Solo el inmenso dolor que produce la imagen del techo caído de la Universidad Central de Venezuela ha podido sacarme de la inacción y la impotente melancolía que causa el destierro y el caos visto desde la distancia. No puedo dejar de pensar que en esos pasillos abovedados, que ahora se derrumban como lo hace el país entero, viví gran parte de mi apasionada juventud. En aquellos precisos lugares, sentado en una silla de extensión que guardaba en la maleta del carro, pasé en solitario innumerables domingos y días festivos, devorando libros y preparando clases, acompañado únicamente por el trinar de los pájaros y la charla de algún grupo de estudiantes que garabateaba fórmulas matemáticas en los pizarrones que adornan sus espacios. En la UCV no solo recibí un título de licenciado después del superlativo esfuerzo que supuso combinar la escolaridad nocturna con el trabajo diurno, sino que en mucho de sus apreciados rincones y vericuetos pude disfrutar (y sufrir) las avatares de mi primer y arrobado amor, aquel de besos y achuchones apasionados que no volverán, así como del trato de unas amistades que se prolongarían en el tiempo. El otro amor primerizo e insaciable fue el que sentí allí por las ideas marxistas, sin llegar a intuir, como muchos otros, que un día, mal digeridas por un osado teniente coronel, me echarían a perder la vida y terminaría odiándolas con todo mi ser.

La UCV para mí fue en un momento el centro de mi existencia, hasta el extremo de que, ya graduado, seguí visitándola a fin de pasar el duelo que me embargaba tras tantos años de transitar por sus pasillos y rebuscar entre sus libreros. Tal vez ese fue el momento en que decidí convertirme en profesor, una forma de volver a las aulas y compartir de nuevo con los estudiantes y la muchachada. En aquella casa tuve la inmensa suerte, además, de vivir los mejores momentos de la Escuela de Filosofía, donde hombres y mujeres de la talla de Nuño, Riu, Vásquez, Pagallo, Núñez Tenorio, Duno, Catrysse, Cappelletti, Rozitchner, Fernando Rodríguez y otros, fueron mis profesores e inyectaron en mí la pasión por el equilibrado razonamiento y la búsqueda de la “verdad”.

Hay que decir que aquellos eran tiempos en que se apreciaba la formación y la discusión fundamentada, muy lejanos de estos en que se fomenta la ignorancia ex professo y se aplaude la barbarie. Por mucho que luego desarrollara mi profesión en la Universidad Simón Bolívar, me doy cuenta ahora de que sigo siendo un ucevista, con todas las luces y sombras que ello signifique. Y lo que eso representa no puede saberlo sino alguien que vivió y padeció “la casa que vence las sombras” en todos sus dimensiones, como aquella de ir en las tardes a la Sala de Conciertos a ver lo mejor de la cinematografía mundial, pasear por la “tierra de nadie” entre el humo que salía del corrillo de sus asiduos visitantes, echar una mirada a su espectacular piscina o asistir al Aula Magna y permanecer alelado observando los móviles de Alexander Calder que embellecían su techo.

Pero hasta este sentido de pertenencia nos lo quieren robar los que todo nos han robado, estos seres  que sufren del famoso síndrome o efecto de Dunning-Kruger, aquel según el cual los individuos de escasos conocimientos se creen superiores a la media o se consideran más inteligentes que las personas preparadas, y esto porque la historia y las majaderías de un insignificante militar, al que sucedieron, les ha permitido apoderarse del poder político y mantener sometido a todo un pueblo.

Sí, cómo duele la UCV y cómo duele todo. Se cansa uno, como decía el desaparecido Omar Lares.


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