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El reto luce bastante cuesta arriba, especialmente por el descrédito político que genera el hambre, sumado a todas las condiciones actuales de sobrevivencia. En todo caso, quienes se lo plantean son Juan Guaidó y sus asesores, con algunos partidos desvaídos allí adosados.

Colocar la consulta cerca del fraude electoral es una temeraria acción que se plantea medir fuerzas, como si de una partida callejera de pulso de tratara. Calibrar ¿”con quién estás tú compañero”, con el gobierno o la revolución?, es plantearse un iluso juego de escogencia entre un tú o yo inexistente. “¿Conmigo o con él?”, preguntas de amantes dudosos y desconfiados o seguros de la traición no caben en este momento. Parece chiste de mal gusto. Ya el hecho mismo de preguntar necedades conocidas resulta, a la par de redundante, una descortés necedad para una ciudadanía harta de todo, con justísima razón. Una ciudadanía que clama desesperada por una solución pronta, afortunada, al acontecer político que domina todo quehacer vital y a los pormenores diarios del apego a la vida. Todo ello en un país donde se hace complicado hasta respirar. No estamos para más burlas y aplazamientos de la resolución más definitiva. Dejar que transcurra un proceso electoral para la Asamblea Nacional y lanzarles el reto de una medición comparativa de “fortalezas” o, más bien de debilidades, es tanto una comiquita, una falta de seriedad inaceptable, como lo fue el evento ridículo aquel de La Carlota. El momento exige seriedad cruda y un accionar definidor. ¿Qué pasará en un enero así?

¿Se pone en duda la posibilidad de coerción del régimen tiránico? El triunfalismo irresponsable ha resultado fatalidad en los últimos tiempos, hace recordar con malestar agudo las elecciones de gobernadores que daban un arrase total en las cuentas de algunos aventurados que chocaron violentamente con la realidad al día siguiente. La comida, los bonos que caen de un cielo rojo, los condicionamientos, si bien han bajado su intensidad, siguen allí  latentes; para algunos, no pocos, resultan obligantes. No se pueden descartar la represión y el miedo impuesto estos años y los últimos días. Entre otras medidas de sojuzgamiento que seguro implementará la retorcida mente de quienes, sí, han seguido usurpando el poder, sin enjundiosa cortapisa decidida aquí dentro. Afuera parecen desestimar también la dramática situación ciudadana.

El pugilato planteado puede arrojar sorpresas como la inmovilización de la gente. Un pase de factura a ambos bandos que se dicen confrontados, aunque se perciba como un enfrentamiento con respuesta “amistosa” y “comprensiva”, hasta entregada, del lado que no ha sabido colocarse como verdadera oposición y que a veces aparece como buscando amistarse con quien debiera ser, porque lo es, su mortal contrincante. Cuidado si las sorpresas abaten nuevamente a más de uno creído en que la división está ubicada en un aquí o allá que se vislumbra inexistente. Una exploración indeseable. De pronóstico reservado. El único momento para cantar victoria será cuando terminemos de arrojar del poder a los criminales con la ayuda foránea. Antes, cualquier vislumbre de que podemos ganar un juego de fuerza de brazos, parece una mera ridiculez intragable.


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