Para que desde el inicio se sepa de qué trata este artículo —y así no se desestime antes de su atenta lectura— basta solo una afirmación: la soberbia hará que los cadáveres se apilen por miles en Venezuela en los próximos meses… pero aún hay tiempo de evitarlo.

Tal afirmación encierra una dura crítica que no se refiere solo a las actitudes y actuaciones de quienes, haciendo justo lo opuesto, dicen estar «gestionando» la crisis que apenas está comenzando a ocasionar la covid-19 en el país, sino también a la de innumerables actores con «voz» de distintos ámbitos, desde el artístico hasta el periodístico.

No es ninguna novedad que la soberbia y el afán de protagonismo son monedas corrientes en este mundo globalizado, como lo fueron antes y como probablemente lo seguirán siendo después, y todos en algún momento hemos adolecido de lo uno o de lo otro, y hasta de ambas cosas a la vez, pero con la ansiosa muerte acechando en este instante tras las puertas de cada hogar venezolano, no es ya mezquino sino criminal que quienes teniendo ese protagonismo y, en consecuencia, el privilegio de la voz que este otorga, sean incapaces de ayudar a que ayuden a salvar así sea una vida quienes, careciendo de ella, pueden contribuir al logro de aquel propósito; el más elevado de cuantos puedan imaginarse.

Toda actividad humana es relevante y necesaria para la materialización del desarrollo, y es tan importante el trabajo, por ejemplo, del futbolista, el cantante, el actor o el periodista, que el del científico, el académico, el profesor universitario o el profesional de la salud, aunque lo cierto es que solo para los primeros suele haber espacio en la estima pública y en lo que públicamente influye, por lo que cuesta entender que en una situación límite como la provocada por la pandemia de covid-19 prevalezca en no pocos de aquellos la malsana necesidad del «solo yo», máxime porque, con o sin ella, seguirán siendo luego de todo esto los mismos protagonistas en las vidas de millones mientras que los que contribuyen de un modo significativo a mover el mundo volverán a su sempiterno anonimato para continuar haciéndolo —si es que por un segundo han salido o salen de é—.

¡Y mejor no hablemos de los políticos!

Lo más grave es que a esa necesidad, o más bien necedad, se suma en algunos casos una suerte de infantilismo que en medio de la crisis ha dado paso a la pérdida de un inestimable tiempo que debería estarse dedicando a la apropiada educación de la población, con informaciones que no se contradigan; lo único que en esta tiranizada nación podrá minimizar el desastroso impacto de una peste que, en caso contrario, podría obtener de ella uno de sus mayores trofeos.

Si alguno de esos anónimos profesionales —sin la «legitimadora» insignia azul, por supuesto— osa advertir, verbigracia, que los tapabocas —los elaborados conforme a estándares internacionales y en las condiciones asépticas que garanticen su seguridad— se deben reservar para los trabajadores de la salud, los cuidadores de personas infectadas por el coronavirus y las personas contagiadas que deban proteger a otras, tal como de modo expreso lo ha señalado la Organización Mundial de la Salud —por constituir un recurso que está a un paso de escasear en todo el planeta y porque no debe sustituir el distanciamiento, el lavado de manos y el resto de las medidas preventivas—, no demora en sobrevenir una avalancha de mensajes de connotadas figuras públicas y algunos medios «recomendando» su uso hasta en la soledad.

¿Ayuda acaso en algo hacer «recomendaciones» carentes de fundamento solo por llevarle la contraria a quienes, siendo también opositores y compañeros de lucha, no son considerados «dignos» de una voz por el simple hecho de no caer bien o por cualquier otro prosaico motivo?

No lo hace y genera además confusión en una población que le da más oídos a su actriz favorita, a un angelical periodista o a un beato marchista-diputado que a todos los profesionales de la salud juntos.

Benditos sean, sí, nuestras talentosísimas actrices, nuestros heroicos periodistas perseguidos en estos largos años de infame dictadura —uno incluso apresado recientemente por tratar de informar con la verdad— y todos nuestros honestos diputados que no han sucumbido a la tentación del tarifado «saltatalanquerismo», pero no son ellos en este contexto, como no lo son tampoco los jerarcas del régimen, las personas calificadas para determinar cuáles son las mejores estrategias de lucha contra la amenaza de la COVID-19. ¿Y cómo asumen las críticas que con la debida discreción se les hace para que rectifiquen y realmente ayuden antes de que sea tarde para muchos? Pues con el muy venezolano «A mí nadie me va a decir cómo…».

