El país se encuentra sumido en un gravísimo contexto de caos, colapso y crisis, producido por el modelo destructivo que el régimen implementa para mantenerse en el poder. Esta situación se ha deteriorado de manera pronunciada en la medida que el gobierno, al perder el apoyo popular, ha clausurado vías de expresión democráticas, forzado sistemas de control social sobre la población y criminalizado las distintas expresiones de rechazo y protesta de los diversos sectores sociales.

El régimen se mantiene en un estado de inestabilidad y conflictividad pronunciadas. Para continuar en el poder, ya no le basta con desconocer o culpabilizar a otros de la tragedia que vivimos. Tampoco el implementar medidas cosméticas o generar la ilusión de alivio, por medio de propaganda, a las terribles situaciones que ha producido. Debe escalar la censura (arremetiendo contra medios y periodistas, como en el caso de la suspensión del programa de Alonso Moleiro), aumentar actos represivos e intensificar la opresión a niveles que, en estos momentos, están siendo prácticamente totalitarios.

En días recientes hemos visto esto en sus diferentes formas: los bomberos merideños que, al publicar un video en el que muestran la precariedad de sus condiciones de trabajo y se burlan tangencialmente del presidente, son detenidos. Los soldados en la frontera con Colombia, que de igual forma suben a la red imágenes de las terribles condiciones en las que se encuentran, usando también el humor para cuestionar su situación, y por las que son apresados.

Sin duda, el hecho que ha evidenciado esto de la manera más brutal y grotesca ha sido el asesinato de Fernando Albán. El Estado mantiene la versión oficial de suicidio, a pesar del repudio y desconfianza generales. El régimen busca imponerla por sobre la evidente detención ilegal, los fraudulentos cargos de magnicidio y las turbias condiciones de la muerte de Fernando en la sede del Sebin. De esta forma, fuerza sobre los venezolanos no solo su visión, sino también una serie de antivalores que violentan los más básicos principios convivenciales.

Esto es así porque para el régimen ya no es suficiente con ejercer una hegemonía de discurso. Debe lograr el quiebre definitivo sobre las personas, para que terminen aceptando como propio el modelo y se vuelvan parte de él. No es posible el rechazo o incluso el desentendimiento, porque las opciones que plantea son o el asimilarse al modelo o el ser anulado por él, moral y físicamente.

Esta terrible situación pone en juego la existencia de condiciones de vida cívicas y humanas, así como la integridad básica del carácter de los venezolanos. Expresa el objetivo, desde el Estado, de imponer una visión violenta, destructiva y empobrecedora, de miedo, irrespeto a la vida y desconocimiento del otro.

Nos encontramos en un momento en el que la imposibilidad de aceptar este estado de cosas es una necesidad prioritaria y vital de todos. En el que debemos apelar a valores de solidaridad, reconocimiento, vinculación y encuentro para preservar nuestra vida y la de los otros. Pero también estos valores deben ser herramientas de lucha y cambio que nos permitan superar esta terrible coyuntura que el régimen quiere normalizar y extender en el tiempo.

Desde nuestra experiencia propia en la generación de acciones sociales y políticas para enfrentar problemas tan amplios y complejos como la crisis alimentaria o la violencia, hemos insistido en esta visión de lucha y cambio desde la articulación de distintos sectores y el desarrollo individual sobre las bases convivenciales.

Los casos que hemos nombrado en estas líneas ejemplifican la nueva etapa del proyecto de dominación dictatorial, pero también muestran la importancia de los esfuerzos individuales y colectivos para enfrentarla. Los videos de bomberos y soldados se hacen públicos utilizando la burla como forma de protesta, por sobre las presiones y el peligro que representan para los funcionares públicos que los realizan. El rechazo y la condena populares al crimen de Fernando Albán se mantiene y representa una fuerza de contención contra la campaña, vil y ubicua, del régimen.

Esta nueva etapa está signada por la intención del régimen no solo de doblegarnos, sino de asimilarnos a su modelo destructivo. Podemos impedirlo. No seremos anulados y nos sobrepondremos a ello desde nuestro reconocimiento de que podemos ser agentes de cambio, desde nuestro valor para no sucumbir ante el miedo y la anomia, desde nuestro compromiso y acción por los valores humanos que en verdad nos definen y nos elevan.

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