Desde tiempos inmemoriales, el negocio bancario ha permanecido relativamente inalterado en su esencia. Se captan recursos del público, se resguardan, y un determinado porcentaje o fracción de los recursos captados se prestan a terceros a cambio de unos intereses que el prestatario deberá pagar en los términos acordados con el banco. Así ha funcionado, en general, la principal función de la banca a través de los siglos.

El negocio bancario, sin embargo, se enfrenta a un nuevo reto con la llegada de las monedas digitales, las cuales, respaldadas directamente por la banca central de un Estado, pudieran alterar de forma significativa la dinámica en la que se ha venido desarrollando la intermediación financiera en los últimos tiempos.

La razón es muy sencilla. Si bien la tecnología ha venido modificando a la banca, dichas modificaciones no habían alterado en su corazón al negocio bancario. Se seguía a grandes rasgos realizando la actividad de captación y préstamo de recursos, si bien esta actividad había evolucionado de las plataformas físicas más elementales hacia sistemas de mayor sofisticación tecnológica por Internet y canales digitales.

Ahora, sin embargo, la llegada de las monedas digitales pudiera modificar esta ecuación. Porque tal vez por primera vez en un buen tiempo se corre el riesgo de que los bancos centrales, a través de la emisión de moneda digital, tomen la batuta de la intermediación financiera, convirtiéndose en el canal directo de préstamo y captación de los ciudadanos y los agentes económicos. ¿Alguna novedad? Sin duda, porque si bien la banca central es el instrumento rector de la política monetaria de un país, y que también cumple el llamado a ser el “prestamista de última instancia” en ciertas ocasiones, en su rol no ha desplazado a la banca, siendo ésta precisamente la que se encarga directamente de la interacción con sus clientes, los ciudadanos de a pie, las corporaciones, las instituciones no gubernamentales, las fundaciones sin fines de lucro, en fin, la sociedad como un todo, incluyendo hasta los propios entes y órganos del gobierno muchas veces. De hecho, se estima que a escala mundial más del 90% de la oferta de dinero se encuentra depositada en el sistema bancario.

El tema debe verse con cuidado. Según The Economist, ya existen más de 50 autoridades monetarias encaminadas a la creación de sus monedas digitales. China, por ejemplo, anunció la implementación de su proyecto piloto de eyuan sobre una base poblacional de 500.000 personas, y la Unión Europea aspira a tener un euro virtual para el año 2025.

¿Cuáles son las razones por las que los bancos centrales han impulsado su proyecto de moneda digital? Varias. La más evidente, a nuestro juicio, es el temor que tienen las autoridades financieras de perder el control de la política monetaria de sus respectivos Estados a través del auge de las criptomonedas y otros activos digitales. Este proceso de digitalización, además, hace que las fronteras entre banca offshore e inshore sea cada vez más difusa, puesto que se realizan operaciones en las que cada vez más la intermediación financiera involucra varias jurisdicciones dentro de una misma operación e institución financiera.

Ante este panorama, la banca central, usando los recursos tecnológicos disponibles, intenta afianzar su posición de dominio. Sin embargo, en el camino, se corre el riesgo -bastante evidente- de que la banca central termine por desplazar a la banca comercial en su función de prestamista y captadora de recursos. ¿Para qué emplear a la banca, agregar más costos operativos, si al final bien pudiera el propio Estado prestar recursos a través de un canal digital, con una la moneda digital creada por la propia autoridad? Además, hay otros temas sobre los cuales habría que estudiar importantes implicaciones. Uno de ellos, por ejemplo, el del llamado efecto multiplicador, o la función de creación de dinero que cumple la banca en la economía.

Pudiera existir, además, un elemento ideológico y político subyacente. En sociedades cerradas, no democráticas ni libres, las monedas digitales administradas por las autoridades estatales, bien pudieran incrementar aún más el control sobre el ciudadano, su capacidad económica y privacidad, adversando al movimiento de descentralización financiera que pregona precisamente lo contrario.

El tema está sobre la mesa. Las llamadas monedas digitales, las “govcoins” están en la palestra, y tal vez sin proponérselo de primera mano, terminen por cambiar el papel que juega la banca tal y como la conocemos. Tal vez no la extinga, pero sí obligará a los banqueros a repensar su rol en la economía, y sobre todo, en los fundamentos de lo que hasta hoy parecía una actividad que se mantendría inalterada por muchos siglos más. Al menos en su esencia.


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