Si Venezuela logra expulsar el socialismo del siglo XXI del gobierno, sin episodios de guerra abierta, con una oposición desarmada, estará creando un precedente histórico, cual sería derrotar al comunismo en el poder, dueño de la riqueza del país, de las Fuerzas Armadas, de los poderes distintos a la Asamblea Nacional y comandado por el régimen cubano.

El pasado venezolano está repleto de episodios de guerras, de conflictos que no permitían que Venezuela pudiese alcanzar la prosperidad que anhelaban sus ciudadanos. Entre los años 1830-1903, en Venezuela se contabilizaron 39 episodios de guerras. Luego vino el gomecismo que acabó con el poder disperso de los caudillos regionales para instalar una dictadura concentrada, dura, negadora de la libertad individual. En el año 1958, cuando termina la dictadura de Pérez Jiménez se había cumplido más de un siglo con militares gobernando el país con cortos lapsos de interrupciones de gobiernos civiles y democráticos. Por ello, cuando los venezolanos nos asomamos a nuestro pasado nos horrorizamos de la destrucción y del sometimiento de la población a implacables hombres armados, sin educación, sin valores, cuyo único objetivo era permanecer en el poder a cualquier precio.

Hoy tenemos la gran oportunidad de trascender, de condenar el pasado de violencia y de avanzar a un cambio comandado por la justicia, la razón y el espíritu democrático. Sería como repetir el episodio de José María Vargas contra Pedro Carujo, pero con distinto final, es decir, el predominio del hombre justo sobre el guerrero.

Las claves están puestas en la mesa, lo primero es aceptar que no somos un país libre, que Maduro es un tirano consular que representa los intereses de sus camaradas cubanos, no le importa Venezuela, ha destruido el país e impide que la gente reciba ayuda humanitaria para atender su hambre y sus enfermedades. Después de la Independencia, Venezuela vuelve a estar sometida al dominio de otro país, paradójicamente, un país más pobre que nosotros, con una revolución fracasada y una economía en ruinas. Esta dominación se manifiesta, entre otras, en el control de unas Fuerzas Armadas que no son bolivarianas, en el sometimiento del así llamado Alto Mando Militar, que ha actuado en contra el deber que le impone la Constitución, entregándose al dominio de un país extranjero.

Expulsar a los representante de la dictadura cubana, es una condición básica para terminar la usurpación del régimen madurista; para alcanzar este objetivo es imprescindible crear conciencia de la importancia de la consolidación de la unidad nacional. Hoy todas las encuestas informan que 90% de los venezolanos aspiramos a un cambio, esto significa que nueve de cada diez venezolanos quieren ese cambio; por lo tanto, esta aspiración se torna indetenible. Este consenso se ha logrado a pesar de las malas intenciones del G2 cubano, cuyo principal interés ha sido dividir la opinión de los venezolanos.

Nos recordaba Moisés Naím en un artículo reciente: “Los expertos cubanos saben que para ellos es vital que la oposición no se una. La infiltran, siembran calumnias, dispersan rumores, construyen falsos líderes. Las redes sociales, que sirven para congregar a los opositores, también son útiles para disgregarlos. La contrainteligencia posee agentes muy diestros en esas labores, trabajan incansablemente, cuentan con unidades especiales dedicadas a estos menesteres. Controlar a las sociedades es un arte nauseabundo que ellos conocen. Esa es la realidad que estamos viviendo; todos los días veo a gente criticando a la MUD y a los líderes de la oposición, algunos son pagados por el gobierno, por orden de los cubanos… mientras Raúl Castro nos sigue gobernando y robando”.

Otro peligro asoma, el intento de auto destrucción desde adentro de la oposición, no solo por la fracción guerrerista, sino por el reclamo airado de los que se creen portadores de la verdad absoluta y condenan a priori cualquiera manifestación ideológica que los contradiga. Los principios liberales luchan por un individuo responsable, respetando las ideas de otros, ejerciendo un liderazgo cuyo único norte es la libertad y la instalación del Estado de Derecho.

El cese de la usurpación es una gran batalla, no se decreta, tenemos que ganarla, con unidad, como dice Manuela Bolívar, “no desde el odio”. Tenemos que instalar la nueva democracia utilizando la fuerza que nos otorga ser toda Venezuela unida, y lo mejor sería ganar con los instrumentos que nos dan la paz y no la guerra.