“Entonces se vengará la verdad”

Carl Schmitt

Una oscilación pendular definiría bien la postura de los venezolanos de a pie. Se levantan en la mañana haciéndose dos preguntas, la una, ¿soportaré este diario sufrimiento, sin comida, sin agua y sin servicio eléctrico, sin medicinas, sin asistencia médica, sin transporte, sin futuro? Y de regreso a casa, apuraditos porque se hace de noche y circularla es peligroso, arribando jadeantes y sudorosos, se formulan la siguiente interrogante: ¿Me voy o me quedo?

No exagero un ápice si advierto que la gran mayoría de los compatriotas de todas las clases sociales, mujeres y jóvenes a la cabeza encaran ese dilema existencial y, cabe acotar que las respuestas parecen explicarse, en la continuidad de ese peregrinaje doloroso, temerario y vergonzante para el país, que mira silente e impotente cómo la inmigración sigue y, cual moda compulsiva, sigue empujando a los habitantes del otrora paradisíaco enclave, a intentar una aventura porque permanecer no es seguro, prudente, ni inteligente.

El Estado no es creíble, ni confiable, ni aceptable. El Estado chavista, y acá recuerdo a Alberto Adriani que se refería al Estado gomecista, está fallido, quebrado, inoperativo, precario, incapaz de asegurar las prestaciones que les son propias, y Maduro suma a su ilegitimidad de origen, la ilegitimidad de desempeño.

Sin proporcionar salud ni educación de una mínima calidad. La justicia tarifada política y financieramente apesta y, ni hablar de las instituciones llamadas a cuidar al ciudadano, Fuerza Armada y policía, enajenadas y corruptas. Baste leer un muy buen artículo de Ibsen Martínez publicado en El País de España que desnuda la amplitud de la traición de los uniformados que otrora se jactaban de ser Ejército forjador de libertades y hoy, apenas dan para considerarlos guardia pretoriana de la camarilla criminal que nos sojuzga.

Paralelamente, vemos regarse y exponerse al gentilicio por doquier; algunos que eran malos por aquí, llevan, porque se fueron también, sus afanes antisociales para donde van y así tomamos mala fama en Panamá, Perú, Ecuador y Colombia, países que se han portado bien con nosotros quizá, porque recuerdan que antes nos portamos bien con ellos. Sea por lo que sea, se nos mira con ojeriza y se nos rechaza a menudo. Corremos pues la suerte del inmigrante malquerido que arriba para traer además en las alforjas su desarraigo pesado y triste.

No es ocioso constatar cómo se marchan los hijos, hermanos, sobrinos, primos, tíos, amigos y pare de contar. Familias enteras quedan desmembradas, desarticuladas, segregadas, marginadas y se escurre entonces lo que como nación hemos sido y en lo interno, en lo que aún permanece, una brecha honda se esculpe, distinguiendo unos de otros y poniendo en jaque lo que hemos antes evocado y es como dijo Renan, “una nación es sobretodo, un querer vivir juntos”.

Pareciera, entonces, que una especie de disolución se nos va escurriendo, como agua entre los dedos, en todas las direcciones y, no solo es la estampida que nos aleja de la patria a lo que me refiero sino a la barrera que se edifica entre elementos sociales e institucionales de dificilísima superación, como esa que hoy nos decanta, diferentes, distintos a los venezolanos civiles y militares o a los dignatarios gubernamentales y a los conciudadanos antes de clase media, profesores, médicos, ingenieros, economistas y demás profesionales que saben y experimentan a diario un bajón en su estima y, la imposibilidad absoluta de lograr por su trabajo y dedicación, una oportunidad de movilidad social y progreso. Una corriente de rencor nos enfrenta y ello no puede negarse aunque sí debería superarse.

Lo alegado que se diría es compartido por una clara mayoría de nuestra sociedad, trae consigo unas conclusiones; de entrada se deduce que debe, con auténtica urgencia lograrse, por cualquier vía, cambiar las cosas y ello incluye primeramente a la clase política gobernante. Nada puede hacerse, seamos sinceros, con Maduro, Cabello, Padrino, Delcy, Jorge y otros miembros de la corte del despropósito, la incompetencia y el cinismo irresponsable. No son calificativos de los opositores sino maneras de apreciarlos y a sus conductas, y sin hipérbole por cierto.

Concomitantemente hay que dejar claro que son dos opciones las que se oponen: continuidad con Maduro o revisión, revolución, transformación de lo que hay, siendo, es evidente, su fracaso, y discutirlo es una manera de alargarlo y nada más.

Precisamente sobre eso queríamos apuntar algunas ideas, en un debate que como la llovizna se adelanta, con ayuda de algunos medios y con la actuación que imagino sincera en unos y calculada en otros promotores de una transición con Maduro en el poder o peor aún, un diálogo para coexistir con él hasta que haya chance de un referéndum revocatorio o se cumpla el período de Maduro y haya elecciones. Más o menos lo que tenemos para, más adelante, ver como seguimos, como en aquella novela tan nefasta, Por estas calles, en que un personaje, Eudomar Santos nos ilustraba: “Como vaya viniendo, vamos viendo”.

Casualmente sus mentores, digo, los que vienen apareciendo en medios orquestados, arguyen que Maduro es legítimo (sic) y legal su elección del 20 de mayo pasado, porque aquello de la asamblea nacional constituyente, electa contra la Constitución y la ley electoral, con fraude confeso; los magistrados exprés que han maculado el historial de la justicia y contaminado la institucionalidad, el alienado e inmoral Ministerio Público y el aquelarre del CNE, en clara complicidad, lo han sostenido y es una “verdad” para seguir, asumir y asimilar en provecho de una paz inexistente y sabiendo cuánta amargura padecen insoportablemente las mayorías y, especialmente, aquellas de los sectores mas depauperados y abatidos de espíritu.

Algunos son osados como para sostener que Maduro, negociaría una transición y tal vez con él mismo al frente de los asuntos públicos y que dialogar, con ese objetivo, es menester porque ni Guaidó tiene la fuerza ni los militares aceptarían otro camino que continuar respaldando al chavismo.

Se citan otras experiencias traídas de escenarios distantes y de otros tiempos, para apuntalar la tesis de convertir la debilidad en una disposición a convivir con el poder, hasta que se produzca el cambio. Al respecto diré, que no veo en los casos citados similitudes mayores como para trasplantar en el modelo de simulación, una situación próxima y calcarla aquí.

Pero además, sostengo que Maduro es de otro talante y que lejos de perecérseme a Pinochet o a Jaruzelki, y los procesos de esos países a Venezuela, cabe agregar que lo de acá no tiene parangón, no tiene comparación y no estimo eso posible y menos aún recomendable.

Maduro se me parece más al presidente sirio, Bashar Al-Assad que llega como Maduro al poder en los hombros de otro partido que se denominó socialista y no ha tenido empacho en destruir uno de los países prósperos de la zona, anclar en su interior a varias potencias extranjeras y dejar en el camino medio millón de muertos y, como dicen en el barrio, el rancho ardiendo.

Coincido con los que piensan que no tenemos resuelto el asunto y no veo claro cómo desde el exterior, con los solos agentes exógenos, recuperar nuestra soberanía, hoy arrendada a cubanos, rusos, iraníes y chinos y no me convencen con eso de salir de la pesadilla durmiendo con el enemigo.

El extraño y avieso, inasible y complejo ser humano, da para todo, incluso para legitimar el síndrome de Estocolmo, como medida pragmática para superar el secuestro. ¡No lo creo!

Yo, en mi modesta manera de ver las cosas, pienso que resistir, insistir, persistir es aún lo que hay que hacer.

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