¿En qué se diferencia esa actitud de la conducta chavista? Al menos yo no logro encontrar la respuesta.

Por supuesto, no son ni todos ni la mayoría los que están actuando de esa forma. No obstante, una sola información contraria a las pautas de la Organización Mundial de la Salud proporcionada por un popular político en un programa de radio o de televisión, por un periodista en un artículo de prensa o por cualquier influencer en las redes sociales, puede que se traduzca luego en muertes. Y esto no es alarmismo.

Suficiente es que el régimen esté contraviniendo varias de esas pautas como para que algunos medios y figuras públicas, por puntuales pequeñeces que podrían ocasionar grandes daños, legitimen con sus propias «recomendaciones» contradictorias, sin fundamento y plagadas de imprecisiones algunos de los despropósitos de aquel —y para aclarar, no me refiero a la cuarentena, que es lo único en lo que parece que la mayoría concordamos—.

Y mientras todo esto ocurre, Guaidó y la auténtica Asamblea Nacional que él preside no han sabido tomar en sus manos las riendas de la situación y se han retirado al terreno de lo reactivo, tomando «medidas» en respuesta a cada cosa que Maduro y su grupo hacen —corrijo, dicen— en vez de colocar al Poder Legislativo al frente de la toma de las vitales decisiones que para evitar la catástrofe se requieren, sobre todo si se toma en cuenta que la Presidencia Encargada es una figura que, como está revelando esta crisis, solo permite tener verdadero margen de maniobra en el ámbito internacional —y de no ser así, no hablaríamos entonces de usurpación—.

Es menester, por tanto, que se unifiquen con celeridad criterios para que no se sigan contradiciendo los mensajes, recomendaciones y protocolos con los que se deberían orientar y atender a la población; una tarea para la que resultan insuficientes cuatro bienintencionadas y expertas personas en una comisión.

Si en las grandes potencias han mancomunado esfuerzos centenares de los mejores profesionales de la salud y de otros ámbitos para enfrentar la covid-19 y hoy están abrumados, ¿cabe esperar en Venezuela que un puñado de excelentes profesionales puedan llevar solos y por meses sobre sus hombros tan pesada carga? La mera suposición de esto es irreal.

No se puede perder de vista, además, que el resto de las enfermedades no han hecho ni harán una pausa en su inicua labor por respeto hacia el coronavirus. El que ayer tenía cáncer, lo tendrá y seguirá necesitando un tratamiento mañana, y al que le urgía un trasplante o ser dializado ayer, mañana le urgirá aún más.

Seguirán haciendo falta exámenes de laboratorio para apoyar diagnósticos y tratamientos de innumerables afecciones, muchas cirugías impostergables continuarán colapsando servicios y hasta los tratamientos odontológicos de emergencia no podrán dejarse para después como de igual manera antes no se dejaban —y cualquiera que alguna vez haya padecido un «dolor de diente» sabrá entender bien la razón—.

La única diferencia es que las dificultades para la atención a la salud son y serán a partir de ahora mayores, entre otras cosas, por el desperdicio de recursos que el régimen está propiciando y que de paso legitiman los adeptos al «A mí nadie me va a decir cómo…».

Para el «exitoso» afrontamiento de una crisis de semejante envergadura —y escribo «exitoso» entre comillas porque pérdidas habrá, y no pocas— es fundamental la consecución de una efectiva sinergia, o en otras palabras, el concurso de muchas y diversas competencias; competencias que ni aquí ni en las naciones más desarrolladas reúnen tres o cuatro personas.

En todo caso, esta crisis —cuya menor gravedad no está ni cerca de haberse visto— amerita que en lo inmediato y de manera coordinada se comience a trabajar en una serie de aspectos esenciales para superarla en el menor tiempo y con las menores pérdidas posibles.

