La palabra se les escucha a los burócratas de Centro y Suramérica, también a importantes políticos del Viejo Mundo; en América del Norte la repiten con cautela, demasiada quizás, excepto en ciertos guetos de la península de la Florida. La utilizan para calificar la situación política y económica que atraviesa Venezuela: “preocupante”, un malhadado adjetivo.

La repiten en los organismos claves de la Unión Europea, en el Grupo de Lima, en la Organización de Estados Americanos y también en las aclimatadas y cómodas oficinas de la ONU y de los palacios de gobierno, en el café al final de la tarde. Es el término que utilizan cuando hay grandes catástrofes, sea por un terremoto, una inundación o guerras intertribales en África con cientos de miles de cadáveres. Un sonido neutro, vacío, preocupante.

Entre las organizaciones no gubernamentales que se ocupan de la defensa y protección de la naturaleza, de la supervivencia del planeta, que asumen en términos reales la inutilidad de sus gestos frente al cataclismo que viene si no hay un cambio de rumbo, esa palabra no se escucha. No caben preocupaciones estériles; las estadísticas son más exactas y no vacías declaraciones de principios, mientras tanto y por si acaso.

Saben que las comunidades de seres vivos nunca tienen garantizada la supervivencia, que son esencialmente muy frágiles a los cambios más sutiles, a veces imperceptibles. La llegada de un extraño o la proximidad a un elemento tóxico puede ser el fin. Botánicos y zoólogos, biólogos en general, también diletantes de la historia natural han publicado libros rojos en los que registran las especies extinguidas y las causas, así como las que corren peligro de desaparecer, y cómo podría evitarse.

Los legos en asuntos ambientales, igual que aquellos que están atentos a las discusiones de la constituyente y de “la quietud” opositora, se asombran de que animales como el pájaro dodo y la vaca marina de Steller desaparecieran a los pocos años de ser descubiertos. Solo bastó la acción depredadora del hombre, el animal más destructivo y peligroso del planeta. El caso de la vaca marina, Hydrodamalis gigas, es muy didáctico. El enorme mamífero –acuático, herbívoro, de cuerpo robusto fusiforme, con las mamas en posición pectoral, sin extremidades posteriores y con los dedos de las anteriores transformadas en aletas, que alcanzaba 8 metros de longitud y pesaba hasta 10 toneladas– fue descubierto en 1741 y se convirtió en una presa codiciada por los marineros. La cazaron de manera irracional e inmisericorde hasta 1768, 27 años después, cuando se extinguió.

En el Orinoco abundaba –ahora escasea– un pariente cercano, el manatí, también herbívoro, que con 3 metros de largo puede pesar más de 600 kg. Es un animal tímido y pacífico, ajeno a la bulla y de reproducción lenta, por tanto, muy vulnerable. Su caza está prohibida en Venezuela por tiempo indefinido, pero los cazadores furtivos, por hambre, lo siguen considerando una excelente presa por su carne, su grasa, su piel y sus huesos. Se encuentra en peligro crítico, pero las organizaciones que velan por la conservación del planeta no pronuncian, ni siquiera en voz baja, la palabra “preocupante”. Conocen su inutilidad. Quizás los manatíes tengan más posibilidades de sobrevivir en un ambiente hostil y pranatizado; nadie antepondrá sus principios políticamente correctos a la existencia de tan nobles animales, como ocurre con los burócratas que visten Armani y hablan de crisis humanitaria.

Las civilizaciones, los países y sus culturas, también desaparecen. Abundan los ejemplos. Las causas son simples o complejas, pero con resultados igual de catastróficos. Quizás la peor sea simple, que cuando el dedo señala que el Sol se apaga la dirigencia se empeña en ver el dedo y no el problema que vendrá con la oscuridad que se asoma y siguen sacando cuentas de las reservas de minerales e hidrocarburos que quedan sin extraer, como hacían Elías Jaua y Juan Carlos Loyo con las cosechas que nunca recogieron en las fincas expropiadas. Vendo escapulario ajeno y un cachamoto gordito.