En tiempos de Perón, el eslogan más utilizado por sus seguidores era “Puto o ladrón, queremos a Perón”. No importaba en absoluto cuál fuera su compromiso ético con la sociedad, ni cuál fuera su trayectoria como hombre público. Por supuesto, eso derivó en altos niveles de corrupción en Argentina, que han desembocado, en estos días, en un curioso incidente, destapado por el diario La Nación, de Buenos Aires, con ocho cuadernos llenos de notas sobre una de las tantas aristas de la corrupción en tiempos de Néstor y Cristina Kirchner. Se trata de la bitácora de Oscar Centeno, quien fuera el chofer de Roberto Baratta, ex viceministro de coordinación del Ministerio de Planificación de Argentina, y el hombre de confianza de Julio de Vido, ministro de Planificación de Cristina Kirchner.

En los cuadernos en cuestión, Centeno anotaba minuciosamente a dónde iba cada día con su jefe, a qué hora, a qué empresarios visitaba, cómo en esas visitas recibía maletines repletos de dólares en efectivo (que a veces alcanzaban a más de 2 millones de dólares), y cómo esos maletines llenos de dinero eran entregados en el departamento de los Kirchner en Recoleta, en la quinta presidencial, o en las oficinas de la jefatura del gabinete. Es como si Antonini Wilson hubiera llevado un registro de las veces que viajó a Buenos Aires, por encargo de Hugo Chávez, indicando cuánto dinero llevaba en sus famosos maletines, y a quién se los entregaba. Es como si a Alejandro Andrade (ex guardaespaldas de Chávez y luego tesorero de la nación), o a Claudia Díaz (primero enfermera de Chávez y luego, también, tesorera de la nación), les hubieran encontrado una libreta con los depósitos y los números de cuentas bancarias en Suiza y en Andorra.

Pero, tal vez a diferencia de sus homónimos tropicales, los pillastres de río de La Plata no querían depósitos en el extranjero, que siempre dejan huella. Ellos querían dólares en efectivo, y eso es lo que obtenían a manos llenas. De allí que la famosa bóveda blindada de los Kirchner, en su casa en El Calafate, no estuviera diseñada para protegerlos de un supuesto ataque nuclear, sino para guardar dinero en abundancia. La existencia de esa bóveda fue confirmada por el arquitecto de los Kirchner (por lo que, en adelante, también habrá que tener cuidado con los arquitectos), y los planos de la misma han sido ampliamente difundidos por los medios de comunicación social.

Richard Nixon es el responsable directo de grabar sus conversaciones sobre el escándalo de Watergate, y pagó por esa torpeza. Pero aquí se trata de bandidos cazados por la evidencia recogida por sus cómplices menores; después de todo, Centeno también llevaba una tajada de las comisiones ilegales que cobraban sus jefes. Pero, a pesar de eso, el hecho central no es que una banda de delincuentes haya sido cogida por la traición de sus iguales, sino el error de asumir que sus subordinados están en la obligación de guardar silencio; lo cierto es que alguien que se veía deslumbrado por la danza de maletines con fajos de dólares, no tenía que aceptarlo como un hecho normal en democracia, ni tenía que guardar fidelidad al capo del pueblo.

Son tiempos difíciles, incluso para la clase mafiosa que se ha enquistado en el poder. Definitivamente, ya no se puede confiar en nadie. ¡Ni siquiera en un chofer de toda la vida! Algunos han creído que la solución está en que el alto funcionario público sea tonto y analfabeto, que es de lo que tenemos a montones; pero el problema es que, mientras los jefes de gobierno, ministros o presidentes de alguna empresa del Estado, reúnen con creces esas condiciones, sus choferes o secretarias saben leer y escribir, y saben sacar cuentas. Así, ningún sinvergüenza puede dormir tranquilo pues, al final, siempre será descubierto.