A los partidarios de la teoría de la dependencia, sin mayúsculas, les molestó mucho que Henry Kissinger se sincerara y dijera, sin prestar atención a las especulaciones físico-matemáticas sobre el caos y los desastres que podría generar en Nueva York que una mariposa aleteara en el lugar más recóndito del planeta, que nada transcendental ocurre en el sur, que las grandes decisiones se toman y debaten en Washington, Moscú, Londres, Tokio, Pekín y otras cuantas ciudades, pero no en Santiago de Chile y mucho menos en Montevideo, no importa cuán leídos y avanzados sean sus choferes.

Abundan los países que en el siglo XXI aún no se han industrializado, que obtienen sus ingresos de la explotación-extracción de sus recursos naturales y que insisten en considerar la revolución digital como la nueva temporada de los Supersónicos, que los divertirá y maravillará, pero no afectará su existencia. El panorama se va oscureciendo cada vez más rápido y organizan cumbres  y talleres con expertos de las naciones avanzadas. En el ínterin descubren que se requiere un cambio profundo para escapar del futuro sombrío y desquiciante que se asoma, pero lo dejan para después. Suponen que habrá tiempo. Otros pocos, ni siquiera ven problema y, a cambio de unas cuantas monedas o un mísero plato de lentejas con gorgojos, aceleran su perdición: destruyen la selva, las fuentes de agua y la biodiversidad para sembrar más soya y producir más carne. Creen que con lo que ganen podrán comprar un refugio.

La política como lucha salvaje por el poder ha resultado extremadamente dañina para los venezolanos. No solo significó desperdiciar el siglo XIX en guerras y bochornos mientras otros países avanzaban en la educación, la ciencia y la producción, sino que por las luchas intestinas fue despojada por terceros de grandes extensiones de tierra en la península de la Guajira, del territorio Esequibo y de cientos de miles de kilómetros al sur del Arauca y al oeste del Orinoco. El país estaba “ocupado” haciendo “revoluciones”, que era la manera de llamar a los levantamientos  de caudillos y caudillitos, unos más analfabetos que otros. Fue una lucha encarnizada por el poder entre liberales y conservadores, entre azules y amarillos, o entre amarillos nuevos y amarillos viejos, no para gobernar ni continuar la obra de José Antonio Páez o Carlos Soublette. Los parlamentarios no hicieron las leyes ni los códigos –civil, penal o de comercio– y las relaciones del Ejecutivo con el mundo se limitaban a mandar sillas de montar y dulces abrillantados a las ferias internacionales y a decirles a los acreedores que no había dinero, que volvieran el treinta.

En el siglo pasado, con Juan Vicente Gómez y los muchachos que se le revelaron en 1928, se hizo un esfuerzo civilizatorio importante. Se promulgaron los códigos y se inició un proceso real de institucionalización. Se creó un sistema judicial, se aceleró el proceso educativo y se dieron los primeros pasos para crear un régimen público de prestación de salud, se derrotó el paludismo. La dirigencia tenía vocación de servicio público, su compromiso era construir un país soberano y libre, no engrosar una cuenta bancaria o un patrimonio.

En los 40 años de democracia, con sus altos y sus bajos, hubo grandes tropezones, pero también éxitos que perduran. Se construyó una infraestructura valiosa, una importante red vial –con carreteras, autopistas y caminos de penetración–, un sistema de suministro eléctrico, una red de hospitales generales y especializados, y un sistema educativo que se fortaleció con el plan de becas Gran Mariscal de Ayacucho. Además, se creó la red de bibliotecas públicas y se fortaleció la investigación científica. Mejoró la alimentación y la salud; el venezolano se hizo más robusto y más alto. Pero se cometió el gran error de nacionalizar la industria del petróleo, también la del hierro y la del aluminio, que dieron todavía más dominio a los partidos y a los políticos. El poder adquirió otra dimensión y se despertaron las ambiciones.

Las ansias de construir país fueron sustituidas por el afán de administrar los ingresos que cada día eran mayores, sin necesidad de nuevas  inversiones y sin trabajar más, simple consecuencia del mercado petrolero y de crisis ajenas, fuesen guerras o calamidades. Atentos al cupo de Recadi o de Cadivi y al interminable blablablá que prometía la luna y las estrellas se instaló un sistema bochornoso que demolió la poca institucionalidad que se había construido y pulverizó los servicios y la infraestructura. Volvemos a ser un pueblo palúdico y famélico, que cada día emprende una Emigración a Oriente para escapar de Boves y su partida de energúmenos. Poco importa lo que hagan, se trata de salvar la vida, pero no hay adónde escapar. El planeta agoniza.

Como en otras oportunidades, cuando estalla la tormenta estamos ocupados en los asuntos más nimios de la existencia y, desatentos, tratando de salvar la vela quemamos la casa y todos sus alrededores. Venezuela podría sobrevivir mejor que muchos países el inevitable cambio climático y hasta podría contribuir a que fuese menos dramático, pero no si destruye los bosques de Guayana y Amazonas por unos gramos de oro, un saco de coltán o un puñado de diamantes. El ecocidio que se perpetra en áreas protegidas es inconmensurable y las consecuencias serán menos capacidad de generar electricidad, menos agua y luchas encarnizadas por un mendrugo de pan. Menos vidas. La política desfigurada por el afán  de unos pocos de enriquecerse ha desplegado esta alfombra de cenizas que es el país. Remato las últimas esperanzas.