El año 2020 se inició en Venezuela con una megadevaluación que llevó el precio del dólar de un promedio de 43.000 bolívares por dólar a superar los 70.000 bolívares por dólar. Esto trajo como consecuencia, entre otras cosas, que los precios de la llamada canasta Petare -que mide la Asamblea Nacional- se disparara y promediara 43% en la primera semana del año nuevo, la más alta en 50 semanas. El resultado: menos acceso a los bienes y más pobreza para la mayoría de la población que aún no recibe ingresos en dólares.

¿Qué pasó? Muy sencillo, la administración de Nicolás Maduro decidió pagar el bono de diciembre en petros a través del sistema biopago. Una economía tan pequeña, tan seca de bolívares, sin entradas petroleras de envergadura, y sin una política fiscal y monetaria organizada respondió a un shock de bolívares inesperado.

La entrada de esa cantidad de dinero a la economía, bajo una expectativa de desconfianza hacia un sistema de pago desconocido y poco fiable como el petro, hizo que todos los venezolanos que lo recibieron inmediatamente trataran de salir de él. De allí que los comercios con biopago recibieron los petros y con ese dinero hicieron lo que es lógico, a salir a proteger el poder de compra adquiriendo divisas. El resultado fue un desastre para la tasa de cambio.

De esta manera, el experimento del gobierno de imponer el petro a como dé lugar trajo como consecuencia un alza en la cotización del dólar inesperada y una distorsión de los precios innecesaria.

La respuesta fue buscar la excusa de la necesidad de aplicar mantenimiento al sistema biopago y cortar las transacciones. Un poco tarde, eso sí, porque fue poco el petro que quedó en manos de los venezolanos.

La dolarización de la economía es un hecho por la vía de la práctica, sin decreto ni política económica establecida. Es el “sálvese quien pueda”. La tenacidad de los venezolanos que siguen trabajando y echando adelante cada día ha despertado la creatividad y poco a poco han logrado imponer un régimen cambiario que los ayuda a sobrevivir. Pero sin política de Estado estamos todos a la deriva. Y eso fue lo que se demostró con el pago del bono con petros.

Este sobresalto monetario no solo perjudicó a la población más vulnerable (los pensionados), sino que provocó un nerviosismo que se pudo haber evitado. No obstante, no parece importar esto a quienes administran este tipo de sistema. Hay vías para evitar un nuevo shock pero al parecer no se ha estudiado bien el impacto que este tipo de cambio en los mecanismos de pago tiene en una economía arrasada, como la que tenemos.

Si en vez de provocar que quienes reciban el pago en petros corran a salir de él, se estableciera un sistema de incentivos para que comercios recibieran el petro y lo utilizaran luego como mecanismo de pago -por ejemplo- del impuesto sobre la renta, no se crearía el efecto que se tuvo en la economía en las últimas semanas. Pero el exigir un plan organizado que prevenga los sobresaltos y sobre todo la devaluación del poder de compra al parecer es mucho pedir.