Las estimaciones señalan que la venta de productos falsificados en el mundo sobrepasa los 450.000 millones de dólares al año. Equivale a una cifra entre 2,5% y 3% del comercio global. Más grave todavía es que se trata de un delito en crecimiento, que podría alcanzar entre 4% y 5% en el plazo de una década.

Uno de los fenómenos asociados a las industrias dedicadas a la falsificación, se refiere a escasa difusión que tienen sus consecuencias. Cuando se habla del tema, por lo general, se denuncia el impacto económico que tiene en las industrias que invierten en la creación de productos originales, pero se omiten otras consecuencias que es necesario destacar.

La creación de productos es el resultado de un complejo proceso que supone estudios de mercado, inversiones, contratación de talentos, ajustes y pruebas de calidad, diseño de los componentes, gastos significativos en mercadeo y publicidad. Las leyes que protegen la propiedad intelectual y la propiedad industrial no solo reivindican el valor de los circuitos económicos que hacen posible la existencia de estos productos, sino también el trabajo que realizan profesionales, por lo general muy especializados, para crear bienes innovadores, capaces de satisfacer las expectativas del mercado.

El que se afecte a empresas que invierten en innovación y desarrollo de productos, que ofrecen empleos de calidad y que pagan impuestos es, en sí mismo, grave. Pero las consecuencias son mucho más amplias. Veamos.

Las empresas que se dedican a la fabricación de productos piratas son, en su inmensa mayoría, ilegales y de conductas reprobables: no pagan impuestos, operan sin las mínimas condiciones sanitarias, explotan a sus trabajadores y no contribuyen al progreso económico. Cálculos de expertos señalan que los trabajadores de las industrias falsificadoras tienen salarios equivalentes a 20% de lo que ganan sus pares de las industrias legales.

Desde la perspectiva del consumidor, las consecuencias son igualmente malas. Los productos falsificados no tienen garantías de calidad. Por el contrario, se producen con muy bajos estándares: se deterioran, dejan de funcionar, no cumplen con las prestaciones del original, no tienen fecha de caducidad, los empaques no contienen ni instructivos ni la información que exigen las leyes. Se trata, en definitiva, de productos que circulan en el mercado mundial, sin responsables.

Los rubros que lideran las falsificaciones son los del vestido, el calzado y accesorios, especialmente carteras y cinturones. Pero esto es apenas la punta del iceberg, porque en realidad se falsifican teléfonos móviles, computadoras, equipos electrónicos de todo tipo, juguetes, videojuegos, películas, cámaras fotográficas, accesorios electrónicos, ropa deportiva, instrumentos para hacer deportes, libros, gafas de sol, joyería, cosméticos, productos de aseo personal, productos de aseo para el hogar, cosméticos, perfumes y, algo que debe considerarse de extrema gravedad, medicamentos.

El lector de este espacio no debe permanecer ajeno al peligro que significa que, ahora mismo, esté en acción una industria mundial de falsificación de medicamentos, que tiene a China y a India como sus principales centros de producción. La falsificación de medicamentos no se limita a que unos laboratorios roben las inversiones que han hecho otras empresas, y fabriquen productos semejantes. Esta es una variante de la cuestión. Otra es la de industrias ocultas que fabrican comprimidos, hechos con mezclas de harinas, por ejemplo, que no tienen ningún efecto terapéutico y que se presentan en empaques que imitan a la perfección a los originales. Existen casos documentados de personas que han adquirido medicamentos en mercados de Asia o América Latina que han matado a sus usuarios por intoxicación.

Además de los mencionados China e India, Turquía, Irán, Ucrania, Armenia, Marruecos e Indonesia son algunos de los países donde se concentra una parte considerable de la fabricación de falsificados. En Hong Kong, Singapur y Emiratos Árabes se cumple con otra etapa clave del negocio: empaquetado y distribución hacia los mercados del mundo. De acuerdo con la información que cada año suministran las autoridades norteamericanas en la llamada Notorius List, en el planeta hay aproximadamente 3.500 zonas francas, muchas de ellas asociadas a puertos cercanos, donde las mercancías falsificadas son adquiridas por pequeños comerciantes que, a su vez, se encargan de llevarlas hasta los mercados y tenderetes de calle, donde son adquiridas por el público. México, Argentina, Colombia, Ecuador y Paraguay son los países de América Latina donde el consumo de productos falsificados es porcentualmente más alto.

Otros dos aspectos de la producción de falsificados debo mencionar en este artículo. El primero, destacar la perfección alcanzada por algunas copias. Consultas hechas a especialistas de cuerpos policiales, por ejemplo, de perfumes o de teléfonos de última generación, hacen casi indiscernibles las posibles diferencias entre el original y la copia. En el caso de móviles y otros equipos electrónicos, solo abriéndolos y revisándolos internamente es posible verificar el engaño.

El otro factor determinante en este tema es el impacto que Internet ha tenido en el negocio de la falsificación. Las tiendas online imponen a los clientes aceptar una lógica exclusivamente visual: comprar siguiendo fotografías que están en pantalla. Esto facilita las cosas a los falsificadores. Hay que advertir, además, que ni siquiera las más grandes tiendas de ventas por Internet, como Amazon o Alibaba, garantizan siempre la distinción entre originales y falsificados.

Toda esta larga cadena de asuntos, cuyas implicaciones son económicas, fiscales, laborales, sociales y hasta para la salud de quienes adquieren medicamentos falsificados termina, finalmente, interrogando al consumidor. Cierto es que las diferencias de precios entre originales y falsificados es, a menudo, considerable. Pero nadie debe permanecer ajeno a lo que eso significa: cada vez que uno adquiere un producto falsificado está contribuyendo al mantenimiento activo de negocios ilegales, que explotan a sus trabajadores y que distribuyen en los mercados del mundo productos sin ninguna garantía.