Recientemente el periodista Carlos Montero se refirió a un tema de gran envergadura que nos afecta a todos los venezolanos, si bien de su justa observación extraía una conclusión equivocada: los venezolanos han comenzado a odiarse mutuamente –lo que, como toda verdad, es parcialmente cierto– y su causa es la drástica división de los mismos venezolanos entre izquierdas y derechas. Lo que no es cierto. Por la sencilla razón de que, desde la instauración de las libertades democráticas y la modernización de la vida política venezolana en el país, para su inmensa y posiblemente insalvable desgracia, no ha existido ninguna derecha. Vale decir: ningún grupo o partido político que haya hecho de los valores liberales y la responsabilidad del individuo ante la omnipotencia del Estado, esencia de su pensamiento y su acción.

Lo que sí ha existido desde siempre, en su trasfondo y para inmensa desgracia de su desarrollo político, ha sido la barbarie como seña de identidad: el caudillismo, resabio del caciquismo de nuestro primitivo orden social, lo que, según el orden del tiempo, lleva a los venezolanos a enloquecerse privados de toda racionalidad por el caudillo de turno, civil o militar, sin atender a sus escasas virtudes y sin consideración de sus abundantes defectos. Y en un plano general,  el estatismo, la estatolatría y el populismo y sus efectos primarios: el rencor, el fanatismo y el odio como fuentes de las actitudes primarias de sus seguidores, ante cualquier crítica racional a dichos venenosos atributos; el militarismo, como instrumento de cohesión y ordenamiento social y, desde luego, las taras que les son concomitantes. La arbitrariedad, el compadrazgo y el reparto buhoneril de cargos como premios a la mediocridad y la adhesión al caudillo. A todo lo cual debe agregarse el necesario colofón: la inquisición que sigue al montaje del Poder hacia todo aquel que se atreva a decir que el rey está desnudo, así sólo vaya cubierto con la nada de su ignorancia y la falsa modestia de su oportunismo.

Si Montero tuviera razón y en Venezuela existieran izquierdas y derechas, ideológica y culturalmente blindadas, con proyectos y aspiraciones claramente alternativos, posiblemente no por ello desaparecería el caudillismo, pero al menos a los caudillos se les exigiría algo más que testosterona, seducción y empatía, ambiciones, oportunismo e inescrupulosidad. Se les exigiría cultura, ideas, trayectoria, fortaleza de espíritu, coraje. Un proyecto nacional. No para dirimirlo sobre una tarima en mangas de camisa, sino para ventilarlas en los foros en que las naciones civilizadas debaten sus ideas.

Pero antes que valores, todas esas virtudes son graves defectos para la inconsistente consciencia nacional. Perfectamente consciente de que en quienes poseen dichos atributos están sus verdaderos enemigos, la tiranía ha ido anulándolos con perseverancia, crueldad y sistema. Sea encarcelándolos, desterrándolos o directamente asesinándolos. Todo lo cual puede suceder en Venezuela sin que se mueva una hoja: cientos de mártires olvidados, los más rebeldes masacrados, millones expulsados, sin que el país colapse. Lo que en el colmo de la hipocresía, la complicidad y la falta de carácter y templanza puede conducir a un caso único en la historia universal de la infamia: dos gobiernos aparentemente antagónicos conviviendo en sana vecindad, con sus sedes y sus parlamentos, sus embajadores y representantes, sus tribunales supremos de justicia. Han hecho realidad la clásica distinción de la validez jurídica de las legitimaciones: uno es de iure, el otro es de facto.

¿Hasta dónde llegará la tolerancia de estos aberrantes siameses? ¿Quién, cómo y cuándo cortará el cordón umbilical que los une? ¿O es que en el colmo de la concupiscencia se tolerarán por los siglos de los siglos, institucionalizando esta dictadura bidireccional, este insólito monstruo bicéfalo? En una teatralización de la bíblica parábola del buen juez, Bertolt Brecht hace concurrir a dos madres que reclaman su legítima maternidad sobre un bello infante ante el juez todopoderoso. Para resolver el caso, el salomónico juez ordena que dada la imposibilidad de reconocer a la verdadera madre del bebé, ordenará cortarlo en dos pedazos y entregarle uno de ellos a cada una de las reclamantes. Una de ellas pega un grito y le dice: “¡No, señor juez, por ningún motivo! ¡Prefiero renunciar a mis derechos!”

Suficiente prueba para el buen juez de que la verdadera madre era la que se había opuesto a que a ese niño se le hiciera el menor daño. Por desgracia, la parábola solo rige sobre un escenario. En la realidad, los jueces pertenecen a la Internacional Socialista. Preferirán partir a Venezuela en dos pedazos. Ya se la están repartiendo. El caso está decidido.