“¡No tengo cómo mantenerlo y es mejor que los dos terminemos con esta vida!”: el drama de una mujer y su hijo de tres años de edad en la vivienda de una barriada mirandina refleja una vez más la crisis económica, política y social sin precedentes que atraviesa la nación y que ha empujado al pueblo más pobre a comer de la basura.

Causa fundamental de la situación del país –como ha advertido la Iglesia– es el empeño del régimen de imponer el socialismo, a pesar de que ese sistema ha salido con las tablas en la cabeza en todo el mundo, no sin antes dejar una estela de dolor y pobreza.

Pero ese socialismo, que no es humano, es para los más desposeídos, no para los jerarcas del régimen o los vampiros y las vampiras de la ANC (perdón por el irrespeto a la gramática), que sin pudor alguno exhiben sus redondeces mal habidas.

El usurpador se ha burlado de quienes comen de la basura con un comentario desafortunado, por lo ruin, cuando alguna vez dijo riendo en cadena nacional: “La dieta de Maduro te pone duro, sin necesidad de Viagra”.

Cada día se observan personas más famélicas debido a la caída en barrena del consumo de proteínas, que el venezolano, con su proverbial sentido del humor, atribuye con sorna a “la dieta de Maduro”.

Incluso hay una gaita que lleva ese nombre, cantada por Nelson Romero, y que constituye una respuesta popular que le sale al paso a una cultura de muerte expresada en el chiste soez y tonto del dictador: “No hay para desayunar /ni pa’ almorzar/ ni pa’ cenar/ pobrecita Venezuela/ que en el hueso va a quedar”.

La dichosa diete estuvo a punto de causar mayor tragedia en la humilde vivienda de La Matica de Los Teques, y es la que padecen en carne propia millones de personas que no tienen nada que comer. Ha ocasionado la muerte por no probar bocado en días a niños en la Alta Guajira, barriadas de Maracaibo y otras regiones del país. Los muchachos se desmayan de hambre en las escuelas.

“¡Nunca antes habíamos visto tantos hermanos nuestros hurgar en la basura en búsqueda de comida!”, expresó en enero de 2017 la Conferencia Episcopal Venezolana en su 107ª Asamblea al describir la realidad venezolana, con grave escasez de alimentos y medicinas, y “la alta desnutrición de los niños”.

Como entonces, la causa que genera esa situación avanza a manera de tenaza que se va cerrando, “con sus secuelas opresivas y destructoras” y amenaza con la hambruna, alertan los obispos.

El hambre en Venezuela crece en proporción geométrica, como se observa diariamente en los vertederos de basura en las ciudades y pueblos de todo el país, adonde acuden hasta mujeres con bebés en brazos.

Miguel, que semeja la encarnación de la crisis económica evidenciada en la grave escasez de alimentos, era una de las personas que en una suerte de hervidero buscaba algo que comer en la basura acumulada cerca de un establecimiento en el centro de Caracas.

Al final apuraron parte de una materia amarillenta y gelatinosa que encontraron y acordaron repartirse. Y había que “comer” rápido porque si por casualidad llegaba el camión del aseo urbano la oportunidad se esfumaba como un sueño.

“Esta cultura de muerte en la que estamos sumidos configura un estado de acciones y decisiones moralmente inaceptables que descalifica éticamente a quien lo provoca, mantiene o justifica”, ha observado la Iglesia.

Antes de la reciente entrada de ayuda humanitaria a través de la Cruz Roja, gracias a la presión internacional y el empeño del presidente interino Juan Guaidó, Maduro había rechazado esa asistencia.

En 2017, por ejemplo, desestimó un ofrecimiento de Brasil, que manifestó disposición de enviar medicamentos, con el argumento cínico, ¡oh, ironía!, de que el entonces presidente de ese país, Michel Temer, era un “gobernante de facto”.

Ahora se abre el camino para una salida electoral en la que se decida entre socialismo del siglo XXI –que no figura en la Constitución– y la necesidad de un cambio de modelo político, porque, como han dicho los estudiantes, es necesario conectar el dolor del hambre con la urgencia de comicios libres y transparentes.