Mientras Nicolás Maduro y su camarilla sigan enquistados en el poder que usurpan, no habrá salida satisfactoria para los venezolanos. No me vengan con la cantaleta de que «es indispensable el diálogo». ¿Cómo se puede ser tan ingenuo y no sé qué otra cosa, para seguir apostando por diálogos con mafias, con capos de bandas hamponiles que han destruido el entramado constitucional de un país que raya en la línea de Estado forajido? ¡Por favor!

Los socios de ese conglomerado delincuencial responden a un código que tiene su eje operario en el Foro de Sao Paulo. Esa es su ley, no las Constituciones que van reformando después de que se las dan a su capricho, «como el que se antoja de un jugo de naranja». Así ha sido en Venezuela, donde Hugo Chávez “pateó” la carta magna de 1961, para luego enredar a la ciudadanía en una caravana de esperanza que terminó sancionando, el 15 de diciembre de 1999, ese nuevo proyecto que el propio Chávez estigmatizó como “la bicha”.

Ese proceder autoritario lo imitaron Rafael Correa en Ecuador, a quien no le salió bien su maroma, experiencia que aprovechó otro miembro de ese nefasto club, Evo Morales, para tomar las precauciones y mandar a edificar una Constitución en Bolivia, a su imagen y semejanza. La verdad es que hay que ser bien tonto o más bien «cómplice de baranda» para no estar alerta ante las verdaderas intenciones de estos arbitrarios disfrazados de demócratas (cuando les conviene) que usan las virtudes de la democracia para escalar y ponerle la mano al poder desde donde comienzan a desarrollar la verdadera cartilla que guiará sus pasos, que apuntan a la colonización de las instituciones, lo cual conlleva desmoronar la legalidad para imponer sus propios métodos, ¡a como dé lugar!

Es insólito que a estas alturas de la tragedia que sufre Venezuela no se vea la auténtica caracterización de ese esperpento que por desgracia nos cayó encima como una maldición o plaga que nos azota. Han militarizado todas las instituciones. No hay justicia, porque los tribunales son «paredones de fusilamiento», donde se ejecutan a los que discrepamos de esa tiranía. No hay el más mínimo respeto por los derechos humanos, no se tolera la libertad de opinar y han quebrado a todas las empresas del Estado, como Pdvsa o las de la CVG, que hoy son chatarras acumuladas donde ni siquiera hay un inventario de los despojos.

Esta narrativa tiene como propósito insistir, con argumentos, que pretender convertir en posibilidad la ilusión de que Venezuela pueda salir adelante con Maduro y sus secuaces librados de responsabilidad, más aún, como piezas de una transición que pretenda dejar atrás la masacre humanitaria que ellos mismos causaron es, por lo menos, una tesis descabellada. Bien es sabido que los crímenes de lesa humanidad no prescriben, así como tampoco se pueden transar en una mesa de negociaciones. No responde esta aseveración a un sentimiento vengativo, para nada. Esta declaración más bien se concatena con la indispensable justicia que debe ocupar un lugar prioritario en la agenda de recuperación del país, tan esencial como será la reconstrucción de sus instituciones, de su gobernabilidad, de su economía y de su tejido social.

Por todo lo antes dicho debe quedar nítida nuestra convicción de que la gran ayuda humanitaria para los venezolanos es que la comunidad internacional se resuelva a darnos una mano, para salir definitivamente de esas mafias. Porque mientras Maduro esté allí, usurpando el poder, será la piedra de tranca, el gran obstáculo entre la desgracia que él representa y el futuro que la mayoría ambiciona.