Septiembre significa mes séptimo y, sin embargo, es noveno en el almanaque vigente. Era el número 7 en el romano, pues, marzo era el mes inicial. El calendario juliano, primero, y el gregoriano con sus maníacas precisiones, después, pusieron orden en los días, no en los meses y, aunque septiembre, octubre, noviembre y diciembre ya no ocupaban los lugares implícitos en su denominación, continuaron designándose como en época de Rómulo y tiempos de Numa Pompilio ―no así quintilis y sixtilis, bautizados julio y agosto en honor a César y a Augusto―. El papa Gregorio XIII no se ocupó del asunto: su reforma se centró en corregir inexactos cómputos astronómicos, y los desfases de las celebraciones religiosas de ellos derivados. Setiembre, esta grafía sin la “p” también es válida, es el mes de regreso a clases del arranque, ayer, hoy o mañana, del otoño en el hemisferio norte y de la primavera en el sur. Coincidiendo con el equinoccio, el 21, se celebra el Día Internacional de la Paz ―«En Venezuela habrá paz pese a las locuras de Trump y Bolsonaro» afirmó el fraudulento inquilino de Miraflores; le faltó agregar: la paz de los sepulcros y la tranquilidad de las mazmorras―, y, ¿mera casualidad?, se inician en Nueva York las sesiones de la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas. Un buen número de mandatarios ―presidentes democráticos, tiranos impuestos por voluntad militar y reyezuelos coronados por la gracia de Dios o de Alá―, cancilleres y diplomáticos, provenientes de todo el mundo, viajan a Nueva York con la excusa de debatir temas de importancia capital para la supervivencia de la humanidad y la preservación del planeta ―la septuagésima cuarta, ya instalada bajo la presidencia del nigeriano Tijjani Muhammad-Bande, lloverá sobre mojado e insistirá en la búsqueda de consensos y fórmulas a objeto de erradicar la pobreza, asegurar una educación de calidad y garantizar la inclusión―; pero, ya se sabe: el camino del infierno está empedrado de buenas intenciones y, a la hora de la verdad, cada dignatario toma la palabra en la máxima cumbre internacional a fin de arrimar la brasa a su sardina y defender intereses nacionales. Quizás por ello, el inventario de excentricidades y payasadas protagonizadas por jefes de Estado en el foro multilateral podría llenar un libro tan gordo como el de Petete.

De acuerdo con el reglamento de la plenaria, las intervenciones de los oradores no deben exceder los 15 minutos; no obstante, el 26 de setiembre de 1960, un muy glamoroso, barbudo y uniformado Fidel Castro se pasó el protocolo por donde no debía. Prometió brevedad, pero no pudo contener su verborragia y habló durante 4 horas y media. En esa oportunidad, el camarada Nikita Jruschov, entonces se decía Kruschev, reclamó la atención del pleno propinando unos cuantos zapatazos a la mesa. En 1973, el estrafalario déspota ugandés Idi Amin Dada metió la pata hasta el no va más cuando, queriendo congraciarse con Edward Heath, afirmó: «El primer ministro británico es como Hitler, o sea Churchill». En 2006, Chávez la puso en grande al presentarse en plan de exorcista y conjurar, con un destemplado vade retro, la mala vibra dejada en el recinto por la comparecencia de George Bush ―«¡Ayer el diablo estuvo aquí! ¡Este lugar huele a azufre!»―. En 2009, el depuesto y ejecutado «perro rabioso del Oriente Medio», Muammar Gadafi, se fue de la lengua a lo largo de 75 minutos con inusitada velocidad, clamando, entre otros despropósitos, por una mudanza de la organización a otro país: su intérprete tiró la tolla y después de proferir un angustioso «no puedo soportarlo más», se desmayó para asombro y alarma del auditorio. En esa misma ronda de debates, a fin de competir con el dictador libio, el redentor de Sabaneta redondeó otra monumental torta, actuando en plan de cantante improvisado y guitarrista virtual. Y paremos de contar: larga es la lista de disparates y disparateros.

