En las conversaciones que sostenemos a lo largo de los días, la pregunta habitual que formulan nuestros interlocutores es cómo vemos las cosas y qué va a pasar. Mi respuesta siempre es rotunda en cuanto a afirmar que las condiciones muestran un equilibrio muy frágil de la usurpación.

La corporación criminal que gobierna arbitrariamente apenas se sostiene por un hilo que está a punto de romperse. Es sabido que las armas sirven para todo menos para sentarse sobre ellas.

En Venezuela reina un caos y el régimen forajido suele manejarlo mejor que la alternativa democrática, pero es una ley social que no hay forma de evitar que el caos termine devorando a los usurpadores. Respondida así la pregunta habitual y ajustándola a las escaramuzas que suelen producirse diariamente en un país que atraviesa enormes conflictos, corresponde hacer un alto en el camino y sacudirse el torbellino de acontecimientos continuos e irracionales que nos envuelve y reflexionar sobre nuestro destino.

Hay que comenzar diciendo que la idea de un buen gobierno debe privar en la mente y corazón de la colectividad y por ende en cada uno de sus integrantes; persuadirnos de la necesidad de aspirar a llevar una vida tranquila y sosegada en la que podamos trabajar, recibir buena formación, formar familia y realizarnos personalmente en un ambiente de respeto de las libertades públicas.

En nuestro país sucede lo contrario, desde hace 21 años una corporación criminal ha declarado la guerra contra la colectividad, le ha robado el futuro a los jóvenes y ha convertido el día a día de la gente en un suplicio en busca de salud, seguridad, agua, electricidad, comida y trabajo.

Estas reflexiones son muy necesarias y nos hacen ver que tenemos que acabar con esta lógica diabólica que se ha apoderado del país. Resulta escandaloso que existan 478 presos políticos y 8.907 personas bajo medidas cautelares y de presentación.

El cuerpo policial FAES desde el año 2016 ha ejecutado extrajudicialmente a 18.000 personas en operaciones de “seguridad”.

En medio del caos predominante debemos reflexionar sobre nuestra genuina esencia venezolana, mirar a lo profundo de nosotros y descubrir la raíz de todas las grandezas y el secreto de todos los triunfos del gentilicio. Poseemos como pueblo un arte, un instinto, que un día auroral hizo de este pueblo propagador de un ideal de libertad.

Evoquemos y llevemos al presente nuestra marca distintiva en el anhelo de originalidad y la aspiración de producir algo propio. De todo este caos tenemos que salir y desembocar en la república liberal perdurable, que servirá de faro a otras naciones hermanas. Combatamos, pues, el buen combate que nos impulsa la esperanza y la fe en Dios y nuestras convicciones y determinación de recuperar el orden democrático.

¡No más prisioneros políticos, torturados, asesinados ni exiliados!

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