Casualmente transitábamos por los alrededores, todavía sorprendidos de que hubiese un incidente semejante en el perímetro histórico de la ciudad capital, por cierto, ya extraño para la mayoría de sus habitantes: un nutrido grupo de adolescentes de pulcro uniforme de bachillerato, intentaba fotografiarse ordenadamente a las puertas del Panteón Nacional, acompañados de sus profesores y representantes. Empero, el vigilante del lugar pretendía impedirlo con un radiotransmisor en mano y ciertos gestos de arrogancia y, a la vez, temor, incomprensibles para todo testigo involuntario que ponderara el interés juvenil por un escenario que fue tan común emplearlo décadas muy atrás.

Luce raro que haya inquietud por visitar el monumento nacional heredado del guzmancismo, en los tiempos del inefable Bad Bunny, aunque sabemos del heroico trabajo de los docentes desalarizados que cultivan el sentido y el sentimiento mismo de identidad de las más recientes generaciones que soportan los embates del socialismo del siglo XXI, lo único que conocen. Suponemos que el vigilante ha sido debidamente instruido para evitar que los afuerinos mancillen el espacio sagrado, pero una vez que constata que son peregrinos de aula que andan a pie y no en camionetas sin placas, ni siquiera apoyados por un colectivo armado de arrojadizas motocicletas, los declara forasteros, insultando a uno que otro docente, y les pide inmediato desalojo, fotografiado y videofilmado hasta la saciedad e imposibilitado de confiscar los móviles celulares que rindieron –así– tributo a los enmudecidos hacedores de la patria.

Una particular relación tiene el régimen con los sitios de una tradicional o sobrevenida significación histórica, porque únicamente los entiende como teatro, set o plató de los actos de Estado, o, más exactamente, del jefe de Estado y sus más cercanos colaboradores. Por consiguiente, bolivarianamente le pertenecen al poder establecido, negado al resto de la sociedad que ha de agradecer la concesión de algún horario de visita a lugares, por lo demás, recurrentemente sometidos a trabajos de remodelación o restauración, perdiendo paulatinamente  la carga simbólica que alguna vez ostentaron.

Elocuente el ejemplo citado del Panteón Nacional, agreguemos la Casa Natal del Libertador de una reinauguración que sugirió una silenciada discontinuidad, y también de otros referentes del interior del país, cuyo valor histórico y arquitectónico tuvimos ocasión de defender en la comisión parlamentaria de Cultura, años atrás; incluso, con más de cien años a cuestas, el Palacio de Miraflores abría muy antes sus puertas para que la ciudadanía lo visitase. Y cuando el gobierno reapropia o expropia otros inmuebles de una determinada trascendencia, igualmente los cierra al público, como el Cuartel San Carlos, o los alquila para un espectáculo reducido, privado y exclusivo, como ha ocurrido con el Nuevo Circo de Caracas;  huelga comentar el amurallamiento inaudito de todas las sedes principales del Poder Público, la bulevarización del casco histórico del más preciso Santiago de León que ha derivado en un vasto estacionamiento para vehículos de los privilegiados del poder de varios niveles,  valga subrayar, con el literal estorbo de los peatones de las más disímiles edades.

Faltándole los intelectuales que procuren una narrativa de mayor calado, coherencia y eficacia en torno a una deseada épica chavista, el poder establecido no logra resignificar los espacios públicos, prefiriendo adueñarse de los más importantes y antiguos: sólo él puede versionarlos. Vale decir, la lugarización del poder establecido es la del propio poder en la infructuosa tarea de su legitimación histórica, sobrando la ciudadanía.

@luisbarraganj


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