Comprendemos el propósito positivo de destacados venezolanos, que en días recientes y en vista del aún más intenso oscurecimiento del horizonte del país, han clamado por la formación de un gobierno de salvación nacional y la renovación del pacto social democrático. Respetamos sus llamados pero lamentamos arrojar un balde de agua fría sobre los mismos. El régimen todo lo mira a través del prisma del poder y el tamiz de la ideología. Sus principales conductores no van a cambiar. No pueden ni quieren hacerlo, pues además de saberse acorralados por su pasado personal al frente del desastre, entienden que la pérdida del poder significará el derrumbe total de un proyecto del que no son verdaderos dueños.

La Cuba castrista manda en Venezuela. La veterana dirigencia comunista de la isla, encabezada por Raúl Castro e integrada por un grupo central de militares y civiles implacables, curtidos en mil batallas y sobrevivientes de severísimas pruebas, no tiene la más mínima intención de dejar escapar la presa venezolana, a la que han depredado durante dos décadas y a la que en no poca medida han apostado el porvenir.

Por desgracia para Venezuela, a lo largo de estos años de ruina y dolor la Cuba castrista ha logrado reproducir, en la medida necesaria para asegurarse hasta ahora el control, el modelo de dominación política que tanto éxito ha tenido en la isla, así sea en detrimento de la libertad y el bienestar de sus sufridos habitantes.

Este es otro punto clave a tomar en cuenta, para evaluar la inexistente probabilidad de un pacto o arreglo democrático que ponga fin al monopolio de poder del régimen chavista. Así como los despiadados revolucionarios castristas jamás han dado prioridad a su pueblo, siempre subordinado a las exigencias de la conservación del poder político y la preservación del control social, del mismo modo el régimen chavista reacciona frente a coyunturas como la que hoy confronta colocando en primera línea el tema del poder. La pregunta que se hacen Maduro y quienes le acompañan es la que sus guías cubanos les señalan: ¿qué debo hacer para aferrarme aún más al mando?

De allí la banalidad y esterilidad de tantos comunicados y declaraciones de las organizaciones empresariales que todavía existen en Venezuela, nacidos sin duda de una genuina inquietud por el desastre que nos acosa, pero también despistados en cuanto a la naturaleza del régimen y sus verdaderos objetivos. Una y otra vez, como ocurrió este pasado fin de semana, el sector privado venezolano se lleva las manos a la cabeza al recibir otro golpe demoledor, que convierte en polvo sus ilusiones.

El modelo de control de origen castrista, ahora funcionando a toda máquina en Venezuela, se sustenta sobre tres pilares. El primero de ellos es la unidad y solidaridad de lo que un sociólogo de otros tiempos llamó el bloque en el poder. Esto incluye a los jefes civiles y militares venezolanos enlazados a sus patrones cubanos. El segundo es el adoctrinamiento del sector castrense, al que se domestica también con las prebendas económicas. Y el tercero es el apego a un compromiso de resistencia a toda costa, así sea a costa de un pueblo al que solo se invoca de manera retórica. Tales pilares no son inquebrantables, pero subestimarles es un serio error.

Ante esto, del lado democrático, solo resta perseverar, resistir, pero ojalá que con claridad conceptual acerca del terreno que estamos pisando. Por lamentable que ello sea, la dura verdad es que esa claridad va y viene en el bando democrático como si fuese una mera ave de paso.