La tensión entre la comunicación ejercida por los políticos y la eficacia de las políticas públicas es una constante de nuestra sociedad. Se comunica continuamente, aunque no se informe con la necesaria profundidad, pero con asiduidad tan intensa, que esta función se ha convertido en la actividad fundamental de nuestros líderes políticos. De esta pandemia debemos aprender también que las instituciones deben desarrollarse más y generar mayor confianza de los ciudadanos porque, como indica Stiglitz (2020): “Mi esperanza es que hayamos aprendido la lección y las consecuencias de tener un sector público insuficientemente financiado”.

William Randolph Hearst demostró en Estados Unidos que crear opinión pública favorable puede ser más relevante que tener ejércitos o armadas, como ocurrió en la guerra hispano-norteamericana o en sucesivas intervenciones en México. En la actual crisis del coronavirus, los aspectos de la comunicación, de gran importancia desde principios del siglo XX , contribuyen a un mejor conocimiento de la realidad social para los ciudadanos , las empresas y las instituciones.

Sin los medios de comunicación las democracias no existen y el requisito de una prensa libre es universalmente reconocido como uno de los factores esenciales de la convivencia ciudadana. Un gran número de constituciones así lo reconocen y al menos formalmente, hasta los regímenes más autoritarios se ocupan de la comunicación hacia los ciudadanos.

Este inmenso poder sobre las conciencias ha generado una influencia muy relevante para determinados medios de comunicación, pero tiene también otro correlato menos estudiado y no por ello menos relevante: el político es cada vez más un agente público cuya actividad fundamental consiste precisamente en comunicar.

Repasemos la jornada habitual de un político de cualquiera de los países democráticos del mundo : entrevistas en medios de comunicación, reuniones seguidas de ruedas de prensa, inauguraciones con asistencia de periodistas, intervenciones parlamentarias públicas que se reflejan en los medios… En esto consiste su actividad habitual y así debe ser, pues resulta el medio más eficaz de relación con la ciudadanía, además de su intervención en las redes sociales cada día más presentes, como nos demuestra el actual presidente norteamericano.

La insuficiente preparación técnica de nuestros políticos, que la crisis del coronavirus pone sobre la mesa, explica en buena medida que cuando de asuntos serios se trata, el ciudadano busca la opinión del experto más que la del líder político, aunque su ideología sea coincidente con él.

La necesidad urgente de comunicar genera frecuentemente errores y ansiedad en los lideres. Se interviene en ruedas de prensa sin decir nada especialmente sustancioso, se ocupan espacios de televisión sin contenido relevante, se dilatan discursos que pudieran expresar las mismas ideas en mucho menos tiempo. En suma, se transforma el medio en el fin: el mayor conocimiento del líder por parte  de la población se convierte en el objetivo, de mucha mayor relevancia que la aplicación eficaz de la política pública encomendada.

Salir en las fotos y en televisión se ha convertido en el leitmotiv esencial de la actividad política. Ingenuamente, buena parte de los ciudadanos sigue pensando que los gobiernos deben administrar eficazmente los bienes públicos y no preocuparse tanto de aparecer en los medios de comunicación.

Esta situación parece ser el caldo de cultivo también de la propagación de las noticias falsas, ahora llamadas fake news y más entre nosotros, bulos. Estas falsedades han existido siempre en épocas convulsas a lo largo de la historia, como en la república romana o la revolución portuguesa donde se les denominada boatos, pero en todo caso la diferencia fundamental radica en el fulminante poder de propagación (Pina Polo, 2020).

En muchos lugares de nuestro planeta, como consecuencia de esta pandemia, las autoridades han extremado los sistemas de control, confinamiento y vigilancia, sin duda necesarios pero, atención, esta situación extraordinaria, que dura ya demasiado para la paciencia e inmediatez del ciudadano del siglo XXI, no debe inclinarnos a construir un régimen de vigilancia, que la tecnología permite, sino, a  esforzarnos en que no sea demasiado tarde para reconstruir la confianza de la gente en la ciencia, las autoridades públicas y los medios de comunicación (Harari, 2020).


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