La demostrada dificultad de alcanzar a corto plazo el tan ansiado cese de la usurpación que conduzca a la construcción de la  democracia en Venezuela, sin duda vinculado a la obtención de una fractura de la cúpula de la coalición gobernante y especialmente al distanciamiento de la alta jerarquía militar de esta, no se avizora, y en lo que respecta a la intervención militar extranjera, no  ha pasado de ser una carta más bien imaginaria. Estas desesperanzas colocan como principal opción -no única- la negociación, ninguneada por muchos dentro del abanico colocado sobre la mesa, por ser considerada lenta y poco confiable, en especial luego de los resultados de los fallidos intentos experimentados.

Es importante recalcar que la negociación se explora cuando se cierran otros caminos para alcanzar las soluciones esperadas, lo que hace de este mecanismo una ruta no exenta de escollos, mayores o menores dependiendo sobre todo de la voluntad y pericia de los actores. El fracaso de las conversaciones de Santo Domingo en 2017 representó, con razón, para la oposición venezolana la expresión más nítida de la indisposición del gobierno de Maduro de arriesgarse a ceder su control  del  poder. Pero si bien se salió de ese largo y penoso proceso sin ningún avance que permitiera una solución electoral democrática, no es menos cierto que el gobierno venezolano no salió incólume, ya que influyó en un posicionamiento internacional disminuido.

Fue un logro que capitalizó la oposición venezolana a través de la Asamblea Nacional cuando a partir de enero de 2019 fue reconocido como único poder legítimo y su presidente como presidente interino del país, al desconocerse el nuevo período presidencial de Maduro alcanzado en unas elecciones fraudulentas fabricadas sobre las cenizas del diálogo de Santo Domingo.

Sin duda, a partir de ese momento se internacionalizó aún más la crisis venezolana ya bastante extendida por el permanente aumento de una desesperada diáspora  que ha convertido también a los países vecinos en dolientes. Agreguemos como motivo de preocupación internacional el apoyo del gobierno venezolano a todo tipo de grupos irregulares y subversivos, sean estos  guerrilleros, terroristas  o  del crimen organizado.

Como es sabido, el ímpetu alcanzado por los sectores democráticos representados por la Asamblea Nacional y el presidente interino Juan Guaidó desde comienzos de año se debe al decidido apoyo de grandes mayorías nacionales que reconocen su liderazgo y, también, al empeño en primer lugar del gobierno de Trump en desalojar a Maduro del poder, al igual que el Grupo de Lima, la actuación de Almagro en la OEA, la Unión Europea, abocados a la solución del conflicto venezolano. Es más que conocido que la suerte del gobierno cubano está estrechamente ligada a la sobrevivencia del régimen de  Maduro, también el interés de  países de otros continentes como  Rusia, China, Irán, Turquía, antes ajenos a nuestro devenir, empeñados en defender a su despótico aliado.

Cada uno de estos países tiene distintas motivaciones tanto internas como  externas, por lo que sería una complicación indeseable que la solución del conflicto venezolano perdiera su especificidad y autonomía para convertirse en una pieza más del tablero global   

En evitar esa desviación a mi entender ayudarían los esfuerzos del Grupo de Contacto, básicamente un instrumento de la Unión Europea y la intervención de Noruega que han venido sumando voluntades para una negociación supervisada por muchos ojos del planeta, más allá de las señales de Maduro para hacer fracasar la confianza en ese dialogo posible, todo lo cual indica que es tarea prioritaria para la oposición jugar en varios escenarios para forzar a la tiranía a aceptar su derrota inevitable, dado el derrumbe total del país y el sufrimiento creciente de sus ciudadanos; y la posibilidad de preservar algún enclenque espacio futuro para su supervivencia política.