Escuchamos las sonoras palmas para la institución del voto, la argumentación que empuñan está cargada de sólidas explicaciones que exhiben como las luces de una avenida neoyorkina. Se escuchan las voces dándonos clases de hechos ocurridos en diferentes épocas y circunstancias, si bien es innegable el poder ciudadano, este solo es válido cuando el mismo no es un rehén de una oprobiosa dictadura que lo utiliza con la firme intención de lograr algún reconocimiento, una especie de respirador artificial que siga manteniendo en el poder al monstruo de maldad, que simboliza al totalitarismo en su etapa superior.

Cuando se responde a una verdad tan profunda: el sufragio es un instrumento para disfrazar la conducta inmoral de un absolutismo como el venezolano. Es por ello que la estrategia gubernamental es llegar como sea al proceso fraudulento del 6 de diciembre. Todo el inmenso peso del poder del régimen está destinado a legitimarse en el charco de un colosal fraude.

Al gobierno de Nicolás Maduro no le importa la escalofriante hambruna nacional, poco interés muestra en los indicadores económicos que indican la realidad de una nación en ruinas, menos en las crecientes cifras del coronavirus en suelo patrio, el grave riesgo de ser arrasado por la pandemia es secundario para ellos, solo quieren materializar su estafa. Para ello es fundamental secuestrar esa instancia para ponerla al servicio de sus peores intrigas.

Cuando la decisión popular está arrebatada por estos energúmenos; el voto ciudadano  es simplemente un elemento sin gran valor. No puede gozar del vigor democrático de otrora, cuando el ventajismo oficial es descomunal, todos los recursos del Estado corrompido son el combustible que pone en marcha al aparato mafioso. Ir en tan irrebatibles desventajas políticas es sencillamente un suicidio, pero entre estos, siempre encontraremos a quienes utilizan las anécdotas del pasado para tratar de conseguir que la inmovilidad justificada del votante venezolano se quiebre.

Ya andan algunos revoloteando en los recuerdos de la cárcel de Nelsón Mandela, en la isla surafricana de Robben, arguyen con fuerza, sin comprender que es una realidad diferente. Otros más extáticos se llenarán de incienso para traernos a Mohandas Karamchand Gandhi, sobre las aguas del Ganges, nacerán las frases que inviten a hacerle el juego al régimen perverso. Ceñidos de solemnidad hablaran de Juan Pablo II y su papel en Polonia, al igual que de la experiencia chilena.

Somos sagaces para sacar de contexto cada situación y ponerlas a nuestro favor. Lógicamente no faltarán las citas de 2005 y 2015. En ambas existió una decisión abrumadoramente mayoritaria, con razones profundas de justificación para avanzar, de la cual se carece ahora.

En este proceso cuasidelictivo prestarse al juego es traicionar al pueblo, para las dictaduras votar es un simbolismo sin mayor trascendencia, se impone la línea del abuso por encima del clamor ciudadano. Para rescatar al sufragio tenemos que lograr la libertad.

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@alecambero


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