1. El significado de la relación de Hugo Chávez con Cuba no es igual que el de la relación de Nicolás Maduro. Chávez desarrolló esa relación a partir de su patuque ideológico populista-autoritario-comunistoide, que incluía un resentimiento contra Estados Unidos. No es que Maduro no comparta la parte ideológica, sino que en su relación con Cuba lo esencial es que se trata de un pago por servicios prestados.

Chávez escogió tener una determinada relación con Cuba a partir de su visión del mundo, en la que Cuba y Fidel Castro estaban en un muy alto pedestal, especialmente por su histórica rebeldía frente al imperio norteamericano. Chávez sabía que el socialismo marxista estaba ya de capa caída en el planeta cuando él llegó al poder. Venezuela, por cierto, tampoco estaba muy dispuesta a inclinarse por ese modelo. Por ambas razones, el iluminado de Sabaneta no prometió socialismo en sus años iniciales. Y a la larga, tampoco se dispuso a eliminar totalmente la propiedad privada de medios de producción, a pesar de que acosó hasta morir a empresarios industriales, agrícolas y comerciales, nacionalizó y expropió miles de propiedades productivas, con énfasis en las relacionadas con los alimentos, y llegó a decir que ser rico es malo -excepto para sus aliados, amigos y familiares.

Chávez asumió que él era el llamado a vengar la injusticia en las relaciones históricas de Estados Unidos con América Latina y el simbolismo de Fidel y Cuba eran su estrella polar. Era él quien podía dar la nueva batalla. Esto lo llevaba a exaltar la figura de Fidel Castro como líder, y de Cuba como modelo, pero desde la perspectiva de que él era el nuevo cruzado revolucionario latinoamericano, un cruzado cuya espada consistió esencialmente en repartir la riqueza venezolana entre sus aliados y quienes lo apoyaran. De Fidel, lo que necesitaba era su bendición.

Y esa bendición la empezó a pagar caro Venezuela, con miles de barriles diarios de petróleo, casi regalados, que Cuba ni siquiera consume completamente, aun con la drástica reducción actual de los envíos venezolanos a la isla. Cuba revende buena parte del petróleo que Venezuela le envía. Con el intercambio, vinieron los médicos y curanderos adoctrinadores para los barrios populares, la primera promoción del anillo de seguridad presidencial, el asesoramiento militar creciente en inteligencia, y la reestructuración del registro y emisión de documentos de identidad para personas naturales y jurídicas.

Chávez murió en Cuba, no porque creyera que los médicos venezolanos fueran incapaces de tratarlo, sino por desconfianza política. Y desde su lecho de enfermo terminó de entregar la soberanía.

Al ungido para sucederlo no le quedaba más remedio que continuar con el legado. Pero con una relación mayor de dependencia. A Maduro se le acabaron los reales. No tuvo cómo seguir comprando lealtades en el hemisferio, además de que algunos de sus aliados importantes perdieron poder político (en Argentina, Brasil, Ecuador, etc.). Pero a Cuba hay que seguir enviándole petróleo. ¿Y por qué? En primer lugar, porque el general Hernández Dala no es el único jefe de la Casa Militar. Los cubanos continúan siendo parte del anillo de seguridad presidencial. En segundo lugar, porque los asesores cubanos son clave en las labores de inteligencia para detectar elementos críticos en las fuerzas armadas y mediatizarlos (un eufemismo, obviamente). Y porque el asesoramiento continúa (cómo superar las barreras del bloqueo económico, cómo reprimir a los adversarios, cómo ayudar a desestabilizar otras naciones del continente, etc.). La relación de Maduro con Cuba hoy es la del pago por todos esos servicios. La ideología cuenta menos.

2. El escenario político mundial está hoy tan disparatado que esto de la influencia de una potencia menor hacia otra mayor ha empezado a tener sus manifestaciones nada menos y nada más que en la relación Rusia-Estados Unidos.

“Con usted, todos los caminos conducen a Putin”, le dijo Nancy Pelosi, la líder demócrata en el Congreso, al presidente Trump, hace dos meses, en la Casa Blanca, en una discusión sobre el retiro de tropas norteamericanas de Siria. Ciertamente, la jefa de la oposición estadounidense no está tan pelada. Las dos investigaciones históricas contra el presidente, la del fiscal especial Robert Mueller, y la que ahora se lleva a cabo en el Congreso para buscar su destitución, vinculan a Trump con Putin y Rusia, y se añaden a una cantidad de actuaciones presidenciales en favor de Moscú y de su líder máximo.

