Moisés Naím. Escritor y columnista. Ministro en la presidencia de Carlos Andres Pérez. Exdirector del BCV y del Banco Mundial. Periodista galardonado con el premio Ortega y Gasset. Andrés Oppenheimer, Mario Vargas Llosa, Fernando Savater, Luis Almodóvar, Álvaro de la Rúa y Teodoro Petkoff lo acompañan con similares laureles.

La adecuada presentación de este venezolano, quien sin ser admirado por muchos, es sincera.

Naím caracteriza en su libro La revancha de los poderosos una de las fórmulas utilizada por los autócratas modernos para acceder y eternizarse en el poder. Populismo, polarización y posverdad. Singulares herramientas modernas, que con pragmatismo y sin pudor ideológico utilizan quienes pretenden arrogarse el título de “defensores del progreso ciudadano” y “próceres del descontento popular”.

La esencia del populismo es el ofrecimiento de sueños, ilusiones y expectativas. Es la exaltación de un imaginario futuro exento de esas angustias, que no han logrado solucionar los gobiernos democráticos. Es la utopía del socialismo, y de una integración social en las cuales ni ellos mismos creen y donde simulan ser Odín.

La promesa de una revancha. El sueño de Prometeo ante quienes, por contribuir a una economía estable – léase empresariado -, les incita al caos. Un enfrentarse ante quienes por, y con esfuerzo personal y familiar, ostentan algún título académico. Revancha ante quienes con constancia y disciplina han logrado mejores condiciones económicas.

Esa diferencia social es alimentada con odio, sin ningún contenido ideológico particular y con saña. Rabia que se cuela en la piel de los más necesitados – por la malicia – al inyectarle ellos, a un pueblo ignorante, un ansia de venganza absurda, y una esperanza de un futuro que nunca tendrán.

¡Al menos, con ellos en el poder!.

¿Cómo enfrentar esa estrategia donde se ocultan objetivos? ¿Cómo compite la democracia, la integridad y los principios morales, ante tan inusual y tan destructiva arremetida? ¿Cómo enfrentar a un enemigo, a quien consideramos adversario, pero que nos quiere aniquilar?

Debo necesariamente recurrir a la historia, a nuestros valores criollos, y a esa herencia que como llanero llevo en la sangre. Llega a mi mente dos refranes que le escuche a Luis Herrera Campins. “Pa’ lapa madrugadora, perro que duerme en la cueva“.  Y “El que sabe no se apura”.

Mejorar la educación cívica debe ser una obligación de las democracias. Incluir en los pensum académicos el daño moral y económico que han logrado los gobiernos socialistas y comunistas del mundo, en nombre de la libertad, debe ser prioritario.

Legislar para que el servicio militar sea obligatorio sin excepciones, y para que se enseñe sobre nacionalismo e integración suramericana.

También, para que no se reconozca el comunismo como una ideología,  pero sobre todo para que se firme alguna especie de acuerdo en el que se especifique, que las constituciones no se pueden cambiar y poner en ejecútese sin ser aprobadas por al menos dos (2) generaciones.

Eso garantizaría, que los “Perón”, los “Chávez”, los “Castro” y demás demagogos inmorales subdesarrollados no involucionen los avances que en democracia y progreso le han entregado los líderes civiles al patio trasero de Norteamérica.

La Doctrina Monroe debería adecuarse para los nuevos tiempos. Es, en estos actuales momentos, por principios éticos y hasta por intereses económicos, el norte debería apoyar al sur en el restablecimiento de sus democracias.

Por estar pendiente del mundo, el poder asiático les ha sembrado “plantas venenosas” en su jardín trasero.

@CarluchoOJEDA


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