“Patria y vida” es una canción de protesta cubana, no oficialista ni impuesta desde el poder como el caso de la Nueva trova, sino nacida de la inspiración de los raperos cubanos Maykel Osorbo y El Funky –que viven y han sido reprimidos en la isla– junto a otros músicos que viven fuera de Cuba, como Yotuel Romero, Gente de Zona y Descemer Bueno, en la que de manera sincera y desgarradora describen el sufrimiento del pueblo cubano por más de 60 años, despojando al gobierno revolucionario de la gloria de la que falazmente ha estado cubierta.

La canción tiene el valor de un documento que de forma resumida desnuda la triste y verdadera realidad de lo que ocurre en Cuba contrastando el sufrimiento de los cubanos con los privilegios de los jerarcas. Temas como el valor del dólar por encima de las imágenes heroicas del Che Guevara y de Martí. El paraíso  de Varadero frente a las madres que lloran por sus hijos que se fueron. El abismo que  separa a la nomenklatura del pueblo cubano y de la de un pueblo entero pisoteado a punta de pistola. La proclama el fin de más de seis décadas de dictadura que ha mantenido trancado el dominó que es estribillo de la canción y el clamor por la historia verdadera adquieren una mayor fuerza debido al don de la  música para repotenciar emocionalmente el contenido de las palabras. Como bien dice la reseña de El País, se trata de un tema musical convertido en himno.

El gobierno cubano ha hecho esfuerzos infructuosos para tratar de frenar la viralización de este canto, en un momento en que las redes se manejan por  encima de las fronteras y en el que la represión debe tener ciertos límites  más o menos tolerables, que les permitan mantener la imagen de apertura que necesitan para el restablecimiento de unas mejores relaciones con Estados Unidos y otros países que les dé acceso a un respiro económico, sobre todo ahora que la teta petrolera venezolana fue secada por los Atilas que la administraron.

“Patria y vida” es  una canción que me conmovió hasta las cimientes, tanto por  las dolorosas verdades cantadas como por la  fuerza  transmitida en la decisión de acabar con ellas y de  construir con lo que sueñan. Seguramente algo similar puede haberle sucedido a aquellos muchos que en nuestra juventud fuimos cautivados por la Revolución cubana, abrazamos sus banderas como símbolo de la sociedad aspirada y que progresiva y dolorosamente fuimos decepcionados por su fracaso y falsedad.

Pero también me conmovió porque lo que hoy vivimos en Venezuela es una copia sui generis de ese tiránico, ruinoso  y desigual modelo cubano, en el que una nomenklatura nacional integrada por burócratas que no tienen tras sus espaldas ni siquiera una página de gloria, sino  una desastrosa actividad pública y el disfrute del saqueo del erario nacional, han logrado secuestrar prolongadamente el poder a base del miedo en complicidad con una cúpula militar movida por los mismos oscuros fines.

Las bravuconadas con las que el gobierno de Maduro responde a las críticas de otros países, la más reciente la expulsión de la embajadora de la Unión Europea, queriéndolo hacer pasar como actos soberanos, son burdas imitaciones a Fidel Castro que tienen en común mantener trancado el juego para una salida negociada, poniendo por encima del bienestar de sus pueblos, el control absoluto del poder.

¿Quién quita que la música pueda mover montañas ante las cuales otros caminos han sido impotentes? Ojalá esta canción que se expande por doquier pueda convertirse en un arma del pueblo cubano, un instrumento para destrancar el dominó que los ha mantenido sometidos por más de 60 años y abrir caminos para lograr la democratización.


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