En la misma medida que parece mejorar la situación de la pandemia en Europa, se agrava en América, que ya constituye la región más azotada por esta calamidad a la que José Manuel Caballero Bonald ha bautizado como “un dios abyecto que intenta usurparnos el futuro”. Sorprende especialmente que las medidas de confinamiento adoptadas por las administraciones desde el mes de marzo y el comportamiento cívico de los ciudadanos, no hayan impedido, aunque queremos creer que sí disminuido, los efectos para la población de esta pandemia. Nadie se atreve a conjeturar cuándo será su fin, ni siquiera que algunos brotes u oleadas pueden ser aún más dañinos, procede adelantar aquellos retos y desafíos que las administraciones públicas deberán afrontar en el futuro.

El primer reto será afrontar un gasto público relativamente alto, motivado por los esfuerzos presupuestarios de los Estados para hacer frente a la pandemia. Los Estados han gastado mucho más en reforzar los sistemas de salud pública y asistencia sanitaria y , además, han rediseñado y fortalecido los servicios de seguridad y los denominados esenciales de mantenimiento logístico de las ciudades. Las soluciones clásicas, basadas en planteamientos neoliberales, serían reducir precisamente el sector público, disminuir las retribuciones de los empleados públicos y aplazar proyectos relevantes para el desarrollo de los países. La solución no estará en ese camino, sino en el contrario: el fortalecimiento de los Estados, que en América siguen siendo débiles y con porcentajes de gasto público inferiores en diez puntos a la media de los países de la Organización de Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE). El fortalecimiento de las instituciones como el CLAD viene demandando desde hace 48 años, sigue siendo una etapa por superar. Sin llegar a este puerto, los países sufren más duramente las calamidades, que como nos ha demostrado el COVID-19 pueden llegar por sorpresa.

El segundo reto tiene que ver precisamente con la mejora del funcionamiento de las instituciones. Los ciudadanos necesitan confiar en ellas y han demostrado durante la pandemia que han seguido las instrucciones de los poderes públicos con escasas alteraciones de indisciplina. El turno es ahora de los poderes públicos que han de responder con una infraestructura logística, de salud y sanitaria manifiestamente mejorable. Por esta razón es sumamente importante poner las bases ideológicas y, si cabe, presupuestarias para que estas instituciones sean más fuertes y respondan mejor a las demandas ciudadanas.

El tercer reto se relaciona con recuperar la confianza de los ciudadanos mejorando los servicios públicos y utilizando las claves del gobierno abierto: transparencia para que sean visibles las actuaciones y gastos de las instituciones, la rendición de cuentas de forma que los ciudadanos puedan controlar y saber el funcionamiento real de las instituciones y la participación que permita a los ciudadanos decir, colaborar e incluso ejecutar aquellas políticas públicas que les atañen directamente. El Estado, el Leviatán del que nos habla Hobbes (y en su último libro Acemoglu y Robinson, El pasillo estrecho) puede ser encadenado por los ciudadanos corrientes, las normas y las instituciones, en resumen, por la sociedad.

El cuarto reto es prepararse para la IV Revolución Industrial que está ya desarrollándose en los países más avanzados, en los que también la pandemia ha atacado duramente. Esta revolución industrial en las administraciones va a tener mucho que ver con la introducción de robots, con la proliferación de algoritmos (a los que hay también que controlar para que sus resultados no conduzcan a fines no queridos sino a la prestación de mejores servicios) y con la digitalización de expedientes administrativos, que impedirán la introducción de sesgos injustos o beneficios indebidos.

El fin de la pandemia coloca a las administraciones ante estos y otros desafíos que habrán de afrontarse. Es relevante, en todo caso, que nuestras instituciones salgan más fortalecidas, que las democracias aguanten los inevitables crecimientos de gasto público y que la humanidad no retroceda a pesar del dios abyecto, sino que comience una andadura en la que, tras aprender de los errores, podamos afrontar el futuro con mayor confianza. Incluso para que el capitalismo de vigilancia del que nos habla la profesora Zuboff, no consiga controlar tan gran cantidad de datos que nos impida vivir con libertad en un marco en el que las instituciones nos protejan y asistan, no que nos vigilen.


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