Uno de esos aspectos se refiere a la producción conjunta de las informaciones precisas y únicas sobre la covid-19, y demás problemas relacionados o agravados por ella, que, aparte de basarse en evidencia científica, en los datos proporcionados por la Organización Mundial de la Salud y en los que vayan arrojando tanto el trabajo en los centros asistenciales de los verdaderos profesionales de la salud de Venezuela como las pertinentes investigaciones periodísticas que ayuden a llenar los vacíos en las estadísticas, debería ser difundida del mismo modo por los medios de comunicación del país que se supone están al servicio de todo lo que podría conducir al bienestar de la sociedad venezolana, teniéndose presente desde ahora que no es tiempo de la búsqueda del titular o del programa que ayude a superar a la competencia sino de, provisionalmente, sumar todos los recursos propios con los de ella para darle una misma y potente voz a los que sí están calificados para orientar a la población en este momento, lo que no implica que no puedan seguir recurriendo a titulares o programas sobre cualquier otro tema con ese legítimo espíritu competitivo.

Claro que no basta con que esa información surja de un gran grupo de trabajo «permanente» —esto es, por el tiempo que dure la crisis— en el que participemos todos los que poseemos conocimientos especializados y otras competencias profesionales en el campo de las ciencias de la salud y afines, y en algunos otros —y, sí, también periodista—, para que se erija en el faro que guíe y le brinde seguridad, tranquilidad y hasta consuelo por las pérdidas a toda la población, sino que para ello es menester una pronta toma de conciencia sobre el papel que deberían jugar los comunicadores sociales y otros actores con gran influencia sobre la población en una situación que será la excepción dentro de la otra terrible excepción que constituye el totalitarismo en el país, recordándose que la información tiene el poder de salvar vidas, pero también el de arrebatarlas, incluso las de los más cercanos a quienes, por soberbia, afán de protagonismo, infantilismo o mezquindad, hoy contribuyen a distorsionarla.

Para tener una idea de lo que le puede pasar a los que juegan con el búmeran de la salud pública, no hace falta más que echarle un rápido vistazo a los estragos que este está ocasionando entre los sátrapas de la dictadura iraní y los aspirantes a tiranos de España. Y si eso ocurre en los entornos de los más privilegiados, ¿qué no le podría ocurrir al resto de los mortales?

Otro crucial aspecto es el de la buena gestión de los recursos requeridos para afrontar la crisis de salud que se avecina por la irrupción de la covid-19 en el ya de por sí precario panorama venezolano, cuyo logro será únicamente posible si se llega a un acuerdo nacional que haga a cada ciudadano asumir el ahorro de tapabocas, guantes y otros valiosísimos insumos como una prioridad, dado que al ritmo al que se están desperdiciando hoy, es probable que mañana no se cuente con los necesarios cuando la cantidad de contagiados y de enfermos de gravedad empiece a aumentar de manera exponencial.

Países como Italia y España ya llevan más de mes y medio combatiendo la covid-19 con más recursos sin que existan todavía señales que indiquen que lo peor ya pasó, y justo ahora, cuando más urgen, y pese a no haberlos desperdiciado como aquí se está haciendo, se encuentran en una situación de generalizada escasez de barreras de protección que pone en grave peligro a los trabajadores de la salud, a los cuidadores de enfermos y a las personas que se encuentran en contacto cercano con algún infectado —muchas de las cuales podrían engrosar la cifra de nuevos casos—.

¿Cuál será entonces la situación en Venezuela dentro de cuatro o seis semanas si el propio régimen está fomentando y obligando al masivo uso de esas barreras en situaciones que no lo ameritan, y algunos actores con voz, por los motivos expuestos, refuerzan en la población la idea de que, tal vez, eso sí es lo conveniente?

Por ello es prioritario que se materialice ese acuerdo y que todos lo respetemos, lo que implicará la rigurosa observancia de la medida de distanciamiento y la reducción de las salidas a las más urgentes; un proceder que también será sensato por el peligro ambulante en que se están convirtiendo los esbirros del régimen, y no precisamente por su violencia sino por la enorme probabilidad de que acaben todos infectados como resultado de la frenética actividad represiva que los expone al coronavirus.

Esto, sin embargo, no se logrará si tanto los actores con influencia sobre la opinión pública como los medios de comunicación no deciden erigirse desde este momento en el sonoro eco del mantra de ahorro que desde hace semanas vienen repitiendo la Organización Mundial de la Salud y el resto de las serias autoridades sanitarias del planeta.

