Las políticas frentistas, es decir, aquellas en que grupos muy heterogéneos ideológicamente deben unirse para enfrentar un poderoso enemigo común, tan poderoso que nadie se siente capaz de derrotarlo sin el concurso de los otros, son por naturaleza incómodas para todos los aliados, propicias a zancadillas y vilezas y al terminar su tarea suelen generar feroces enfrentamientos entre ellos. Y sin embargo subsisten por una necesidad imperiosa que los ata.

Quizás el más famoso de esos raros animales de la historia, al menos para nosotros, fue la unión de José Stalin, símbolo indeleble del dogmatismo y la violencia comunista con capitalistas de la talla de Churchill, todavía cabeza política del despiadado imperio colonizador británico y Franklin Roosevelt, lúcido conductor del emergente nuevo dueño del mundo y sus negocios, Estados Unidos, también denominado por muchos y hasta hoy como el imperialismo yanqui. Tal amalgama fue imprescindible para derrotar al nazismo que quería devorar el mundo, ponerlo a sus pies para pisotearlo. Fue una unión bendita porque lo lograron. Pero, como se sabe, en menos de lo que canta un gallo los aliados se convirtieron en enemigos a muerte, felizmente en una guerra que solo fue fría, pero que mantuvo el planeta durante casi medio siglo bajo el terror de las bombas nucleares y en mil y una querellas regionales. Hasta a esta apartada orilla llegaron ambas cosas. El presidente Medina legalizó el Partido Comunista Venezolano, para muchos conciudadanos bautizó al mismísimo Belcebú. Y después de la caída de Hitler la región se llenó de dictaduras atroces y movimientos revolucionarios armados.

Nosotros vivimos, buen año, mal año, una política frentista para derrocar la dictadura chavista y su epílogo madurista. Lo cual es a todas luces una posición correcta porque los hechos han demostrado que no había cáncer más terrible para aniquilar la salud, la vida misma, del país que ese engendro cívico-militar y que una oposición disgregada, envejecida y apabullada por los déspotas, no podía sino cohesionarse para evitar nada menos que eso, que feneciéramos como nación. Se podría hacer una historia de los altos y bajos, los pocos aciertos y los enormes errores, que hemos cometido en estos años para lograr ese vital cometido. Estos últimos tienen a menudo el esquema de anteponer los intereses particulares a los objetivos del todo, de la unidad imprescindible.

Sin embargo, ha sido tal la fiereza destructiva del enemigo que a pesar de los pesares hemos lesionado ciertamente esa cohesión, pero también la hemos reconstruido. Quizás hoy más que nunca esté en su mejor forma, bajo la inesperada y casi milagrosa aparición de un líder hasta ahora magnífico que ha juntado a casi todo el mundo, partidos y pueblo. Salvo algunos detritus que reptan por las redes y María Corina, pero que siempre ha estado allí donde está y no le ha hecho nunca mal, lo que se dice mal, a nadie. Y el gobierno ha sufrido tal número de metástasis que nadie en su sano juicio apostaría ni una caja CLAP por su futuro… aunque dicen que los muertos pueden subsistir como zombis , fantasmas  o almas en pena.

Pero yo pienso que tampoco es sano olvidar por completo que somos en el fondo diferentes, deberíamos serlo. Y que por la norma antes citada vamos a mirarnos distintos cuando el monstruo de muchas cabezas las pierda todas. Y será bueno porque la Venezuela que nos va a quedar va a estar hecha jirones y, sobre todo, va a ser más desigual de lo que nunca lo ha sido, y vaya que lo ha sido, según dicen todos los economistas. Desigualdad extrema en un país de extrema pobreza indica extrema miseria, dolor y muerte se diría. Subsanar eso debería ser el norte de todos los nortes de nuestro renacer y seguro que serán muy polémicos los consensos al respecto, hay ideologías muy distintas sobre el tema, ojalá y me equivoque. Al respecto, Chile después de Pinochet es un buen ejemplo.

Esto lo digo para rumiar en casa. Por ahora, y hoy más que nunca, todas nuestras energías deben unirse para que no se nos deteriore todavía más el paciente en manos de la satrapía. Y mañana sea más dramática la cura, si hubiese cura.