La coyuntura política se deteriora crecientemente en Colombia.

La población cada vez cree menos en el gobierno de Iván Duque y la guinda de esa torta la acaba de poner el ministro de la Defensa con el caso de los niños que perdieron la vida –por error– en un bombardeo de las Fuerzas Militares colombianas en San Vicente del Caguán.

La existencia de ocho menores cuyas edades no figuraron en la lista de muertes guerrilleras, lo que sí había sido informado a la colectividad, fue lo que motivó la moción de censura que se emprendió en el Congreso en contra del ministro de la Defensa. Este trágico episodio provocó la renuncia a su cargo de Guillermo Botero, el titular de la cartera, lo que, a la vez, destapó una nueva crisis de autoridad del gobierno de Iván Duque.

Las Fuerzas Militares insisten, a esta hora, en que desconocían la composición del grupo que fue bombardeado y se escudan en el hecho de que de acuerdo con el derecho humanitario un campamento de las FARC es calificado como un objetivo legítimo, donde la responsabilidad de los civiles muertos es de la guerrilla. Lo anterior puede ser cierto, pero el que paga los platos rotos no es otro que el gobierno de Iván Duque, un mandatario que ya tiene el plato bien lleno con problemas de mucho calado que atender. Se habla de desgobierno, de Estado fallido y los decibeles suben al calificar negativamente la totalidad de las acciones gubernamentales.

Durante esta semana que pasó, en Colombia no se ha hablado de otra cosa que no sean las equivocaciones de esta administración mientras Iván Duque hasta ha sido calificado por algunos de sus detractores como el “peor gobierno que ha habido en la historia del país”. Es claro que a este equipo gubernamental le ha tocado, además del colosal drama provocado por la afluencia desordenada de 2 millones de nuevos inmigrantes, continuar la batalla por la erradicación de los cultivos de droga y emprender una nueva y crítica batalla contra los Grupos Armados Organizados Residuales, como se conocen los grupos disidentes de las FARC. En medio de todo ello las fronteras y toda la geografía del país se le ha desacomodado y el tenor de los problemas ha crecido.

El tema de la muerte de los menores le ha abierto la puerta a la crítica ácida de las izquierdas en favor de la población desvalida del interior, particularmente la indígena, y ha permitido poner de relieve como la política del gobierno en materia de control territorial está fallando por los cuatro costados. Realmente el país sí está sufriendo de un incremento sistemático de la desaparición y el asesinato de líderes sociales en todo el país por parte de mafias armadas. Se trata de inmensos territorios claves para el cultivo, procesamiento y tránsito de la cocaína que son controlados por grupos criminales armados hasta los dientes sin que el gobierno pueda actuar de manera eficiente, ni social ni militarmente, en estos inmensos enclaves del país. Ello ha ocasionado que existan vastos territorios en los que la autoridad sobre la población civil está en disputa entre el gobierno y sus militares y estas mafias.

Ha sido muy elocuente ver a un debilitado Gustavo Petro atacando frontalmente al gobierno por su política de seguridad a raíz del supuesto desaguisado del Ministerio de la Defensa. Al fin lo que nos viene quedando claro es que las promesas de Iván Márquez y de un grupo de prófugos de la justicia de retomar sus armas se están cumpliendo.

Ojalá haya una reacción temprana del Palacio de Nariño para rescatar el control sobre el país porque el juego se les desordena cada día más. Mal puede el gobierno observar cómo se generan, como en los tiempos pasados, casos numerosos de “falsos positivos” y ver a los militares efectuar asesinatos selectivos, mientras ambos critican muy duramente, en todos los foros, al gobierno chavista del vecino país y lo califican de violador de derechos humanos.

A nosotros, los venezolanos, esta debilidad del otro lado de la frontera nos afecta de forma determinante. Los americanos sabrá Dios cómo están aquilatando al gobierno de quien es, a esta hora, su más estrecho aliado del continente.