En los últimos veinte años, de manera vertiginosa y aterradora, Venezuela parece haberse transformado en un escenario real de la serie The Walking Dead con núcleo en América del Sur. Como en la trama, los venezolanos emigran a cualquier parte del mundo buscando un lugar seguro para trabajar y ser felices, en un intento desesperado por no convertirse en zombis, tal como les ha ocurrido a ciertas personalidades de diferentes esferas políticas, militares y sociales quienes, mordidos por la ambición y la falta de escrúpulos, se arrastran cuando el gobierno así lo indica.

Es humano sentirnos adoloridos, indignados, molestos y por momentos impotentes y tristes por esta amada Venezuela que, a pesar de nuestros esfuerzos, parece no salir de terapia intensiva. Lo que no podemos sentir es desesperanza.

La desesperanza es peligrosa. Acaba con la voluntad de luchar, vivir y ser feliz. Impide ver las soluciones y sumerge a quienes la experimentan en una tristeza oscura en la que proliferan pensamientos negativos, angustia y pérdida de interés. El individuo se paraliza, acepta la idea de que no tiene fuerzas para superar las adversidades y termina por renunciar a sus sueños. Multipliquemos ese individuo por millones y el resultado es fatal.

La desesperanza es el preámbulo de la depresión. Un pueblo en ese estado es fácil de someter y Venezuela no puede echarse a morir ni dejar de reconocer que el triunfo se alcanza por la sumatoria de pequeñas victorias.

Debemos seguir luchando para no transformarnos en muertos vivientes. Este año hemos enfrentado una estrategia mediática y psicológica fuerte. Debemos aprender a discernir entre la mentira que inventa el régimen y la verdad, para impedirles tener el control. Recordemos a Joseph Goebbels, ministro de Propaganda del régimen nazi: “… una mentira repetida mil veces se convierte en verdad”. Y eso es cierto, por eso la información hay que verificarla antes de difundirla a través de las redes.

No podemos pretender cambiar veinte años de apocalipsis en unos pocos días. Eso no es lógico y hay que asumirlo. Mucho menos podemos responsabilizar y destruir con críticas de ingratitud al único hombre que tuvo el valor de asumir el liderazgo de un país que navegaba sin esperanzas y sin norte. Juan Guaidó, salvando las diferencias, ha promovido a nivel nacional una campaña tan admirable como las que el Libertador Simón Bolívar lideraba. Nos ha unificado. No los comparo, pero sus objetivos son los mismos: rescatar la democracia que ha sido secuestrada y enseñarnos que la esperanza, como dice Guaidó, llegó para no morir.

El 30 de abril de 2019, Venezuela y el mundo madrugaron con una alegría efímera, desconcierto y esperanza. El Primero de Mayo se libró una batalla de sueños de paz contra la represión armada. Fue un día de luto. De nuevo heridos, detenidos, ciudadanos muertos y sin embargo, pacíficamente, salimos temerarios a las calles a luchar por la conquista de sueños libertarios. Venezuela, definitivamente, es un país de héroes. Ese día el mundo entero presenció cómo una multitudinaria y apoteósica concentración de un bravo pueblo se consolidó en un bloque único, arraigado a la tierra de un país herido.

El mapa de Venezuela cambió su forma por la del valiente y erguido león, custodio eterno de la ciudad de Caracas, que no dejará de rugir ni defender nuestros sueños de libertad. Podrán sustituir su escultura a la entrada de la autopista Valle-Coche, pero no destruirán lo que simboliza. Somos fuerza y unión. Estamos demostrando tenacidad y fe. Somos un pueblo que cree en sí mismo y que sabe lo que quiere. La democracia no se recupera por un acto de magia ni es labor fácil, pero estamos más cerca y como dice nuestro presidente interino: ¡Vamos bien!

En Venezuela estamos viviendo la última temporada de uno de los capítulos más dolorosos y difíciles de nuestra historia. Trabajando unidos, con constancia y de manera organizada, lograremos cambiar a los villanos de nuestra serie para, con un nuevo guionista, recuperar la democracia y las ganas de vivir.

Seremos de nuevo el país más feliz y próspero del mundo. No nos dejemos derrotar porque la vida no es este dolor que estamos viviendo. No olvidemos que el bien, al final, siempre triunfa sobre el mal… siempre.