Aspiraba a despedir mi columna, por este año, con un texto referido al ámbito de una de mis pasiones más acendradas: la cinefilia. Pero ayer, mi móvil comenzó a chillar alocadamente. Supe de inmediato que el Sr. Google deseaba comunicarme una noticia que sería de mi sumo interés, después de todo: este señor quizás conozca mejor que yo lo que me amarga y lo que me produce contento. Efectivamente, al leer al infaltable compañero, me enteré de que los Estados Unidos de América habían liberado al prisionero Alex Saab.

No soy tan caído de la mata como para no darme cuenta de que este insólito evento pueda corresponderse con ese “tragar sapos”, al cual se refieren los analistas para destacar las indeseables concesiones que podrían derivarse de una tortuosa negociación conducente a instalar una eficaz ruta democrática en Venezuela. ¿Solo por eso ya debería gustarme? ¿Como, por ende, también debería haberme gustado el procedimiento pactado para lo de las habilitaciones? Sobre el cual, deseo imaginarme, le debe haber costado una costilla a una dirigente política de la talla personal de María Corina compatibilizarlo con su estilo de proceder. ¡Ahora esto del testaferro colombiano! Ya muchos compatriotas generadores de opinión andan diciendo en las redes sociales que, al menos nosotros,  deberíamos asumir la actitud de “calladitos nos vemos más bonitos”.

¿Qué puedo decir? Desear que, ojalá, todo ese sacrificio de principios y valores sirva para el tan preciado objetivo, pero decir que me gusta: no puedo hacerlo. Pienso que en esta emoción, no racionalmente controlada, se impone otra perspectiva. La de un ciudadano del mundo preocupado por el sostenido deterioro de la calidad democrática en el planeta. No creo exagerar si afirmo que, por lo menos, una vez al mes se publica un nuevo bestseller en el que se alerta sobre el pasmoso retroceso de la democracia a nivel global.  Vengo de ser testigo de cómo una disfuncional democracia fue pervertida, hasta convertirla en un juego de máscaras democráticas en un escenario de sufrimiento y destrucción.  En el presente, acá en Madrid, internalizo todos los días como Sánchez Castejón, el presidente y nuevo aspirante a reyezuelo, mueve los hilos para tratar de controlar al Poder Judicial dentro de sus autocráticas garras. Me la paso deseando que Europa, finalmente, le pueda detener en su perverso juego cuyo derrotero me es tan familiar.

En este contexto, siempre he valorado a la política estadounidense como un referente de calidad democrática. Se me puede calificar de ingenuo, pero así era en las décadas finales del siglo anterior. Ahora, hablando aquí con el Sr. Google, me informa que ha caído al trigésimo lugar en el correspondiente ranking. No debe extrañarme. Más allá de las trumponadas o del actual presidente, tan emblemático de la decadencia de un imperio que ya no desea asumir su rol de imperio, el episodio Saab es revelador de que la otrora sacrosanta separación de poderes en ese país ha pasado a ser cosa del pasado.

Que el Poder Ejecutivo pueda irrumpir, como elefante en cristalería, en un proceso judicial que no ha sido completado y liberar a un imputado de tan graves delitos, como en este caso, para entregarlo en un proceso de canje de rehenes negociado con una dictadura de ínfimo nivel, me ha producido desconcertante asombro. Cuando escuchaba en sus peroratas, a Chávez y luego a Maduro, desde sus protegidos púlpitos increpar a los presidentes americanos por hechos que no entraban en el ámbito de sus competencias, solía pensar: tontos, ellos no pueden ejercer su poder de la manera que les plazca, como ustedes sí; para eso existen instituciones allá que deben ser respetadas hasta por ellos.

Por ejemplo, cuando Maduro puso como condición para la continuación de las negociaciones en México, la participación de Saab con el rol de ejercer su representación, era evidente para mí que el ejecutivo americano no le podría complacer. Ese señor estaba bajo control de otro poder sobre el cual ni el presidente podía atreverse a un acto de intromisión. Al menos, esto era lo que creía. Reminiscencias de un tiempo en el que allá –USA- completaba mi formación profesional y aprendí a admirar a aquella democracia apuntalaba sobre el principio de John Locke: la separación de poderes no responde sólo a una más eficiente especialización de funciones, sino a la necesidad de limitar el poder público a los fines de impedir su abuso.

Pues nada, debo encajar en modo dolido que he estado equivocado todo este tiempo reciente y que, muy probablemente, pronto tendré que ver a Saab negociando con Gerardo Blyde – ¿Pondrá éste algún obstáculo?–. Lo malo de que el muro entre los dos poderes haya sido vulnerado, es que esto trae consecuencias en ambas direcciones. No sólo es preocupante que el ejecutivo pueda liberar a un delincuente cuyas fechorías, copiosamente publicitadas, hayan perpetrado tanto daño al pueblo americano, al venezolano e incluso al ecosistema mundial –tráfico indebido de recursos del arco minero del Orinoco–, sino lo que puede ocurrir en sentido inverso.

Me explico: ¿Cómo debo tomar el anuncio de WANTED, publicado por la justicia americana, con una recompensa de 10 millones de dólares por facilitar la captura de un personaje como Maduro o Diosdado? ¿Corresponde ese anuncio a un proceso serio de investigaciones judiciales de las cuales se han desprendido las pruebas de la comisión  de una serie de graves  delitos en contra de la sociedad americana? Para mí, hasta ahora, la publicación de un anuncio de naturaleza tan fuerte como para que el gobierno de un país se atreviese a lanzar medidas así en contra de las autoridades de otro país, debía estar respaldado por muy contundentes e irrebatibles pruebas –en tiempos más remotos y salvajes habrían implicado a la guerra–. De manera tal que no se me generaron dudas al enterarme del anuncio. Nuestro presidente y su incomodo socio debían estar implicados hasta sus coronillas en el narcotráfico, fue lo que pensé. Pero ahora, a raíz de la sorprendente liberación, no es descabellado que ponga en remojo mi otrora certeza.

Recordé el episodio Torrijos, quien reclamaba a todo gañote su inocencia mientras el gobierno americano justificaba un golpe de estado sobre la base  de su imputación como narcotraficante.  ¿Tenían razón los progres, ya desangelados en aquella época, al decir que USA recurría a la fabricación de voluminosos expedientes inventados en aras de justificar acciones políticas de su conveniencia? ¿No es esto lo que han dicho los zurdos toda su vida? El hecho es que quien puede entrometerse en la justicia para liberar culpables, también lo puede hacer para crearlos con fines políticos. Esa es la lección que se puede extraer del episodio Saab. Los refinados negociadores de nuevo cuño deberían entrar a considerar lo que implican ciertos tipos de acuerdos. No se puede andar por allí generando tanto desperdicio de moralidad y contribuyendo a desdibujar la VERDAD. Por eso es que en estos tiempos tan líquidos, nos vemos obligados a reconocer nuestra incapacidad para saber con certeza lo que es falso o verdadero en asuntos de tanta trascendencia como los políticos. ¡Grave! Por esto, como mensaje de fin de año 2023: el mundo anda por malos rumbos. ¡A rectificarlos en el 2024!


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