Las sociedades que esperan su felicidad de la mano de sus gobiernos esperan una cosa que es contraria a la naturaleza.

Juan Bautista Alberdi

Existen muchas jerarquías y desigualdades en la sociedad humana. En el ejército, están abajo los soldados rasos, le siguen los sargentos y suboficiales, y luego los oficiales, y todavía más arriba los generales, especie de semidioses entre la gente armada. En la administración pública, en la base de la pirámide están los simples servidores públicos, luego más arriba los directores, y aún más arriba están los ministros, los presidentes de empresas del Estado y de Institutos Autónomos hasta llegar al jefe de todos: el presidente de la República. En la religión católica, tenemos a los laicos, luego los sacerdotes y en la cúspide a los obispos, más allá en Roma, el jefe de todos: el Papa. En el mundo del arte:  no todos los cantantes cantan igual y menos aún ganan lo mismo. Plácido Domingo hasta hace poco era el rey de la ópera en el mundo, cuando vivía María Callas era la superdiva, ganaba más que todas sus colegas. En la pintura, el propio Pablo Picasso, jefe de la escuela cubista, se preocupaba porque los cuadros de Georges Braque se estaban vendiendo a un precio superior al de los suyos, y la respuesta era simple: su competidor ya ha había fallecido y no podía pintar más, mientras que el pintor malagueño seguía pintando. En el mundo deportivo, las desigualdades son patentes y más visibles; en los equipos de fútbol solo unas grandes estrellas se llenan de éxitos y de grandes fortunas, al igual que en los boxeadores y en los jugadores profesionales de tennis. Solo las estrellas se hacen millonarias, y es por la acción del público no de un decreto u orden oficial.

De acuerdo con el economista y premio Nobel Angus Deaton, preocuparse acerca de si la desigualdad provoca problemas tales como el crecimiento más lento o democracias perjudicadas, enfoca las cosas a través del lado equivocado del lente. “La desigualdad no es tanto una causa primigenia de los procesos económicos, políticos y sociales sino más bien un efecto o una consecuencia”, afirma. Esto tiene sentido. Una determinada distribución del ingreso o de la riqueza no se presenta jamás como maná del cielo, ni tampoco está predeterminada por el Estado. Es un involuntario reflejo de millones de interacciones, intercambios, decisiones, herencias y políticas. Un coeficiente Gini, o una estadística del ingreso o riqueza del tope 1%, es ciertamente una información agregada, pero no nos dice nada acerca de cómo ha germinado. Si consideramos que el resultado en general es “justo” o “injusto” depende, como Deaton reconoce, de sus causas.

Los niveles altos de desigualdad, como se percibe en países como Suráfrica, pueden ser síntomas o indicios de injusticias históricas. Entre sus causas pueden coexistir prejuicios y una opresión, del pasado y del presente. Pueden originarse por la captura del Estado por parte de grupos con intereses especiales, del clientelismo político y de la corrupción. La carencia de una educación, la desintegración familiar, la discriminación racial, el desempleo permanente y la inmovilidad social hace que todas conduzcan hacia una concentración del ingreso en la parte más elevada de la sociedad.

De igual forma, hay algunas causas de la desigualdad que son benignas, como las loterías, y otras que benefician de manera positiva, tales como los avances tecnológicos, los emprendimientos y el comercio libre. Bill Gates y Steve Jobs se enriquecieron al proveer servicios que mejoraron nuestras vidas. En Suráfrica, nuevamente, la desigualdad de ingresos aumentó todavía más luego del fin del apartheid, porque a los negros talentosos se les abrieron oportunidades por primera vez. Muy  pocos dirían que esto es algo indeseable.

El coeficiente Gini de China ha aumentado de 0,16 en 1980 a 0,55 en 2014 —una señal de una creciente desigualdad— pero esto ha ido agarrado de la mano por una gigantesca reducción de la pobreza en el país conforme este liberalizó sus mercados.

Desde 1980, más de 1.000 millones de personas han escapado de la pobreza extrema (el número de pobres extremos se ha reducido desde 2.000 millones a 705): mientras que hace 40 años 44% de la población mundial se hallaba sumido en la más absoluta miseria, hoy lo hace 9,5%. El propio Banco Mundial reconoce que esta lacra podría desaparecer en 15 años. Esto es lo verdaderamente importante. No un índice de Gini, aplicado o explicado artificiosamente, así por ejemplo, este índice en Estados Unidos para 2016 era de 41,1, mientras que en Argelia, una sociedad con una dictadura permanente y subdesarrollada, lo tenía en 27,6. ¿Es Argelia un país mejor para vivir que Estados Unidos? Argentina tiene un índice de Gini de 41,4 y El Salvador de 38,6. ¿Se vive mejor en El Salvador que en Argentina? No lo creemos.

Finalizamos estas líneas acogiéndonos a lo que decía Alexis de Tocqueville en su celebérrima obra La democracia en América:

Si se presta atención lo que sucede en el mundo desde el origen de las sociedades, se descubre sin dificultad que la igualdad solamente existe a ambos extremos de la civilización. Los salvajes son iguales entre sí porque son todos igualmente débiles e ignorantes. Los hombres muy civilizados pueden volverse todos iguales porque tienen todos a su disposición medios análogos para obtener el bienestar económico y la felicidad. Entre los dos extremos se encuentran la desigualdad de condiciones, la riqueza, la cultura, el poder de algunos; y la pobreza, la ignorancia y la debilidad de todos los demás.

 


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