El 18 de mayo, en su cuenta de Twitter, el politólogo John Magdaleno recomendaba la lectura o relectura, según el caso, de un artículo escrito por el también politólogo Javier Corrales el 15 de mayo. El artículo de Corrales, en The New York Times, se tituló “Venezuela have no choice but to vote” (“Venezuela no tiene otra opción que votar”).

Allí, Corrales daba respuestas a dos preguntas: 1) ¿Por qué votar si las reglas no son favorables? y 2) ¿Por qué votar por un candidato de oposición (Henri Falcón) cuyas credenciales democráticas son cuestionables?

Corrales respondió la primera creando un sustrato que le permitió apalancar la respuesta a la segunda. En la segunda, Corrales razonó que había dos posibilidades al votar por Falcón: o bien ganaba y las cosas cambiaban o igual ganaba y todo permanecía igual. Implícita en ambas respuestas estuvo la premisa de partida de Corrales: el CNE operaría imparcialmente. Dicha premisa le permitió iniciar un razonamiento que a simple vista parece válido, pero que no lo es: constituye una falacia y como tal es una debilidad argumental.

Posteriormente, en una entrevista que apareció en Noticiero Digital el pasado 27 de mayo, Magdaleno afirmó que toda la oposición cometió, en la farsa electoral del domingo 20 de mayo, un “suicidio político colectivo”, rematando que ni las sanciones ni la presión internacional ni la abstención son caminos “expeditos” hacia la transición democrática en Venezuela.

Finalmente, el 28 de mayo y en apoyo a su punto de vista, Magdaleno recomendaba la lectura de un trabajo de Matthew Frankel, titulado “Threaten but Participate: Why Election Boycotts Are a Bad Idea” publicado en el Nº 19 de noviembre de 2010 de la serie Policy Papers de la Institución Brookings, un centro de investigación (think tank) sin fines de lucro ubicado en Washington DC.

A estas alturas del artículo le aclaro al lector que mi objetivo es suministrarle más elementos que le permitan contrastar la conclusión de Magdaleno, la cual cito de nuevo: “La oposición se suicidó en modo colectivo”. En consecuencia, me colocaré en el mismo campo argumental que Magdaleno y citaré no una ni dos, sino tres referencias que pueden ser ubicadas fácilmente en Internet y que enriquecerán, sin duda, el punto de vista del lector.

El primero es el trabajo de Ian Oliver Smith, titulado “Election Boycotts and Regime Survival” (Georgia State University, 2009). Smith califica las abstenciones en menores y mayores. En cuanto a las abstenciones mayores, sus hallazgos apuntan a que, efectivamente, son estrategias políticas útiles para sacar del poder al régimen gobernante. En palabras de Smith: “Los efectos a corto plazo sobre la rotación electoral indican claramente que la abstención significa sacrificar la posibilidad de un cambio de régimen en el presente para una mayor posibilidad de cambio en el futuro”.

El párrafo final con el que Ian Smith concluye su trabajo es: “El boicot también puede ser una razón para una mayor probabilidad de cambio de gobierno, electoralmente hablando, en el futuro, ya que finalizado el evento electoral en el que preserva el poder, el régimen encuentra que el proceso electoral es un medio seguro para legitimarse y lo sobreestima, abriéndose así al fracaso cuando la oposición decida no abstenerse y participar en futuras elecciones”.

El segundo trabajo es el de Roger Valhammer, titulado “Is Boycott the Best Way to Participate?” (Universidad de Bergen, Noruega, 2011), que constituye un estudio de los efectos democratizadores de los boicots electorales ocurridos en el mundo árabe entre 1990 y 2010. Valhammer cita el trabajo ya mencionado de Matthew Frankel y concluye de manera opuesta a Frankel: las abstenciones mayores pueden tener efectos democratizantes.

Finalmente está el tercer trabajo, el de Emily Ann Beaulieu y que constituyó su disertación para obtener su título de PhD en la Universidad de California, San Diego, en el año 2006, titulado “Protesting the Contest: Election Boycotts around the World, 1990-2002“.

Por razones de espacio, citaré el párrafo final con que Beaulieu concluye su tesis doctoral: “Lo que esta disertación ha demostrado es que en la era de democratización posguerra fría, los boicots son una de las principales técnicas empleadas por las oposiciones en su búsqueda de un mejor entorno electoral. Los boicots son los dolores de parto de la democracia y los actores internacionales son cada vez más las parteras”.

Entonces, ¿se suicidó política y colectivamente la oposición?

Ahora sí y con más evidencias sobre la mesa, corresponde a cada lector sacar su conclusión. Con todo, lo que sí es cierto es que el pasado 20 de mayo y en Venezuela la historia contabiliza un único y patético suicidio: el de Henri Falcón.

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