Debería ser el mes de la paz y la convivencia, mas es recordado por lo contrario. El primer día de setiembre de 1939, tropas de la Alemania Nazi (Wehrmacht) cruzaron la frontera con Polonia y comenzó la Segunda Guerra Mundial. Curiosamente, la devastadora conflagración concluyó definitivamente el segundo día del mismo mes, pero en 1945, con la rendición formal de Japón. En el marco del conflicto, la noche del 11 al 12 de setiembre de 1944, la Royal Air Force británica bombardeó y destruyó la ciudad germana de Darmstadt, con saldo de 12.000 muertos, civiles en su mayoría. Revenge is a dish best served cold, habría musitado Sir Winston Churchill. En 1973, otro 11 del fatídico mes, militares chilenos ordenan atacar La Moneda. Allende es derrocado y se suicida. Comienza el férreo gorilato de Augusto Pinochet. En fecha similar del año uno del siglo XXI, ocurrieron, en territorio norteamericano, 4 atentados suicidas perpetrados por Al Qaeda, cuyo referente en el imaginario colectivo del terrorismo lo constituyen las Torres Gemelas en llamas del siniestrado World Trade Center neoyorkino.

Septiembre Negro se llamó, y no por azar, una facción de la OLP responsable del secuestro y asesinato de 11 atletas israelís durante los juegos olímpicos de Múnich (setiembre de1972) ―el nombre de la organización terrorista fue pretendido homenaje a los palestinos fallecidos y detenidos en Jordania a consecuencia de la ley marcial promulgada por el rey Hussein I el 6 de setiembre de 1970―. Titulamos estas líneas con tal apelativo porque, guardando distancias, y obviando circunstancias, no es, en el mes en curso, nada luminosa la situación política del país. La cúpula milicivil corre la arruga e intenta ganar tiempo, como de costumbre, mediante el enganche a su tren de iniquidades de una destartalada vagoneta fúnebre con los insepultos cadáveres de políticos caducados —minioposición a la oposición—, y una mano de aparente legitimidad a un tramposo y extemporáneo proceso electoral, diseñado a fin de oxigenar a un enfermo terminal. Destaca en la célula colaboracionista, un excandidato presidencial a quien José Ignacio Cabrujas imaginó como «una teoría, un sustituto del azúcar, un apotegma viviente y demostrable, aunque no demasiado tangible» ―me niego a enmierdar estas líneas con su nombre―. Convertido en vocero de esa oposición oficialista y aquiescente, presta a saciar sus apetitos burocráticos en un gobierno de transición a la manera roja, sin importarle un carajo su reputación (en su código de ética lo único inmoral, digámoslo cursilonamente, es no lamer las mieles del poder) y, por eso, se prostituye reconociendo a la írrita asamblea prostituyente ―«oposición obscena», a juico editorial de El Nacional; los epítetos sinvergüenza, oportunista y fementida, ganados sin mucho esfuerzo, bien la visten a mi entender― , el incombustible avatar de Pero Grullo alegó, con pétrea carátula y la mar de orondo, mondo, redondo y lirondo: «El país merece una oportunidad»… Él también, supongo.

Agotada en Barbados la paciencia del gobierno interino, los operadores políticos del régimen falsario sacaron de su chistera repleta de trucos y engañifas el infame pacto o parto, ¿de los montes? Anunciado con alborozo, trompetas y tamborones desde la Casa Amarilla, fue rechazado de plano por la comunidad democrática internacional. La ignominiosa componenda es un nuevo obstáculo en la ruta trazada por Juan Guaidó y el único poder legítimo del país, la Asamblea Nacional, y arroja dudas sobre la posibilidad de consumar en el corto plazo el cese de la usurpación. Y si el futuro inmediato no concita optimismo en la resistencia, menos alegrías depara a Nicolás Maduro. Este no asistió al jamboree anual de la ONU por temor a ser derrocado in absentia. El presidente del Parlamento y provisionalmente de la República, en cambio, enviará una delegación a objeto de fortalecer los lazos con los más de 50 países que reconocen la constitucionalidad de su mandato y, por ello, repudian la imperdonable y cobarde traición al soberano cometida por 4 gatos de ruinoso pelambre y desgastadas pezuñas, jamás opositores reales a Maduro, pero sí torpederos eficientes de la gestión Guaidó ―se les espera en la bajadita―. Por envidia mal disimulada. El joven parlamentario guaireño, con todo y sus desaciertos, ha cosechado mayores y más resonantes éxitos en 9 meses de emergente liderazgo que ellos en todas sus vidas. ¡Miau!

 

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