Al momento de escribir estas líneas, 5:00 de la tarde del miércoles 25 de los corrientes han corrido por debajo de los puentes de la historia universal de la humanidad –literalmente hablando– océanos de tinta y (bytes) en diarios digitales y redes sociales de toda índole dando acogida a noticias e información acerca de la pandemia planetaria que se abate contra los terrícolas que habitamos este triste y lamentable globo terráqueo.

Ya la Organización Mundial de la Salud estima cerca de medio millón de infectados con “el virus chino”, (Donald Trump dixit), también conocido como covid-19 o coronavirus.  La cifra de fallecidos a causa de la pandemia aumenta día tras día en todos los continentes.

Venezuela ostenta estadísticas tímidas y francamente modestas de infectados por el flagelo que trae de cabeza al mundo y tiene a 90% de sus habitantes en confinamiento y distanciamiento social voluntario para cortar la cadena de infección y propagación de la peste viral.

Es por todo el país conocido que antes de que el “primus inter pares” declarara el estado de alarma nacional por motivo de la pandemia global, ya Venezuela venía exhibiendo una catastrófica y calamitosa crisis hospitalaria que encontró al país desguarnecido en materia de prevención socio-hospitalaria con un capital humano en estampida hacia el sector informal de la economía; una buhonerización del personal de enfermería que ya venía migrando del sector salud venezolano hacia las catacumbas de la economía subterránea porque en las ventas ambulantes en calles y avenidas de toda Venezuela un enfermero o enfermera logra obtener ingresos diarios hasta 6 veces más altos que los que devengan por los pírricos y esmirriados salarios de hambre que podrían obtener a través del trabajo formal en el subsistema nacional de salud pública.

Con el anuncio oficial al país de los primeros casos confirmados de positivos por coronavirus toda la nación quedó literalmente estupefacta: nadie, excepto algunos pocos venezolanos particularmente informados, quería dar crédito a los anuncios relativos a tan delicado y sensible tema. La educación, que es el muro de contención sanitaria que toda civilización tiene a su alcance en caso de una eventual catástrofe humanitaria, como es la pandemia del actual covid-19, padece los rigores más adversos que ha sufrido en toda su historia republicana desde los albores de nuestra nacionalidad. “La peste roja” o como quiera que se llame ha encontrado en Venezuela un caldo de cultivo óptimo para su incubación y propagación en los sectores y amplias franjas sociodemográficas vulnerables y sensiblemente frágiles a la infección dada su precariedad en lo tocante al sistema inmunológico y especialmente a su nulo poder económico para proveerse de insumos mínimos esenciales para hacerle frente a los efectos letales que la pandemia trae consigo. Desde la imposibilidad de adquirir una simple mascarilla o tapa boca, pasando por el trágico karma de vivir en zonas geográficas desprovistas de servicios elementales de agua hasta el sufrimiento indecible de contar con el recurso mínimo dinerario para comprar una simple pastilla de jabón con que lavarse las manos en previsión del peligro de contagio viral. No obstante, la gota que rebasa el vaso de la ignominia en un país que se vanagloria de poseer una Constitución que consagra un régimen republicano, parlamentario, presidencial, democrático y alternativo; paradójicamente una casta sociopolítica cívico-militar haya optado por abordar el tratamiento del combate de la pandemia con criterios de reprobables tintes ideológicos y politiqueros de poca desechando y

poniendo a un lado cualquier voluntad profesional con probada solvencia tecno-científica con competencia para hacer frente a los peligros mortales del virus. En regímenes socialistas y comunistas los ministros son auténticos jarrones chinos puestos de “adorno” para ornamentar las cadenas radio-televisivas del primus inter pares.

Obvio, no puede ser de otro modo; pues en regímenes totalitarios de izquierda importa rendir culto a la personalidad del “gran mandón”, del “big brother”, del “líder único e indiscutible que todo lo sabe y todo lo ve” capaz de inmolarse si fuere necesario por amor infinito al amado pueblo. Tonteras y pazguatadas para uso y consumo de “tontos del culo”.