Sin duda alguna la transición es el concepto de moda presente en los análisis políticos de tirios y troyanos a la hora de abordar la aguda situación política venezolana. Para los opositores su significado le indica al régimen madurista llegó la hora de hacer maletas, entre tanto la respuesta de los corifeos del estado chavomadurista es emitir conjuros al toparse con ese espanto de la sabana.

Lo cierto del caso es que al abrir el manual de las transiciones en cualquier país del mundo se observan muchas páginas en blanco al desarrollar cada una de ellas su propia historia, en algunas se escribe con tinta sangre, en otras la cordura priva entre los adversarios al pactar en paz la entrega del poder.

En primer lugar, hay que desmitificar la dimensión del concepto y su temporalidad, al no estar circunscrita por ejemplo solo a un acto electoral, por el contrario, múltiples variables influyen para que se desate el proceso y pueda llegarse a puerto seguro en función del interés nacional.

Con relación a esta idea sintetizada por Jacqueline Peschard (2013) al citar a José Woldenberg (2012) en Historia mínima de la transición democrática en México: «Para marcar el inicio y la conclusión de la transición democrática es importante demostrar que no se trató de un evento único o ejemplar, sino de un proceso y que es posible identificar un horizonte delineado y concreto que fue el de edificar elecciones democráticas”.

Observemos nuestra propia historia, nuestro camino a la democracia fue largo y tortuoso, al morir el dictador Juan Vicente Gómez en diciembre 1935 se inició un proceso transitorio con el general Eleazar López Contreras, seguido por el periodo de apertura democrática del general Isaías Medina Angarita, interrumpido por el golpe de octubre de 1945 que abrió la fase del trienio 1945-1948, cuando se realizan por vez primera elecciones universales, directas y secretas, interrumpido luego por los 10 años de dictadura perezjimenista hasta el 23 de enero de 1958, momento crucial que finalmente permitió sentar las bases del periodo democrático más extenso de nuestra historia republicana implementado hasta finales de siglo XX.

En otra dimensión de procesos transitorios veamos lo sucedido con la V república francesa y la crisis desatada con el Mayo francés de 1968. De Gaulle, forjador de la V república, que había dominado la conducción de otras crisis de forma magistral, fue incapaz de conducir las reformas profundas que demandaba la crisis de civilización que revelaban los hechos. Su tiempo había pasado y él parecía entenderlo también así (Pérez López, 2018), formalizado el desenlace con los resultados de su caída en el plebiscito de 1969, lo cual abrió el compás profundo de reformas exigidas en todos los órdenes de la nación que marcaron a la sociedad francesa hasta nuestros días.

Es oportuno también citar otro ejemplo de transición con el caso del acceso al poder de Hugo Chávez, dicha fase no comenzó en diciembre de 1998 con su triunfo en las elecciones presidenciales, en realidad se inició con el Caracazo de febrero de 1989 y se concretó con la asunción al poder en febrero de 1999. El Estado puntofijista intentó curarse en salud con la reforma del Estado pero fue en vano.

Ahora bien, todos estos procesos de transición citados requirieron la presencia de agentes de cambio y el surgimiento de nuevas relaciones con el contexto, concebidos según teorías de las ciencias sociales en ese orden, por ej. la escuela estructural funcionalista de Talcott Parsons plantea: La transformación en las sociedades supone que el curso del cambio social no es arbitrario sino que, prioriza las tensiones adaptativas existentes en las sociedades humanas, en primer lugar, las existenciales o materiales y, en segundo lugar, las simbólicas, las culturales o ideológicas.

Por otra parte, la visión leninista de la transformación de las sociedades, presupone la madurez de la crisis de las condiciones objetivas, es decir las materiales representadas por los indicadores económicos y sociales, y en segundo lugar el fortalecimiento de las condiciones subjetivas es decir el reconocimiento a quienes representan el cambio y la convicción de dirigir la sociedad, en este contexto el cambio tiene la dimensión de una revolución. El cruce de ambas deriva en la toma del poder.

¿En que estadio estamos nosotros? Luego de más de una década de derrumbe brutal de las condiciones económicas y sociales a nivel de la inanición, conjuntamente al surgimiento de un nuevo liderazgo personificado en MCM y el candidato Edmundo González, nos sitúa en el umbral del desenlace de un cambio estructural profundo del orden existente sintetizado en el aborrecido régimen madurista.

En definitiva, la población  durante el siglo XXI ante el agravamiento de las condiciones de vida en extremo miserables, se ha mantenido en la búsqueda de un liderazgo confiable para derrotar la estafa denominada “socialismo del siglo XXI”. Diferentes eventos confirman esa perspectiva derivada en fracasos en 2004, un poco mas tarde en 2013, luego en 2015 y finalmente en 2019, cuando en cada uno de estos lances fallaron estrepitosamente quienes representaban el liderazgo opositor.

Este nuevo contexto definido con el resultado de las primarias opositoras de octubre 2023 no presupone que todo está resuelto, por el contrario, desde las entrañas de la tiranía gobernante se preparan emboscadas de todo género, para impedir la decisión de desalojarla del poder mediante elecciones, posición asumida plenamente por la población en todo el territorio nacional.

En resumen, el espanto de la transición que tanto pánico genera en el régimen chavomadurista ya está en el ambiente desde hace más de una década, lo faltante ahora es concretarlo para que pronto podamos hablar de otro tema, la postransición.


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