Si algo caracteriza al mundo de hoy es la incertidumbre. Ella se ha convertido en el fantasma de la política de Estado en su pretensión de dar respuestas a los problemas económicos, sociales, políticos y ambientales. La incertidumbre ha colocado la inteligencia como su contrapeso. Y es allí donde está el desafío tanto para los gobiernos como para los ciudadanos, saber utilizar de forma eficaz la inteligencia. El mundo de hoy exige de mayores facultades humanas a quienes tienen la responsabilidad de llevar un país hacia un lugar menos malo del que se encuentra.

Uno no podría dudar de las buenas intenciones ni tampoco del conocimiento intelectual que han dado como resultado el “Plan País”, catalogado como un programa para la reconstrucción de Venezuela. Tampoco uno podría dudar de que el conjunto de propuestas y acciones que allí se mencionan sean medianamente coherentes; y que en realidad no puedan desarrollarse y sostenerse en el tiempo. Sin embargo, uno sí podría dudar de uno de los basamentos centrales del plan –por lo menos el observado recurrentemente en el discurso–, que se refiere a que los países que caen en desastres incalculables e impredecibles pueden recuperarse y pueden tener futuro. Pero en el mundo de hoy, en la segunda década de este nuevo siglo y en la situación actual en la que Venezuela se encuentra, qué tan cierto puede ser esto.

Ciertamente, la historia de la humanidad ha dejado lecciones de cómo países que habían sido incalculablemente destruidos por la guerra, por la mala política y por la mala economía hoy han podido recuperarse e incluso han podido sobrepasar las expectativas de crecimiento económico esperado. Sus sociedades han crecido a la par moralmente y han logrado alcanzar una importante cultura política, ambas cosas han fortalecido la democracia y al mismo tiempo han exigido una mayor eficiencia gubernamental. Europa es apenas uno de esos casos. También en los países africanos comienzan a observarse señales positivas de progreso, una vez superados los niveles más bajos de pobreza y miseria en el mundo. África ha sido víctima de guerras, de la ineficiencia y la corrupción. Hoy países como Ruanda, Kenia y Sudáfrica –por mencionar apenas algunos–muestran signos económicos que prometen un futuro más digno a su población.

Desde los países más industrializados pasando por los países emergentes hasta los países menos desarrollados, la visión de futuro como constructo de lo posible, plantea en estos tiempos enormes desafíos. Es bien sabido que la formulación de planes y programas de largo plazo no es garantía de que ocurran los resultados esperados. Por lo tanto, los planes hechos con visión de futuro no siempre indican que el camino es el correcto.

El mundo de hoy caracterizado fundamentalmente por la dinámica tanto de la globalización como la del cambio tecnológico casi que anula todo intento programático basado en un enfoque de “reconstrucción”. Así las cosas, la creatividad se impone y con ella el pensamiento global y complejo del diagnostico, los problemas y las soluciones. Se impone también la interacción y el conocimiento en red en lugar del conocimiento concreto y experto; y se impone la interdisciplinariedad. En resumen, se impone la transformación del pensamiento tradicional de la política y la economía.

Actuar sobre la realidad de Venezuela requiere de muchísima inteligencia para enfrentar desde lo local la dinámica que el mundo está y estará experimentando en las próximas décadas. Venezuela requiere de una arquitectura política, económica y social con base en la innovación, en la cual uno no tenga que rebuscar su nombre y significado en los planes y programas de desarrollo. Se requiere enfocar la innovación por primera vez como política de Estado; como la base y viabilidad para enfrentar los problemas del presente y del futuro. La innovación no puede estar supeditada a las maniobras políticas por salvar la estructura económica y productiva tradicional, ya en vías de extinción. Tampoco la innovación puede caer en el reduccionismo del emprendimiento en un país rezagado y destruido en su capacidad de investigación y desarrollo. No es posible el emprendimiento en el contexto del mercado actual sin la creación de nuevas capacidades de dominio de conocimiento. Tampoco puede el emprendimiento fomentarse de forma independiente del sistema que lo genera y lo potencia.

Venezuela no se encuentra más en una posición privilegiada si se parte de la existencia de un país que posee una vasta riqueza natural. Eso ya no es verdad. El país está destruido y aislado de forma importante del camino del desarrollo; el país se quedó atrás en el mejor momento de su economía y perdió prácticamente la base y sustento de producción del conocimiento que poseía.

La fórmula política para comenzar de nuevo se basará en la inteligencia para obtener el diagnóstico correcto que, al parecer, ya se sabe.

Pero ¿en verdad se sabe?

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