La iconografía soviética suele mostrar la imagen de un señor con aspecto casi clerical, sus lentes de montura al aire le dan aspecto de monaguillo tardío o sacristán caído en desgracia. Sin embargo, tan inofensivo aspecto maquilla a uno de los asesinos en serie; perdón, debo decir genocida, más artero que ha parido la tierra. Estoy escribiendo sobre Lavrenti Beria, el perro de presa de Stalin, no en balde fue su jefe de su policía política, el NKVD, durante 15 años; algo así como lo que fue Hugo “el Pollo” Carvajal para Chávez y parte de Maduro.

Provoca escalofríos encontrar disertaciones que ensalzan a semejante personaje, amparándose en sus destrezas para conseguir que la Unión Soviética lograra tener la bomba atómica en 1949 y que la Unión Soviética desarrollara una vigorosa carrera en el ámbito científico. Creo que su mejor autorretrato es este fragmento de su discurso pronunciado en junio de 1937: “Que nuestros enemigos sepan que cualquiera que levante la mano contra la voluntad del pueblo, y contra la voluntad del partido de Lenin y Stalin será aplastado y destruido sin misericordia”. Tales palabras son tomadas como manifestación de lealtad, cuando no de fidelidad revolucionaria. Algunos alcahuetes disfrazados de solidarios ensalzan tal vesania con no poco fervor.

Humanos somos, de errores estamos plagados y de aciertos escaseamos; pero, ¿qué necesitamos aprender para que personajes como este sean execrados de cualquier panteón que se pretenda erigir a semejante alimaña? ¿Dónde extraviamos el camino hasta llegar a este mar de disparates en que nos mantenemos sumergidos en aras de lo correcto y lo políticamente indicado? ¿Hasta dónde se debe llegar a consecuencia del resentimiento y frustración de las camarillas que nos “dirigen”?

Los Beria de nuestro tiempo claman por la destrucción y aniquilación de todos aquellos que no comulguen con sus alucinaciones galácticas, porque ya el planeta les queda pequeño. Los vemos ofrecer el infierno de sus hampones con carnet, con las capas de tupamaros o de guardias nacionales o de la FAES, para  mantener en vilo perpetuo a la ciudadanía inerme.

Los campos de concentración de ahora superan ampliamente a Dachau, Auschwitz-Birkenau, Belzec y Treblinka, para citar los peores entre los 39 centros de detención creados por los nazis para asesinar a la población judía. Hoy tales centros de internamiento se llaman Cuba, Corea del Norte y Venezuela. Cadenas herrumbrosas y candados en perfecto estado se mantienen a cara descubierta, saben que las redes de solidaridad les otorgan salvoconductos momentáneos. ¿Será que para estos sátrapas también habrá su respectivo proceso de Núremberg?

© Alfredo Cedeño

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