Por primera vez me tocó visitar el hospital, y es que basta jactarse de una salud de hierro para que Murphy se encargue de conspirar. Siempre había temido este día, iba a llegar tarde o temprano; pero el diagnóstico no fue mi sorpresa, sino comprobar lo que experiencias y recomendaciones ajenas me habían advertido ¡Y vaya impresión que me llevé!

En menos de dos horas estaba de regreso en mi casa, con diagnóstico, tratamiento y sin pagar un solo centavo. ¡Todo lo que me contaban era cierto! Debo decir que mi mayor asombro es que efectivamente sin importar tu ideología política, si estás o no inscrito en el partido oficial, si tienes o no dinero para pagar la cuenta… ¡te atienden!

En la sala de espera de emergencia me pidieron que llenara una hoja con mi información, y por si acaso me dieron varias copias si me equivocaba escribiendo, ¡impresionante! Te ponen una cinta en la muñeca con algunos de tus datos acompañados de un código de barra, porque con ese código todo el personal del hospital lee tu historial, alergias, tratamiento… ¡De primer mundo! El recepcionista me escuchó toser varias veces y sin yo darle un centavo me entregó una mascarilla, así como lees, no hicimos trueque ni tuve que traerla yo mismo. Verificaron mi presión sanguínea y la temperatura, y en menos de diez minutos comenzaría mi consulta.

“¿Médico de cabecera? ¿Fuma? ¿Bebe? ¿Alguna alergia a medicamentos?”, y así terminando el cuestionario y respectivamente auscultado me ordenan una placa de rayos X. En algún punto tenía que comenzar mi pesadilla… ¿No? ¿Tampoco aquí? ¿Qué cuántas medicinas doctora? ¿Por cuántos días?

Con la orden del médico en la mano fue inevitable pensar en la odisea de tantos enfermos para conseguir sus tratamientos, por más simples que sus diagnósticos puedan ser. Se me hizo tan fácil como ir hasta la farmacia más cercana de mi casa, en la que la doctora habría enviado mi orden; no tuve que esperar más de cinco minutos para tener el tratamiento completo en mis manos, sin cadenas de whatsapp, trueques, vender la lavadora o el carro, o dejar de comer por una semana. ¡Y pensar que así vivíamos antes!

Sí, no vivo en Venezuela. Pero allá sí están padeciendo más de 300.000 compatriotas, niños y adultos, que están en peligro de muerte por no tener acceso a su tratamiento médico. Cuento mi relato especialmente para los cortos de memoria, porque así debería ser el servicio médico que recibes, es lo normal, es tu derecho. ¡Que no se nos olvide! Venezuela no está desahuciada, quiero pensar que estamos todos por el mundo como locos intentando dar con el tratamiento más efectivo.