un buen escote. Esto sucede porque las áreas vinculadas al habla (sinapsis) son mucho mayor en las mujeres que en los hombres.

Las mujeres tenemos más percepción, somos excelentes en tareas manuales y en hacer un montón de cosas al mismo tiempo. Los hombres, por su parte, tienen mejor orientación (aunque a veces se pasen de desubicados) y un gran poder de concentración; por esto es completamente razonable que los hombres tengan fama de conducir mejor que las mujeres. Al ser más perceptivas, las mujeres tenemos mayor matización; los hombres no, por eso la diferencia de visión de colores es abismal.

El cerebro de una mujer y el de un hombre tienen la misma proporción; sin embargo, los núcleos que lo conforman tienen tamaño distinto y las morfologías también son diferentes. Todos los cerebros son asimétricos per se, el hemisferio izquierdo procesa tareas cognitivas como cálculo, lenguaje y razonamiento; el hemisferio derecho es capaz de concebir procesos artísticos y emocionales.

Se han realizado estudios en resonancias magnéticas funcionales donde se escanean las funciones del cerebro que se activan mientras la persona realiza una actividad en específico. Esto ha demostrado que el cerebro de los hombres es mucho más asimétrico. Por ejemplo, el hombre escucha una canción y se activa el  hemisferio cerebral derecho; en el caso de la mujer, se activa la misma región del hemisferio cerebral derecho, pero también se pone en funcionamiento una parte del hemisferio contrario.

Tenemos en nuestro cerebro un sistema de neuronas espejo, las cuales están relacionadas a la empatía emocional; es decir, mirar a alguien y saber un poco lo que está sintiendo, una especie de contagio emocional. Las mujeres tenemos más neuronas espejo; nos regimos por este sistema. Ante alguna situación emocional, los hombres usan muy poco este sistema de neuronas; en su cerebro se activa la empatía cognitiva, es decir, la búsqueda de solución. Así, cuando una mujer tiene un problema, busca que entiendan cómo se siente; los hombres no dirán “tienes razón, entiendo que te sientas mal”, sino que ayudan a buscar una solución y dicen: “¿Por qué no haces algo al respecto?”. No siempre las mujeres queremos la solución, por eso es mejor quejarse con amigas sin necesidad de molestarnos con los hombres porque “no nos escuchan”. Sí nos escuchan, pero prefieren ayudarnos a deshacernos del problema, ¡qué aburridos! A veces, lo que les decimos, les parece X, pero es culpa de su cromosoma.

Y entre esas quejas tenemos que “los hombres no nos entienden”, “no nos prestan atención”, “nos podemos rapar la cabeza y son incapaces de darse cuenta” y, sobre todo, “solo piensan en sexo”. Y todo eso que decimos es verdad: no nos entienden, poco nos prestan atención, no se dan cuenta de si nos cortamos veinte dedos de pelo y lo pintamos de verde y sí, ¡solo piensan en sexo!, pero eso tiene una razón (bio)lógica.

En cuanto al sexo, primero, el área vinculada a la defensa territorial en los hombres es más activa y mayor porque defender el territorio es defender a la hembra; los hombres son más “cuaimos” aunque nunca lo quieran admitir.  Segundo, se comprobó que la sección del cerebro relacionada con el sexo es dos veces y media más grande en el hombre que en la mujer. Esto no solo sucede con los humanos, en los roedores machos esta sección es siete veces mayor (disculpen el ejemplo, pero neurofisiológicamente somos casi casi casi como las ratas) y tercero, los hombres son cazadores por evolución y sienten la necesidad de acechar.

Socialmente, los hombres siempre han tenido más libertad en muchísimas cosas. Al momento de expresarse, por ejemplo, las mujeres tenemos más palabras prohibidas. A veces pareciera que, para la sociedad, todo se nos escucha vulgar. Por ejemplo, muchos insisten en el hecho de que las mujeres no debemos decir groserías porque, si lo hacemos, dejamos de ser unas damas. Eso es realmente absurdo porque todos, incluyendo los hombres, debemos aprender que no todas las palabras pueden ser empleadas en todos los contextos.

Incluso, hay países cuyas culturas privaban (o privan) a la mujer de cosas completamente normales: manejar un carro, pedir un crédito en el banco, ir de compras al supermercado. Enseñar a la sociedad que las normas deben ser las mismas para hombres y mujeres no ha sido tarea fácil y se seguirá luchando por esto; sin embargo, las diferencias evolutivas pueden ser ventajosas y es imposible negarlas.