China es un país complejo y no exento de polémicas. Sin lugar a dudas, todavía quedan muchas tareas pendientes en la libreta del gigante asiático para alcanzar una libertad plena y una sociedad abierta. Sin embargo, días atrás, en ocasión a la celebración de un taller de formación en el área económica al que asistieron funcionarios del gobierno venezolano, la sabiduría milenaria de los chinos se puso de manifiesto.

En concreto –y transmitido por Venezolana de Televisión– el actual ministro para la agricultura productiva y tierras, Wilmar Castro Soteldo, le preguntó a los especialistas chinos cuáles han sido los mecanismos de control que ha empleado el gobierno asiático para garantizar la eficiencia y la productividad de los agentes económicos a los fines de garantizar el desarrollo. Para sorpresa de cualquier estatista y creyente de la planificación centralizada, los especialistas respondieron tres elementos relevantes: (i) 90% de las empresas en China son privadas; (ii) el gobierno no puede controlar directamente las empresas; (iii) el gobierno puede implementar un sistema de incentivos a las corporaciones para que estas desarrollen determinadas tareas con base en un determinado programa de políticas públicas.

No hay que ser un genio para darse cuenta de que el gobierno venezolano, cada vez de forma más acentuada, no ha hecho sino ir en la ruta contraria de los principios expuestos por los mentores chinos. Cada vez que puede y quiere, el gobierno toma una empresa. Estatizaciones y expoliaciones por doquier. Cada vez que tiene oportunidad, la administración dicta una nueva regulación dirigida a controlar más la economía. Lejos de fomentar condiciones de inversión, las destruye. No hay ambiente propicio para el respeto a la propiedad privada, el cumplimiento de la ley, la seguridad jurídica, la repatriación de capitales. La lista de carencias es bastante larga y notoria.

Irónicamente, hay sectores del chavismo que plantean que el gobierno por la vía de los hechos no controla realmente a las empresas sino que, por el contrario, los controles no van más allá de una publicación en Gaceta Oficial en el mejor de los casos. Quienes afirman esta premisa difícilmente se habrán pasado por la cartelera de cualquier compañía medianamente operativa o sus estados financieros. Y quienes subsisten al margen del marco regulatorio siempre –y remarquemos el siempre– corren el riesgo de ser atropellados por el poder omnímodo del Estado. Sin debido proceso ni derecho a la defensa, incluso los empresarios pueden ser expuestos al escarnio en una carroza, cual práctica medieval irracional.

La realidad es que el gobierno no ha parado de incentivar su control sobre la economía. En la vía de los hechos y a través de su retórica. Es un hecho incontrovertible. No creen en la libertad económica ni en la dinámica de una economía de mercado libre. Su andamiaje ideológico no les permite pensar en algo distinto que no sea el control del Estado.

Tómese por ejemplo el caso del control cambiario. Se “deroga” el Decreto-Ley del Régimen Cambiario y sus Ilícitos, se reforma el Convenio Cambiario No. 1 garantizando la “libre convertibilidad” de la moneda. Sin embargo la propaganda oficial habla de perseguir la “tasa criminal” del mercado paralelo. Si la ley permite la libre convertibilidad, entonces no hay tasas criminales. Las personas pueden libremente pactar una operación de cambio al precio que quieran. Si persigues o cuestionas un tipo de cambio, sea cual sea, ya no tienes libre convertibilidad. Y este ejemplo puede extrapolarse a otros sectores de la economía.

El mismo Castro Soteldo, cuyas preguntas dieron pie a esta reflexión, señaló que el Petro es una divisa “que no tendrá escasez”. Cualquier estudiante básico de economía sabrá que precisamente los bienes sujetos a intercambio son escasos, y si ya el petro era polémico y gris, el anuncio de que será un bien “infinito” solo augura una buena tajada de inflación para el activo digital. Pésimo augurio.

Muy a nuestro pesar, creemos que difícilmente los funcionarios del gobierno escucharán los consejos de sus aliados chinos, por lo que Venezuela seguirá su ruta estatista el tiempo que el socialismo del siglo XXI y sus representantes continúen en el poder. No decimos esto en son de burla. Al contrario. Nos preocupa la situación del país y esta vez estamos de acuerdo con las verdades chinas: más propiedad privada y menos control estatal. Eso es lo que necesita el país. Entre tantas otras cosas.