En estos tiempos de webinar y conferencias digitales, cuando las personas buscan inteligentemente compensar las limitaciones de movilización y de encuentros presenciales para mantenerse informada y en contacto, hay temas que aparecen con explicable frecuencia en muchos de estos foros. Uno de ellos gira en torno a cierto tipo de preguntas que se repiten constantemente, y que son originadas por la legítima y justificada angustia de todos quienes queremos superar la ya larga tragedia cotidiana que nos azota y recrudece: ¿qué puede hacer el venezolano frente a tanta adversidad? ¿Cómo enfrentamos esta terrible realidad? ¿Qué cambios personales debe implementar el venezolano para sobrevivir y escapar de esta catástrofe?

Es cierto que los especialistas en salud mental y los científicos de la conducta debemos proveer siempre instrumentos y estrategias a las personas para ayudarles a soportar el embate continuo de una realidad lacerante, y a contribuir con herramientas eficaces a su lucha contra un entorno tan nocivo como hostil. Pero estas herramientas –muy necesarias y útiles por lo demás– están diseñadas para fortalecer a la persona, a su familia  o a su grupo, para ayudarla a sortear la tempestad y a intentar no morir ahogado por ella. Pero van dirigidas a los síntomas provocados por la crisis, no a sus causas.

La observación es importante, porque preguntas como las mencionadas arriba pueden ser evidencia involuntaria de una trampa de consecuencias indeseables, como lo es el pensar que la solución a la crisis que vivimos está en el venezolano, es decir, “dentro” de él, y que la salida a la tragedia nacional consiste en aplicar “recetas” sobre cómo cambiar al venezolano y convertirlo en alguien distinto.

Lo cierto es que la causa del descomunal descalabro que sufre Venezuela –no conocido en la historia reciente del planeta según organismos internacionales– no está en el venezolano.  La causa está en la aplicación forzosa, a juro y por las malas, de un modelo político-económico de dominación basado en la explotación de la mayoría de la población para beneficio financiero y de poder de una minoría privilegiada.  En todos los países donde este modelo ha sido aplicado, los resultados son los mismos, en términos de decrecimiento económico, pobreza generalizada, involución y atraso.

Es posible discutir –como lo es en cualquier parte del mundo– sobre los cambios necesarios en nuestra cultura política y ciudadana para hacerla más adulta, más responsable y más acorde con una deseable convivencia democrática. De hecho, en nuestra cultura política coexisten de manera aparentemente paradójica elementos psicológicos y actitudinales que se han constituido lamentablemente en suelo fértil para la instauración en nuestra historia de modelos de dominación autoritarios, junto con otros altamente positivos que se constituyen en auténticas “reservas culturales” que se resisten a los proyectos de sujeción y dominio. Precisamente la labor de los opresores es y ha sido alimentar y reforzar los primeros, conscientes como están de su enorme poder castrador sobre el pueblo, mientras que  las tareas de liberación popular, por el contrario, incluyen promover y potenciar los segundos.   Pero de allí a poner el acento originario de la crisis en nosotros mismos, no solo es demostrablemente erróneo, sino la mejor forma de exculpar a los verdaderos causantes de esta hecatombe. El venezolano es la víctima, no el victimario.

Por ello, si bien hay que reconocer la validez y utilidad del necesario trabajo personal, familiar y grupal para enfrentar las consecuencias de la crisis,  es importante insistir que para acabar con ella, hay que apuntar a las causas y no solo a las consecuencias.

En este sentido, cada vez que me preguntan sobre indicaciones o “recetas” para los venezolanos de esta hora sobre qué hacer ante la crisis –más allá del excesivo reduccionismo que supone tal interrogante– insisto en tres tareas que tenemos por delante.

La primera, que los venezolanos todos comprendamos el origen social y político de las penurias que sufrimos. De nuevo, nada de lo que actualmente padecemos es producto del azar, de algún factor externo imaginario ni mucho menos culpa de los propios venezolanos. Los responsables de esta crisis tienen nombre y apellido, los vemos siempre en los medios intentando dar órdenes, mientras se aferran al poder para salvaguardar sus ingentes fortunas y privilegios. No se trata de cambiar al venezolano. La crisis se resuelve cambiándolos a ellos.

La segunda tarea es convencernos de que la solución a esta tragedia no es individual sino social. Si nuestra actual situación es de origen y naturaleza esencialmente política, hasta que no ocurra un cambio en esta esfera de la realidad, la situación económica y social de las familias venezolanas seguirá agravándose. Por más que quieran y lo intenten, las personas solas no podrán resolver los problemas que actualmente padecen, si no hay una acción colectiva para empujar y presionar por un cambio político.

Y, finalmente, es indispensable hacer el esfuerzo de organizarnos socialmente para hacer presión. Si no presionamos todos por un cambio político, cada uno desde su especificidad, espacio o sector, y nos organizamos con otros para hacerlo, estamos irremediablemente condenados a ser más pobres, a tener cada vez más hambre, tendremos cada vez menos cómo atender a nuestros hijos y ancianos, cómo cuidar a nuestras familias, y estaremos cada día más expuestos al hampa o a sufrir una muerte violenta, nosotros o alguno de nuestra familia.

El escapismo individual no resolverá nunca la crisis. Tampoco el culpar erróneamente a quienes no son sus responsables, ni el apuntar solo a sus consecuencias. Este drama doloroso tiene sus causas muy concretas. Son ellas hacia donde debemos dirigirnos.


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