Veamos. Se ha difundido bastante que la llamada “gripe española” (1918-1920), última gran peste anterior, contagió a 500 millones de habitantes del planeta y mató a 50 millones. En esa época  poblaban la tierra 1.860 millones de personas. Hoy son 7.700 millones.

Aquella, en los dos años que duró, tuvo tres empujes y se dice que  la segunda ola fue la que causó más muertes. La gente se descuidó -“se le hizo el campo orégano”, como se dice- y hubo rebrotes. La peste rebotó con más fuerzas.

Hoy, aquí, en la Tierra, vamos en el primer empuje. Dado el actual nivel poblacional y extrapoladas aquellas cifras de 1920, los contagiados podrían superar, teóricamente, los 1.900 millones (más que la suma de todos los habitantes de China, Estados Unidos y Brasil) y los fallecidos llegarían a 192 millones, cifra equivalente a los habitantes del Reino Unido, Italia y Francia juntos. Es mucho, ¿no?

No es para asustarse, sin embargo. Son épocas diferentes. La ciencia y la medicina han avanzado mucho, obvio. Pero tampoco es para echarse a dormir o salir de parranda. No hay que descuidarse, por cualquier eventualidad.

Y hablando de cifras, proyecciones y probabilidades, al igual que las ya manejadas sobre las pestes, similar volatilidad muestran las encuestas, cuya credibilidad ha caído mucho. En el mundo entero en general -en donde se pueden realizar, por supuesto- y en Estados Unidos, que en estas horas importa mucho, en particular. Y estamos hablando de un tema de actualidad tan o más preocupante que la pandemia, y que decididamente afecta a todos. Para el covid19 se está cercano a lograr una o más vacunas, para lo otro no se vislumbran.

Sobre el punto específico sabemos que el demócrata Joe Biden va a la cabeza de las encuestas. El presidente Donald Trump se desespera y con mayor asiduidad “mete la pata” y cada vez más hondo. Es por lo menos lo que a uno le parece desde afuera. Y no desdeñar esto: desde afuera, porque hay un Estados Unidos profundo y silencioso, que no se sabe bien cuántos son ni si están reflejados en las encuestas.

En estos días además, Biden, de 77 años, deberá elegir a su compañero de fórmula. Todos aseguran que será compañera. También se asegura que de quien sea dependerá la suerte de Biden, el que por sí solo no termina de convencer de que “da con la estatura”.

Que sea una mujer contempla a más de la mitad del electorado. Primer dato a contabilizar. Se manejan los nombres de por lo menos ocho candidatas, con trayectoria, algunas más extensas o destacadas que otras, pero todas acorde a las exigencias. El problema de género está solucionado. Se hace más difícil contemplar todos los otros colectivos, empero. Por ejemplo, debe optar entre dos grandes minorías, la de los afroamericanos y la hispana. No va a ser sencillo.

Aparte de todos esos cálculos que deben hacer Biden y sus asesores, hay un elemento clave que no pueden dejar de tener en cuenta: muchos de los votantes sentirán que están eligiendo una vicepresidenta con muchas posibilidades de ser presidenta. Al señor Biden se le ve muy bien, pero es un señor mayor y ese es otro dato de la realidad.

Quiere decir que muchos habrán de considerar que en este caso no se trata de un nombre para un cargo figurativo: debe ser alguien preparado, con la estatura requerida y listo para hacerse cargo, llegado el caso. La ideología , entonces, pasa a tener una especial importancia porque entre las elegibles más de una hacen gala de ser socialista. Antisistema, diríamos. Y esto puede determinar la decisión de una buena cantidad de norteamericanos.

Coronavirus aparte, en el escenario aparecen una Rusia y una China, muy ordenadas y consolidadas, todos sabemos por qué y cómo. De Estados Unidos, sin embargo, no se puede decir lo mismo: se muestra como algo más descuajeringado.

Como se ve, hay más de una razón para cuidarse y estar atentos.


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