Trump mostró simpatías por Putin desde que era candidato presidencial. Desde entonces califica al autócrata ruso como genial (terrific es la palabra que usa para su colega). Cuando hace 4 años le preguntaron en una entrevista televisiva sobre el hábito de Putin de matar periodistas e invadir países vecinos, Trump defendió al ruso diciendo que es “un líder como no tenemos en este país”, y agregó: “Nuestro país está lleno de muertos también”.

Trump -e incluso algunos candidatos locales republicanos- utilizó durante su campaña electoral los documentos confidenciales robados electrónicamente por agentes rusos a la Dirección Nacional del Partido Demócrata. Hasta hizo una invitación pública para que jaquearan los correos electrónico de Hillary Clinton (“Rusia, si están escuchando…”). E hizo borrar toda referencia a Rusia en la propuesta formal del Partido Republicano en la convención que lo eligió candidato.

A pesar de que todas las agencias de inteligencia norteamericanas coincidieron en que Rusia intervino en la campaña electoral estadounidense en favor de Trump (difusión de mensajes falsos, identidades electrónicas falsas, y fomentando controversias divisivas en Internet), Trump, ya como presidente, contradijo a sus propios entes gubernamentales, enfrente del mismo Putin, en Helsinki, el año pasado, alegando que el ruso le había negado todas esas acusaciones y él no tenía razones para no creerle.

La actitud de Trump hacia los aliados naturales de Estados Unidos no ha mostrado la misma deferencia. Además de criticar a la OTAN durante su campaña electoral, como presidente ha exigido que los miembros de esta alianza militar contra Rusia aumenten sus aportes económicos individuales, incluidos sus presupuestos militares. Trump ha expresado simpatías por la decisión del Reino Unido de salirse de la Unión Europea y ha abogado incesantemente porque Rusia regrese al llamado Grupo de los Siete, de donde fue excluida por haberse anexado Crimea e invadir el Este de Ucrania con fuerzas mercenarias.

Lo último en relación con Ucrania es la controversial decisión de Trump de retener la ayuda militar a ese país contra Rusia, aprobada con apoyo bipartidista en el Congreso, a cambio de que el nuevo presidente ucraniano al menos anunciara por la TV americana que abriría investigaciones a Hunter Biden, hijo de Joe Biden, potencial contendor electoral de Trump el año próximo, por haber sido directivo de una empresa ucraniana con antecedentes de corrupción, mientras su padre ocupaba la vicepresidencia de Estados Unidos. La condicionalidad de Trump para el otorgamiento de la ayuda es el motivo principal del juicio que los demócratas buscan en el Congreso para destituir al presidente, acusándolo de abuso de poder y de poner en riesgo la seguridad nacional.

Respecto al caso sirio, contrariando las opiniones de sus jefes militares, Donald Trump decidió en octubre retirar las tropas que mantenía en una franja de la frontera del Kurdistán sirio con Turquía. Tal decisión facilitó el lanzamiento de una ofensiva turca contra los aliados norteamericanos kurdos en la lucha contra EI. La arremetida hizo que los kurdos empezaran a buscar la protección del régimen de Assad contra Turquía, un régimen que a su vez ha sido un protegido de Rusia. Las tropas rusas vigilan ahora la ciudad siria de Manbij, antes controlada por Estados Unidos, y ocupan una ahora abandonada base militar que los norteamericana tenían en la localidad.

Hace pocos días, un articulista de The Washington Post, de filiación republicana pero crítico de Trump, afirmaba que la afinidad del presidente gringo por Rusia es tan profunda como misteriosa. “¿Ha sido comprometido por la inteligencia rusa? ¿Es financieramente dependiente de socios rusos? ¿O simplemente admira la forma en que Putin ha destruido la democracia rusa? Todavía no lo sabemos, porque el fiscal especial Robert S. Mueller III no dio a conocer ningún hallazgo de la investigación de contrainteligencia del FBI”.

Mueller confirmó ante el Congreso este año que el FBI adelantaba una investigación de contrainteligencia contra Trump. Según el presidente de la Comisión de Inteligencia de la Cámara de Representantes, Adam Schiff, la investigación continuó su curso por lo menos hasta que James Comey, el ex director del FBI despedido por Trump, estuvo en funciones.

La investigación de Mueller también reveló que hasta bien avanzada su campaña electoral, Trump intentaba cerrar el negocio de la construcción de un rascacielos en Moscú, en el que se especula que Putin tendría uno de los más caros apartamentos.

“Había un buen chance de que yo no ganara [las elecciones] –reconoció Trump públicamente el año pasado–, en cuyo caso hubiera tenido que regresar a mis negocios. ¿Por qué debería yo perder tantas oportunidades?”.

@LaresFermin