Lo del apagón es realmente serio políticamente. No es descabellado pensar que esa desquiciante oscuridad es el preludio del amanecer democrático. Lo que han pasado los venezolanos, física y psíquicamente, durante estos días no es una perita almibarada; además del futuro que en ese ámbito y en todos los demás se anuncia –mi vecina se ha prometido no volver a tomar más nunca el ascensor, tras un sofoco, a pesar de sus setenta y tantos–, y en cuanto a la inoperatividad generalizada, la escasez y el desastre productivo y financiero no hay que ser un tuitero ocioso y sádico para vislumbrar la última paila del averno. A esto agréguele la muy lúcida y valiente actuación del autoproclamado, con su sola voz y un cuchillito de palo, batiéndose adecuadamente con la desgracia, lo que lo mantiene en el centro de los altares populares. Iba a preguntar ¿qué falta?, pero me vino la respuesta mecánicamente: los generalotes y a su vera los corruptos asustados por sus pecados y lo que el destino les deparará. Sí, claro, pero yo veo a los trisoleados muy achicopalados, medio escondidos, sigilosos, dejándoles la viril y patriótica represión a los policías bolivarianos y a los sicarios sin escrúpulos. Póngale al plato los diarios y cada vez más intensos asedios de los halcones de Trump, que sin duda son chicos de temer. Y detrás de ellos todo el mundo civilizado, con sus matices, hasta los complicados esposos Mujica, los uruguayos a los que se les enreda la lengua tan a menudo. Algo de razón tengo, pues; es más, seguramente peco de trivial y reiterativo, pero no importa.

La otra noche oía a Maduro, dura tarea, al que hay que escuchar psicoanalíticamente. Es decir, no creer lo que dice porque prácticamente todo es disfraz, escamoteo, mentiras, sino lo que no dice, lo que esconde, lo invertido, lo reprimido. Bueno, hubo una frase que me conmovió, aunque creo que dormitaba: advertía a los malditos opositores que se prepararan para el contragolpe inclemente de las fuerzas populares y armadas chavistas que volverían con una fuerza arrolladora que nadie detendría… algo así. Lo que implica un vacío: esa temible resaca vengadora implica una caída, un golpe, una derrota que se va a reparar. A mí me dice bastante, pero acepto que esas lecturas volanderas del inconsciente tienen bastante de ligereza intelectual. Dejémoslo aquí entre nos.

Pero hay reciente el informe de Barclay, uno de los bancos (inglés, por supuesto) más antiguos y extendidos del mundo, que lo dice con todas sus letras: vienen, ya, unos pocos meses espantosos económica y funcionalmente, y es difícil que el gobierno resista; y, si lo logra, van a moverse fuerzas internacionales demoledoras. Me lo tomo en serio, pero no sé si fetichizo mucho los siglos y los bombines.

El Estado americano ha recomendado a sus conciudadanos ni pisar esta tierra de gracia dados los peligros a que se exponen, algunos de los cuales son evidentemente políticos, de violencia política; además, claro, del astroso estado del país, dotado por cierto de muy bellas playas. También pueden ser vainas de los gringos para multiplicar tensiones y angustias. Quién quita.

Pero si juntamos detalles como estos con lo que todos sentimos a cada momento, de que somos una nave sin rumbo, en medio de la más atroz tormenta y gobernados por una banda de ineptos sin moral ni brújula alguna, no es insensato pensar o que estamos a punto de encontrar la salida de esta larga y terrible permanencia en el mar de los sargazos o podemos hundirnos en el más temible de sus torbellinos, el matarnos en cantidades los unos a los otros, incluso los de dentro y los de fuera, como tantas veces ha sucedido y sucede en la historia de la especie.

En el discurso de Guaidó se mezclan las referencias a la necesaria audacia, que por lo demás sus acciones han demostrado, para seguir adelante con un reiterado llamado a la prudencia, a la espera del momento justo, a las necesarias condiciones para la decisión adecuada. Ese equilibrio puede ser la fórmula que nos preserve como nación. Ni reposo ni temeridad, algo así.