Resulta importante analizar lo que representa la personalidad y la manera cómo afecta nuestro comportamiento, pues así podemos tener más conciencia de cómo manejar nuestra actitud ante la vida. Es irrefutable que los tipos de personalidad generan los rasgos  de nuestro ser, como resultado de la suma de un conglomerado de características que se desarrollan desde que somos niños hasta la edad adulta.

Esta consiste en una forma de expresión producto de un proceso de aprendizaje, compuesto por una serie de parámetros,  pensamientos, forma de conducta, que se establece de manera permanente y sumamente arraigada. Además, se ve afectada por los aspectos sociales, las  emociones, las características físicas, intelectuales, entre otros, conformando los rasgos que nos identifican.

Existen varios tipos de personalidad y es irrefutable que esta nos hace únicos y originales. Por esa razón, nos encontramos con individuos que son sociables, afectuosos, de ánimo equilibrado o tolerantes. Otros que demuestran confianza en sí mismos, que son valientes, agresivos, frontales, autoritarios, dominantes; y quienes, por el contrario, son silenciosos, tímidos, discretos, serios, solitarios, reflexivos y reservados.

Todos estos rasgos afectan nuestras decisiones, cómo afrontamos los problemas, la actitud con la cual establecemos nuestras relaciones con los demás y cómo enfocamos nuestra intuición. Igualmente, influyen en la postura que asumimos ante los cambios, incluso, cómo proyectamos lograr nuestros propósitos y el modo de celebrarlos cuando alcanzamos nuestros objetivos.  Sin embargo,  no debemos conformarnos y aceptar que no podemos adaptarnos debido a nuestra personalidad.

Una de las mejores vías para manejar este aspecto a nuestro favor es a través del autoconocimiento, pues nos lleva a analizar quiénes somos, cuáles son nuestras bondades y limitaciones. Así, trataremos de mejorar o cambiar, con el fin de aprovechar nuestro potencial y obtener los resultados óptimos que deseamos, a todo nivel. De esta forma, podemos ser más minuciosos, entendiendo cuáles son nuestras dificultades y fortalezas, lo cual nos brinda una información muy útil a nuestro favor.

Después de hacer esa reflexión, seremos mucho más conscientes y  tendremos un punto de partida para alcanzar mejores resultados en nuestros esfuerzos, regulando las características que no nos favorecen, como la timidez, la falta de seguridad, la incapacidad, la desconfianza, la desmotivación, la conformidad, con el fin de transformar lo que no  nos permite desarrollarnos  y crecer.

De esta manera, daremos los pasos que necesitamos para tener mayor comprensión y dominio de nuestras debilidades y fortalezas, procurando encaminarnos hacia el cambio que nos hará mejores personas.


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