David Rieff, escritor, analista político y corresponsal de guerra, hijo de Susan Sontag, es autor de un par de ensayos, Contra la memoria (2011) y Elogio del olvido (2017), en los cuales cuestiona el culto a la memoria colectiva.  En alguna página del primero de los trabajos mencionados asentó: “En las colinas de Bosnia aprendí a odiar, pero sobre todo a temer a la memoria histórica colectiva. En su apropiación de la historia, que ha sido mi pasión más sostenida y mi refugio desde la infancia, la memoria colectiva logra que la historia misma se parezca más que nada a un arsenal lleno de armas necesarias para mantener las guerras o hacer de la paz algo tenue y frío”. Y además de avivar odios y resentimientos ―opino― es también sustento de épicas de conveniencia y narrativas patrioteras fundadas en errores y horrores pretéritos y prescritos, como las esgrimidas por Chávez y López Obrador en sus tardíos reclamos vindicativos al gobierno español por los atropellos de la conquista y la colonización.

Para Rieff, “el exceso de memoria es peligroso, y puede contaminar a las personas cuando, a veces, la mejor solución es olvidar”; sin embargo, vuelvo a opinar, a partir de recuerdos magnificados y olvidos voluntarios o silenciados se crean mitos, leyendas y héroes identitarios y, asimismo, se forjan los íconos de la cultura popular ―actores, deportistas, cantantes―, cuya presencia en el imaginario colectivo contribuye a mitigar carencias y dificultades. Lo saben y lo han sabido, desde el remoto tiempo de los césares, demagogos y populistas. Panem et circenses, sí señor. Y mientras menos pan, más circo.

No pretende la digresiva introducción contradecir las tesis de David Rieff, tampoco validar el celebérrimo aforismo de Santayana, “quienes no pueden recordar su pasado están condenados a repetirlo”; mucho menos poner en cuestión lo escrito por Marx al inicio de El 18 brumario de Luis Bonaparte ―»Hegel dice en alguna parte que todos los grandes hechos y personajes de la historia universal aparecen, dos veces […] una vez como tragedia y otra, como farsa”―. Procuramos, sí, evitar hipérboles y ditirambos, a objeto de calibrar y festejar en justo merecimiento los 100 años del nacimiento del mayor de los 20 hermanos Moré Gutiérrez, el vástago más ilustre de Santa Isabel de las Lajas (Cienfuegos), mejor conocido por su nombre de batalla, Benny Moré (24 de agosto de 1919-19 de febrero de 1963).

Sí, se cumplió ayer sábado, y fue ocasión para guateque, el primer centenario de la  llegada a este valle de lágrimas del Bárbaro del Ritmo, el Sonero Mayor de Cuba exaltado por Alejo Carpentier, quien acaso hubiese querido oírle cantar en una sincrética ópera afrocubana compuesta por Ernesto Lecuona en honor de Obatalá, Shangó, Yemayá, Oshún y Elegguá; o verle marcar, con un bastón de utilería, los compases de su Concierto barroco, coreografiado por Alicia Alonso, ¡qué bueno baila usted!, e interpretado, en registro de mambo, mambo, qué rico el mambo, por la banda de Dámaso Pérez Prado, el chaparrito Cara de Foca elogiado por Igor Stravinsky y glorificado por Federico Fellini en La Dolce Vita.

En la conmemoración del natalicio del ilustre camarada, descendiente de la nobleza conga y de esclavos manumitidos por el conde de Moré, el presidente Miguel Díaz-Canel, muñeco ventrílocuaz de Raúl Castro ―el neologismo no existe y es de mi cosecha―  ofició seguramente de maestro de ceremonias en una rumba de nunca acabar, a lo largo de la cual se hizo hincapié en un supuesto de endeble soporte: la FIDELidad del gran Benny a la revolución barbuda. La verdad es esquiva y nunca se sabrá; mas, según conjeturas de sus allegados, entre ellos algún pariente residenciado en nuestro país, el cantor se quedó en la isla probablemente por problemas de salud y miedo a volar, nadar o navegar.