La «gestión» de la muerte, por otro lado, aunque no sea algo en lo se desee siquiera pensar, también debe ser desde ya considerada, y más a la luz de lo que voceros del régimen han adelantado sobre lo que en él se juzga «mejor» al respecto.

La Asamblea Nacional, con Guaidó al frente, el propio personal asistencial y confiables representantes de la sociedad civil debidamente entrenados para participar con seguridad en las tareas de certificación de los decesos y de vigilancia, traslado, inhumación o cremación de cuerpos deben realizar una labor de supervisión que no deje margen para preguntas como «¿Sí murió?, «¿En verdad murió por la covid-19?» o «¿Sí están allí sus restos?».

Adicionalmente, es imperativo que a los enfermos de gravedad y a sus familiares se les ofrezca la posibilidad de mantenerse comunicados y, si llega el momento que nadie espera, de despedirse; por ejemplo, mediante videollamadas.

Son estrategias, cuya implementación luce fácil en apariencia aunque lejos esté de serlo en Venezuela, que se cuentan entre las pocas de las que sí podrá echar mano una sociedad carente de un Gobierno que vele por su bienestar.

Una concertada gestión de la información ayudará en gran medida a frenar la propagación de la enfermedad al acelerar una adecuada educación para la efectiva prevención y, en donde ya el daño esté hecho, la responsable gestión de los escasos recursos contribuirá a hacer menos malas las condiciones para la atención de los afectados.

Por su parte, una transparente «gestión» de la muerte… bueno, hará más llevadero el después y permitirá que se retome una lucha que será más apremiante.

Si nos sentamos a esperar que los corazones de quienes han violado por años y de forma sistemática nuestros derechos humanos se ablanden para que, con renovado espíritu, dejen ingresar a la nación la ayuda humanitaria, sembrará la peste extensos campos que la muerte luego segará, como los sembrará si se cifran las esperanzas en una no tan cercana vacuna que, como bien señaló el presidente de El Salvador, se destinará al inicio de su producción a los habitantes de los países que la lleven a cabo; amén de que seis o siete mil millones de dosis no se producen en tres días.

¿Y cómo se podrán implementar esas estrategias? Con el mancomunado esfuerzo de cientos de excelentes profesionales que aún estamos en Venezuela —no el de tres o cuatro encomiables personas—, con el apoyo de toda la población y con la ayuda tanto de las tecnologías de la información y la comunicación como de todo lo que puedan facilitar las universidades y empresas para el rápido y cada vez mejor desarrollo de esa gestión.

Y sí, para no perturbar, por ejemplo, la espiritual paz de los presidenciables, «diputables» y todos los demás –ables de la nación, siempre ávidos de protagonismo, y no desincentivar así su necesaria y valiosa colaboración en esta tarea, y para evitar una colisión de egos en esa coalición, en un país en el que tanto gusta lo de «coordinador experto único de…», «jefe de jefes de…» o «comisionado extraordinario de…», propongo que su estructura esté conformada por un solo coordinador, a saber, la misma cabeza del Parlamento y de la Presidencia Encargada, Juan Guaidó, y ese numeroso grupo de expertos trabajando como pares.

Si de ello resulta una labor ad maiorem Ioannes Guaidó gloriam, que así sea —y ojalá que lo sea, por cuanto se requerirá después de esta crisis un Guaidó fortalecido y capaz de seguir representándonos, como único interlocutor legítimo, en el contexto de lo que será una nueva arena internacional y no esa figura que se está empequeñeciendo conforme transcurren unas aciagas horas—.

Yo, que como cualquiera albergo muchas ambiciones respecto a muchas cosas, en este momento solo estoy interesado en contribuir a salvarle la vida a mi mamá, a mis tíos, a mis amigos y a todos a los que quiero y aprecio, por lo que espero que a los cientos que contamos con las competencias que se necesitan hoy, no en un macabro mañana, nos ayuden los demás a ponerlas al servicio de la prevención de lo que podría ser la peor catástrofe de la historia republicana de Venezuela; algo que, a la luz de lo que ha ocurrido en los últimos 21 años, no sería poco que lamentar.

@MiguelCardozoM