Un viejo principio de la investigación sociológica demuestra que si una necesidad se estudia durante un período suficientemente largo de tiempo, la necesidad desaparecerá.

Ello nos lleva a pensar cuánto la “nueva normalidad” que será la resultante de la superación de la pandemia del covid-19 contendrá de las viejas costumbres, necesidades y preferencias de antaño y cuánto nuestros hábitos habrán cambiado luego de estos meses de restricciones y transformaciones. No hay que ser un gran estudioso para percatarse de la manera en que la cuarentena ya ha modificado nuestras vidas. Las inclinaciones y preferencias del colectivo en todos los países han variado en todos los terrenos para generar nuevos hábitos que impactarán la cotidianidad cuando se produzca el ansiado retorno a aquello que nos era familiar.

El espíritu gregario del ser humano ha recibido un muy serio impacto con esta crisis por la obligación a mantener distancia hasta dentro de las familias. La economía global, así como la nacional y la doméstica serán las primeras en mostrar el golpe del encierro social y la desactivación laboral y educativa. De allí que sea esta ciencia la primera en tratar de adelantarse y medir lo que serán los retos del futuro que ya toca a la puerta en temas como, por ejemplo, el consumo. Porque es claro que los nuevos escenarios deberán atender a un consumidor con un perfil diferente y con vías novedosas para hacerse de lo que quiere o necesita. Los hábitos, que no son otra cosa que conductas repetidas en respuesta a un entorno particular, recibirán una sacudida de proporciones siderales porque el entorno habrá cambiado mucho, lo que quiere simplemente decir que es preciso hacer frente a un nuevo consumidor que atender.

Las técnicas de mercadeo y de publicidad ya comenzaron a adaptarse de manera ágil a este nuevo estado de cosas. Los estados de ánimo de los individuos, sus miedos, sus fobias, sus apegos han comenzado a jugar un importante rol a ser tomado en cuenta, pero de igual manera será necesario situarse frente a un individuo que se considera a sí mismo más pobre y más reacio a consumir porque a lo largo del encierro ha aprendido a vivir con menos en todos los campos. La racionalidad en el gasto será, pues, un elemento que hay que considerar en el consumo futuro y ello tiene que ver con la percepción individual de los que son “bienes esenciales”, es decir, aquellos en lo que es preciso gastar de manera imperativa.

La salud y lo saludable regresan fortalecidos de este capítulo de la pandemia. Lo superfluo y lo indispensable será parametrizado de manera diferente. ¿Turismo y descanso tendrán una mayor o una menor importancia? ¿Las compras por impulso responderán a estímulos diferentes o tenderán a desaparecer por un largo rato?  ¿Los presupuestos familiares contendrán asignaciones mayores para el deporte y ello se hará a costa de menos vacaciones? ¿Los seguros de vida y de salud entrarán en el rango de lo indispensable? ¿La inseguridad y el miedo que son los sentimientos colectivos más prevalentes en la hora actual, inclinarán a los trabajadores a ahorrar más y a gastar menos?

Qué tan grande va a ser la transformación social y económica en cada país es algo imposible de detectar aún, cuando el virus sigue haciendo estragos inmensos en sociedades como la americana y la brasileña y aún nos queda por ver lo que pasará en América Latina o África. Tampoco sabemos si un rebrote nos colocará en una nueva cuarentena o cuándo será que una vacuna terminará con la amenaza del pandemonio que ya conocimos. La aprensión, la inseguridad y la vulnerabilidad van a ser, por un tiempo, los estados de ánimo más presentes, aunque se experimenten de manera distinta en cada grupo etario de cada país.

En síntesis, apenas estamos preparándonos para el retorno a algo que creemos que conocemos bien, cuando aún no podemos imaginarnos cuánto nos hemos transformado.


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