Benny se presentó en Venezuela en varias ocasiones. En su última gira terminó en un calabozo de la Seguridad Nacional. No por conspirar contra Pérez Jiménez, sino por propinarle un cabillazo a Max Pérez, ex boxeador boricua devenido en “promotor artístico” quien, de acuerdo con chismes faranduleros, se negaba a pagarle lo estipulado por sus presentaciones. Gracias a diligencias de su paisano Ignacio Villa ―Bola de Nieve― y del ya entonces Tenor Favorito de Venezuela, Alfredo Sadel, con quien acompañado al piano por Aldemaro Romero había cantado y grabado a dúo “Alma libre”, pudo Moré salir en libertad y cobrar sus honorarios.

Esta remembranza es naturalmente selectiva, no melancólica. ¿Quién se acuerda con nostalgia de esos carnavales o carnal bailes de 1957, los últimos y más fastuosos del pérezjimenato?  Entonces el país era todo circo y opresión, como ahora; pero al menos había pan. Y como ahora se buscaba, aunque en secreto y seriamente, poner fin a la dictadura. Tal anhelo cristalizó el 23 de enero de 1958, menos de un año después de la última mascarada de Tarugo. A través de alguna emisora radial se oían quizá las afinadísimas voces de Moré y Sadel: Igual que un mago de oriente/ con poder y ciencia rara, / logré romper las cadenas, / que sin piedad me ataban. Triunfó la unidad y se ganó la libertad.

“La culebra” es el nombre de una canción interpretada por Benny Moré. Cuando la escucho, “cuidado con la culebra que muerde los pies”, no imagino al sinuoso reptil moviéndose en espiral, enrollándose y desenrollándose sigilosamente entre matorrales a fin de no morderse la cola y atacar la presa e intoxicarla con su venenosa mordedura, ni la tópica escena del encantador de serpientes ―fakir enturbantado y enguayucado, tampoco existen los verbos enturbantar y enguayucar… ¿y qué?― tocando la flauta para musicalizar las contorsiones de un inofensivo ofidio y timar a los turistas, sino pienso más bien en su satánica significación simbólica en el orbe cristiano, y me vienen a la mente los nidos de víboras constituyentes y judicial, y la panda de arrastrados al servicio de la usurpación.  Como sinónimo de situación irresoluta es metáfora corriente en la parla vernácula.

¡Vamos a matar esa culebra!, propone el acreedor de asuntos en mora al escurridizo deudor. De envergadura superlativa es la culebra serpenteante entre las facciones dominantes del PSUV, plasmadas en el yo sí y tú no de Maduro y Cabello en lo atinente a conversaciones con representantes del gobierno de Trump. La prestigiosa agencia noticiosa Associated Press filtró el coqueteo de Diosdado con el imperio, negado por el irascible prostituyente con sospechosa tardanza. Nicolás admitió tratar desde ha ya meses con emisarios de la Casa Blanca, mientras John Bolton despejó toda duda al respecto.

Dialogar o negociar con el adversario no es, en principio, una irregularidad; pero un gobierno, tal el ilegítimamente instalado en Miraflores, al convertir a Washington en arte y parte del conflicto interno, se pone inexplicablemente en manos de quienes han sido blanco permanente de sus insultos, denuestos y descalificaciones.

El error estuvo en prohibir la manzana. Si hubiesen prohibido la serpiente, Adán se la habría comido”, sugiere un anónimo e irreverente sabio. De enmendarse la pifia, nos hubieran escamoteado el placer de escuchar al lajero cantar “Si me muerde los pies voy a tenerla que matar/ si me muerde los pies yo no puedo caminar/ ¡Echa pa’lla, ven pa’ca!”. Es de dominio público: la culebra se mata por la cabeza. ¿Estará nuestra boa constrictora dispuesta a colocar su pescuezo en el degolladero y cantarle “voy a perder la cabeza por tu amor” a la patria amada de la boca para afuera y expoliada selva adentro? ¿Y qué pasará con el oro y el moro? No, el cuento es muy viejo y la moraleja permanece inalterable: el amor y el interés se fueron al campo un día, etc., etc. En fin, no abusemos de la memoria colectiva.

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