En la década de los años cincuenta del siglo XX llegó a Venezuela, en uno de los tantos barcos que zarpaban de Vigo, con rumbo a esta tierra de gracia, el señor José González Espiñeira. Junto a él iban en la nave otros cientos de españoles, que buscaban oportunidades en este país para realizar sus sueños, ya que España aún estaba afectada por los efectos colaterales de la Segunda Guerra Mundial –a pesar de no haber participado directamente– y unos años antes de la guerra civil fratricida que atrasó a la nación ibérica e instauró en el poder por casi cuarenta años al dictador Francisco Franco, conocido como el Caudillo. Sin embargo, cuenta la leyenda, dado que nadie quiere hablar de ello, que su venida a Venezuela fue por seguir el amor de su vida, Ángela, quien llegó a esta nación un tiempo antes.

Una vez en estas tierras, como muchos, buscó alojamiento en casa de un conocido que vivía precisamente en La Charneca, sector de San Agustín del Sur, en Caracas. Este lo ayudó a encontrar trabajo en labores diversas, pero destacándose en la albañilería, pues participó en la construcción de la iglesia de La Preciosísima Sangre, que se encuentra en la urbanización de Santa Eduvigis, en Caracas.

A principios de los años 60 ingresó como obrero en la Ponche Crema, empleo duro y extenuante, pero el señor José estaba acostumbrado al trabajo físico. De hecho, cuando había producción, se levantaba a las 3:00 de la mañana porque el horario de entrada era a las 4:00 de la mañana, para calentar las pailas y, así, preparar la mezcla, que terminaría en la bebida más conocida y consumida en el país. La Ponche Crema era su otra familia, permaneció durante casi cuatro décadas, se retiró más allá de su edad jubilar y fue merecedor de la Orden Francisco de Miranda en su Primera Clase, la cual le otorgó, por su desempeño en la empresa, el Ministerio del Trabajo para la época del segundo gobierno de Rafael Caldera. Gracias a ese trabajo, se casó con Ángela, pudo comprar su casa, empezar un negocio paralelo, administrado por su esposa, pagar los diferentes gastos del día a día, viajar de vez en cuando a su tierra natal, Galicia, a su pueblo Curtis, y respirar de nuevo esos aires que lo vieron nacer en la aldea de La Cabana. El señor José amaba el campo, siempre se refería a ello con mucha nostalgia, las vacas, las aves, los cerdos, los caballos, era su mundo, junto a la siembra de papas y nabos, para luego recolectar las berzas a fin de cocinar el caldo gallego.

De esa unión nacieron tres niñas: María de los Ángeles, Marisol y Carolina, todas profesionales, formadas en universidades privadas, lo cual representa el fruto del esfuerzo del señor José, por un lado, y de Ángela, por el otro, quien para equilibrar gastos, administraba una residencia, que se encontraba en el centro de la ciudad. A la vez, criaron como a una hija más a una sobrina, Ana Karina, quien tuvo las mismas oportunidades y también terminó sus estudios universitarios.

Fue entonces en 1988 cuando entré yo en escena. Tuve el honor de conocer al señor José. Ya para ese momento tenía 60 años, pero su altura y porte lo hacían ver de menos edad. En esos días estaba terminando mis estudios en la universidad y comencé a salir con su hija, Marisol, quien terminó siendo mi esposa hasta que, por destinos adversos, tomamos caminos distintos y nos separamos en 2007, pero esa es otra historia.

Yo me sentía extraño cuando entré a su casa por primera vez. Se hablaba del Real Madrid, del Barcelona, del Deportivo La Coruña, de Felipe González, del rey y de otros temas muy de España. Aunque yo era el único no descendiente de españoles, me abrió las puertas de su hogar, para ser un miembro más (a pesar de nuestras discusiones sobre la liga española y la liga italiana de fútbol y quiénes eran los mejores equipos y jugadores). Sueño que pudo materializar cuando España ganó dos Eurocopa y un Mundial de Fútbol de forma consecutiva. Al hablar de ello se le hinchaba el pecho de orgullo, era lo que más deseaba y lo pudo vivir para verlo.

Cada domingo nos reuníamos religiosamente para almorzar todos juntos, propios y extraños. Se hablaba de lo que nos había pasado en la semana. Al final, un café acompañaba las conversaciones, terminando con un acento de optimismo, porque era la época de la Venezuela que permitía cumplir todos nuestros anhelos. En casos especiales no podía faltar una partida de dominó, no había quien le ganara al señor José.

En 1992, entre el primero y el segundo golpe de Estado, me casé con Marisol, en el altar. Al entregarme a su hija, me dijo que me portara bien. Lamentablemente nunca pude cumplir esa promesa y es la carga que llevo en mi alma por haberle fallado a ese gran hombre. De esa unión nació mi hija Andrea Carolina, la primera nieta, la primera sobrina e hija única. Se convirtió en el centro de atención de todos, pero más de los abuelos durante siete años, hasta que llegaron los otros nietos. El señor José arrullaba a mi hija cantándole una canción de Joselito, que decía algo así como: “Doce cascabeles lleva mi caballo por la carretera. Y un par de claveles al pelo prendío lleva mi romera”. Ya un poco más grande se sentaba con ella, comiendo pan caliente y tomando chicha, viendo una de las tantas repeticiones de El ZorroEl Chavo y El Chapulín Colorado.

El señor José estaba formado para la responsabilidad, la dedicación y el trabajo. Honrado hasta los tuétanos, siempre actuó en su vida sin desviarse de la moral, la ética y las buenas costumbres. Respetuoso y tolerante, a pesar de que de vez en cuando refunfuñaba por los rincones, pero nunca le decía no a un compromiso. Generoso con la familia y los amigos, nunca le tembló la mano para ayudar. Si la rechazabas, ¡ay, Dios, se armaba la sampablera!

El pasado 1 de julio, José González Espiñeira dejó esta vida terrenal y se fue al cielo. Tenía 91 años, bien vividos. Dejó un legado hermoso, que se ve perpetuado en sus hijas, hijos políticos y nietos. Nadie tiene una queja o mal pensamiento hacia él, todo es agradecimiento. Un hombre que amaba este país, que lo adoptó, donde desde su trinchera aportó lo más sagrado que puede dar un ser humano, su vida, y dejar sembrada en su descendencia esa semilla que lo caracterizó como un ser único e inimitable. Estas líneas son para rendir homenaje a esa gran persona. Ahora, desde arriba, seguirá las andanzas de su amado Real Madrid, será el ángel de la guarda de su familia y se convertirá en el trabajador insigne que necesita Dios para construir un mejor paraíso. El señor José seguirá vivo en nuestras memorias, como ejemplo de lo que se debe hacer, que no es otra cosa que vivir para construir vidas.