No podemos transigir con el chavismo, ni hoy ni nunca. Pase lo que pase y cueste lo que cueste, no podemos contemporizar con quienes han secuestrado, por tanto tiempo, el poder para hacer de Venezuela una tierra de infortunios. Hablo de lo profundo del corazón, del órgano vital que lleva casi nueve décadas a cuestas, pero que se siente joven y fuerte para gritar con lenguaje radical y tajante que el chavismo no merece consideración alguna, porque ha sido lo peor de nuestra vida.

El ensayo socialista, fracasado y rematadamente loco, importado por Chávez de Cuba, ha convertido nuestra vejez, afortunadamente sana, en un tormento cotidiano.

Esa ancianidad, llena sin embargo de vida, se ha ido plagando de angustias por culpa de la inseguridad reinante, los malos servicios públicos y la acechanza del hampa desatada. Apremiada por carencias esenciales, constreñida por la disolución de los ahorros y de las pensiones de vejez cotizadas a lo largo de toda una vida de trabajo, asolada por la ausencia de los familiares más cercanos que se han ido del país en búsqueda de una vida mejor, atosigada por la propaganda oficial inagotable que trata de convencernos de que los males que sufrimos no son el resultado de sus obras, sino de la acción combinada de la oposición apátrida y de la conspiración externa, empeñadas en destruir la benéfica revolución bolivariana.

Por si fuera poco, nos ultrajan constantemente profanando y revolviendo, una y otra vez, los restos mortales de nuestros antepasados, mancillados por la acción vandálica de una escoria humana que mora y reina, ante la indiferencia y/o complicidad de la burocracia roja, en el Cementerio General del Sur. Cosas como estas no habían sucedido anteriormente en el país, ni siquiera en los peores momentos de su historia.

Todo ello sería soportable por un corto tiempo, por lo que antes era un período presidencial de 5 años, pero 20 años de yugo chavista es demasiado tiempo. Equivalen a una condena máxima de quienes han cometido crímenes atroces, y ese no es el caso de quienes hemos llegado con probidad y decoro a la tercera edad, la misma que en los países donde hoy residen nuestros hijos y nietos es llamada la edad dorada, porque allá la ancianidad es estimada como un don valioso.

Quienes lean este escrito dirán que está lleno de amargura y frustración, y tendrán razón de pensarlo así, porque, efectivamente, tales sentimientos brotan espontáneamente de quienes han vivido una vida honesta y esforzada, sin privilegios ni amparos del poder, sin trampas ni picardías y aspiran a una vejez feliz. No pueden sentir lo mismo quienes se han aprovechado ávidamente de las prebendas del poder, quienes han saqueado el erario público y quienes se han enriquecido con la corrupción. No pueden hacer tales manifestaciones de pesar quienes se han resguardado del naufragio apoderándose de los botes y de los chalecos salvavidas del Titanic en que viajábamos, despreocupada y confiadamente, los venezolanos de buena fe.

Los que no anduvimos por los tortuosos caminos de la “viveza criolla” ni por los cómodos senderos de que “el que venga atrás que arree”, tenemos el derecho y la necesidad de arrecharnos y de proclamar a los cuatro vientos estas acrimonias para desahogarnos y hacer catarsis, porque no es justo ni aceptable que estemos pagando las cuentas turbias de los canallas de la quinta, la cuarta y las demás repúblicas (todas ellas con minúsculas) que han existido en este país para provecho de los “vivos” y de los zánganos de siempre.