Argentina va camino a ser la nueva Venezuela, afirma la oposición política al gobierno FF (Alberto Fernández en la presidencia y Cristina Fernández de Kirchner como vicepresidenta). A los kirchneristas “ultras” no les parece una mala cosa. Y mientras tanto Venezuela avisa a amigos y admiradores que la inflación para los últimos 12 meses se ubicó en la friolera del 3.684%. Y más todo lo demás.

Los hechos, ciertamente, marcan parecidos entre la conducción del gobierno kirchnerista y lo que ha sido el chavismo desde la época en que Chávez “payaseaba” y conseguía aplausos dilapidando dólares y desparramando petróleo a diestra y siniestra.

Alberto Fernández (AF) no le va a la saga ni a Chávez ni al mismo Maduro, aunque este es difícil de igualar, y trata de impactar con sus anuncios y “escandalizar a los burgueses”. Le da guarida a Evo Morales, apoya a Venezuela, insulta a Bolsonaro y se cuida un poquito más con Trump porque necesita su mirada tierna para canalizar y refinanciar su gigantesca y morosa deuda externa. Se integró al Grupo de Puebla, en alguna forma pateó el tablero en el Mercosur, mintió sobre la realidad de Chile y después tuvo que pedir disculpas. En la interna el diálogo es fluido y amigo con el papa Francisco (de quien se dice que es el tercer kirchnerista más importante de Argentina, después de Cristina y su hijo Máximo y antes que AF). Está bien con la CGT (central de trabajadores), pago previo de los peajes correspondientes. En estos días hubo anuncios y proyectos para la “recuperación” de Las Malvinas. No se anima a invadirlas, como hizo el dictador general Leopoldo Fortunato Galtieri, pero se movió como para encender a la tribuna, en un tema tan caro a los argentinos.

La justicia (así, con minúscula) argentina comenzó a perseguir al expresidente Mauricio Macri (difícil que se salve de alguna sentencia en su contra) y al mismo tiempo a “archivar” e invalidar cargos e imputaciones contra la vicepresidenta, en los varios juicios por corrupción en los que, como se dijo en su momento, “Cristina era la jefa de la banda”. No solo que florece su inocencia sino que ahora es hasta víctima (fue espiada por el gobierno anterior, es el cuento). En cualquier momento proponen su beatificación, como con Evita y es posible que le vaya mejor que a esta porque ahora el papa Bergoglio es argentino y peronista.

Todo bien si no fuera que la economía, los tipos de cambio (conviven varios) y la deuda no se manejan con discursos ni con slogans. Y además la pandemia -cero turistas en abril, fronteras cerradas-. A AF no le va tan mal, ni cerca, como a Bolsonaro o a AMLO, pero se está dando una mala tendencia y es difícil predecir cómo evolucionará.

Y para colmo AF -se dice que por expresa orden de Cristina-, intervino a la Empresa Vicentín, una de las mayores cerealeras del país ( exportaciones por 3.000 millones de dólares). Al tiempo anunció que sería expropiada y manejada por el Estado. Vicentín había llamado a concurso de acreedores, y eso fue lo que despertó los desvaríos estatistas del peronismo, retomado y acentuado por los Kirchner. Eso encendió todas las alarmas. En Argentina no hay quien no sepa cuál ha sido el resultado de todas esas experiencias expropiatorias de los peronistas: empresas fundidas que han sido un campo fértil para la corrupción. Hubo caceroleo fuerte y todas las organizaciones de productores rurales y de empresarios alzaron la voz. Lo tenían que hacer para tratar de frenar el avance expropiador.

AF se asustó un poco. Ahora está en duda si habrá expropiación. Por otra parte, no es extraño: el presidente se desmiente a si mismo cada tanto y Cristina deja que se desgaste.

La Argentina no es una fiesta; todo lo contrario. Va por mal rumbo. El presidente pierde autoridad, la justicia da tristeza, el peronista canta y hace sonar el bombo y Cristina, con tres sueldos del Estado, es una victima inocente; casi una santa.


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